2. Orientar la vida de manera digna

Envejecer con dignidad exige dar a la vida una orientación y un contenido dignos. Sólo señalaré dos aspectos: la necesidad de un proyecto de vida digna y el cultivo especial de algunos valores.

1. Proyecto de vida digna

El mayor error de la jubilación sería vivirla de forma vacía, sin un proyecto que le diera sentido. Vivir esta última etapa sin objetivos ni ideal alguno; pasar los años sin metas ni referencias, sin claves que puedan llenarla de vida y contenido auténtico. No basta decir «Voy a cuidarme». Cuidarse sí, pero cuidarse ¿para qué? No basta declarar: «Por fin, liberado».
Liberado sí, pero liberado, ¿para qué? No basta pensar: «Ahora a vivir». Vivir sí, pero, ¿vivir qué?, ¿vivir para qué?
No es el momento de concretar aquí cómo se hace un proyecto de vida para la vejez señalando las metas, las tareas y las aspiraciones propias de esta etapa de la vida. Sólo recordaré algunos puntos para que ese proyecto de vida sea digno desde una perspectiva humana y cristiana.
Tal vez, lo primero es recordar que un proyecto de vida no ha de ser sólo para organizar actividades, ocupaciones y compromisos sociales. Ni siquiera sólo para cuidar la alimentación, el descanso o el ejercicio físico.
Todo eso es importante y prioritario, pero la vida es mucho más. Hay que pensar también en cómo cuidar el espíritu y alimentar la vida interior durante estos años decisivos, sin caer en una vida vacía y superficial.
Es importante también ser «dueños del tiempo». No caer de nuevo en la agitación, el activismo y la dispersión, que pueden arrastrar una vez más a la persona fuera de sí misma. Y no dejar tampoco largos espacios de tiempo vacíos y estériles, que pueden conducir a la persona al aburrimiento y la atrofia de su creatividad.
Es conveniente, además, recordar que, en la última etapa de la vida, lo que más cuenta no es el hacer sino el ser. No importa «hacer mucho» sino «hacer bien» las cosas. Lo decisivo no es rendir, trabajar, ser eficaces, sino crecer como personas y como creyentes. El objetivo ahora no es prolongar un poco más nuestra vida activa de siempre sino vivir sabiamente el final.
Por último, en la vida de un creyente no puede faltar en esta etapa un tiempo dedicado a cuidar la fe y la comunicación con Dios. En la vejez hay momentos y situaciones en que nadie nos puede acompañar tan de cerca como Dios. Pensemos en cierto tipo de dolencias, enfermedades, depresiones, pérdida de seres queridos … Son muchas las personas que nos pueden ayudar y acompañar desde fuera. Pero es decisivo no sentirse solo y desamparado interiormente. Saber que Dios nos acompaña sosteniendo nuestro aliento y dignidad.

2. Cultivo especial de algunos valores

A veces se olvida que las personas mayores están en mejores condiciones que otras para cultivar algunos valores humanos y cristianos, escasos en la sociedad actual, pero necesarios para vivir de manera digna y sana. Señalaré algunos.
De forma general, se puede decir que el mayor puede vivir con más sabiduría y sensatez, con más realismo y lucidez. Él conoce mejor que nadie cómo es la vida, lo que promete y lo que en realidad da. Este es el momento para relativizar muchas cosas a las que, tal vez, hemos dado demasiada importancia. El momento de cuidar lo valioso de la vida, lo que nunca querríamos perder: la paz interior, la salud, la dignidad, el amor de las personas, la esperanza.
La vejez puede ser también un tiempo para cuidar la interioridad. Van quedando atrás otras preocupaciones, trabajos y responsabilidades que nos han hecho vivir durante años desde el exterior. Ahora es el momento de «peregrinar al corazón» para encontramos con nosotros mismos y con Dios, para escuchar las aspiraciones y deseos más nobles que brotan de nuestro interior y para abrimos a Dios, fuente y destino último de nuestro ser.

Otro valor a cultivar en la vejez es la gratuidad y el servicio desinteresado. La vida no es sólo producción, trabajo y rentabilidad. En su misterio más hondo, la vida es regalo y don.
No estamos hechos sólo para trabajar. Hemos nacido para jugar, disfrutar, amar, crear, rezar, adorar. Por eso, la actividad y el servicio que pueda llevar a cabo en estos años la persona mayor no ha de estar motivada por el deseo de lucro y rentabilidad sino por la gratuidad y el desinterés de quien vive la vida desde el amor.

Otro valor de suma importancia en una vejez digna es el ritmo sano de vida. En la sociedad moderna no es fácil liberarse de la agitación, la prisa o la dispersión. Por lo general, la persona mayor tiene la posibilidad de organizarse su tiempo de forma más sensata, atendiendo a las verdaderas necesidades del ser humano. Es el momento de vivir más despacio, con más sosiego y calma, dedicando tiempo al contacto con la naturaleza, a la observación de la vida, a la tertulia relajada con los amigos, a la creatividad artística, a la meditación, a la ternura compartida con la pareja.
En medio de la sociedad hedonista actual dominada por el consumismo, el placer fácil del sexo, la droga, el alcohol y tantos otros estímulos y excitantes, la persona mayor puede descubrir poco a poco que la vida contiene en sí misma fuentes de satisfacción para vivida con gozo: el amor compartido, la amistad, la paz de la conciencia, la serenidad… Pero, además, puede aprender a saboreada despacio. Cada momento puede ser fuente de placeres sencillos que, tal vez, en otra edad pueden pasar más inadvertidos: el amanecer de un nuevo día, la lectura de un buen libro, el paseo reconfortante, la belleza de la música, el encanto de cada estación, el descanso del atardecer.
Estoy convencido de que Vida Ascendente puede ofrecer a muchas personas mayores el mejor marco para orientar la vida de manera digna y para cultivar valores humanos y cristianos.

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