Aférrate a algo

agarradoEn la vida es preciso aferrarse a algo. No puedes vivir colgado de la nada.

Dicen que los que mueren ahogados, de ordinario, se agarran a cualquier cosa y ya no la sueltan.

Hace unos días pude ver la foto del bebé operado en el seno de la madre. En un momento, el médico puso su dedo entre los deditos del bebé y su manito se lo apretaba. Era como el signo de la debilidad e impotencia que se agarraba a lo que encontraba en su camino.

Cuando me fijo en las ramas de los árboles percibo con qué fuerza vital se aferran al tronco y con qué fuerza las hojas se aferran a las ramas.

Cuando quiero llevarme una rosa que me ha gustado, necesito de una tijera o de un chuchillo, porque en medio de la debilidad de su tallo, prefiere doblarse a dejarse arrancar del rosal.

Todos necesitamos aferrarnos a algo porque de lo contrario seríamos como hojas amarillas de otoño que se caen del árbol y luego el viento las lleva de un sitio a otro. Una de mis experiencias de estudiante de teología fue precisamente la experiencia del otoño. La casa del teologado tenía un jardín lleno de árboles. En invierno parecía un despoblado, en primavera y verano era un manto de verdor, pero llegaba el otoño, y todo se ponía de mil amarillos. Poco a poco las hojas se caían y se las veía volar llevadas por el viento. Yo sentía una gran pena cuando muchas de ellas terminaban en un lodazal de barro. Allí morían definitivamente, sucias. Aquel era su cementerio.

Mientras nos aferramos a algo, tenemos consistencia. Vivimos mientras nos aferramos. Nos morimos cuando soltamos nuestras manos porque entonces caemos en el abismo.

Aférrate a la fe porque es la fuerza que todo lo hace posible. Es la fibra del alma confiada.
Aférrate a la esperanza que es capaz de levantar cualquier nube que pueda empañar tu corazón con la duda.
Aférrate a la confianza porque te abre el camino del corazón de los demás.
Aférrate al amor porque es como el sol que ilumina los caminos de la vida.
Aférrate a la oración porque es la única línea directa que tienes con Dios.
Aférrate a la comunión porque es la mejor cita para encontrarte con El.
Aférrate a la Iglesia que tendrá sus defectos, pero todavía inspira confianza.
Aférrate a tu familia porque es lo único que te queda cuando todos te abandonan.
Aférrate a los amigos, al fin y al cabo, puede que algún día te echen una mano.
Aférrate a ti mismo, eres el único que siempre estará contigo.
Aférrate a tus padres, ellos no pueden fallarnos.
Aférrate a la verdad, con la mentira nunca llegarás lejos.
Aférrate al tiempo, es el momento que te regala Dios para vivir feliz.
Aférrate a un gran ideal, él siempre tirará de ti, aunque estés cansado.
Aférrate al Evangelio porque es la única palabra que nunca te engañará.
Aférrate a la Confesión porque en ella siempre encontrarás el perdón.

Hay muchas cosas a las que aferrarse.
Como también hay muchas otras que no merece la pena que te aferres.
Los grandes abismos se abren cuando no tengo:
Una mano a la que agarrarme.
Una amistad a la que no pueda gritar.
Una esperanza de la que no pueda colgarme.
Una ilusión que me regale alas para volar.

Que donde todos se sienten inseguros, tú puedas ofrecer seguridad.
Que donde todos sólo ofrezcan desgracias, tú puedas regalar esperanzas.
Que donde todos sientan la tentación de decir no, tú sigas diciendo sí.
Que donde los demás no ven nada, tú descubras siempre una luz.
Que donde los demás ya han tirado la toalla, tú sigas luchando.

Tu hermano, “un hombre de esperanza”.

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