12. Entre el amanecer y el atardecer

Queridos Ancianos:

“La ancianidad es la hora más oscura de la vida. Pero es también la vigilia de su amanecer definitivo” (Segundo Galilea: Música de Dios pág. 44) La vida está llena de atardeceres y de amaneceres. Yo diría que cada día está atardeciendo en nuestra vida. Y cada día está amaneciendo algo nuevo.
Porque la vida está llena de una serie de etapas que son otros tantos momentos que comienzan y terminan. Pero felizmente no hay atardecer absoluto. Todo atardecer es la preparación para aun amanecer nuevo.

¿Será cierto eso de que la “ancianidad es la hora más oscura de la vida”? Es cierto que según vamos avanzando en la vida, se nos van apagando muchas luces. Se nos van apagando muchas ilusiones. Se nos van apagando muchas esperanzas. Incluso se nos van apagando muchas de nuestras neuronas. Se nos van endureciendo mucho los huesos. Ya cuesta subir las escaleras. Ya uno no está para echar a correr.

En este sentido tenemos que ser realistas con nosotros mismos. Porque para muchos todo esto implica como un desaliento, una frustración, una desilusión. Y lo peor no es que se den estos fenómenos físicos o químicos, sino que se conviertan en experiencia sicológica. De ahí que a los ancianos tenemos que entretenerlos conversando de su pasado, que es una forma de revivir su propio mundo, y vuelven como a una especie de identificación con ellos mismos. O también conversando de su futuro. Es más fácil hablarles de su ayer que de su mañana. Porque el ayer lo conservan como algo que les da vida. Mientras que el mañana ellos lo ven más como atardecer que como amanecer.

Doy la razón a Segundo Galilea cuando dice que la ancianidad “es la vigilia de un amanecer definitivo”. Lo que sucede es que, de ordinario, no nos atrevemos a hablar con los ancianos sobre ese “amanecer”. Y la razón es sencilla. Cuando hablamos del futuro de los ancianos, todos estamos pensando en que tenemos que hablarles de la muerte. Y si bien la muerte es una de nuestras posibilidades, también tenemos que reconocer que tampoco la muerte es una etapa definitiva. Nadie tiene miedo a hablar de la muerte del niño que se hace adolescente. Ni de la muerte del adolescente que se hace joven. O de la muerte del joven que se hace adulto. ¿Por qué entonces ese miedo a hablar de la muerte del anciano que también se trasforma en un nuevo amanecer y en una nueva vida? No seamos precisamente los sanos los que ponemos delante del anciano el muro infranqueable de la muerte. Un muro contra el que se tropieza y no se puede superar. En nuestra vida ha habido muchas muertes. Que no nos derrumbemos ante la última. Para ello mirar más lejos. Ver la muerte como “la vigilia de un amanecer nuevo”.

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