Alguien nos arrebata las ovejas

ovejasUno de los problemas serios que afronta la Iglesia es el número de los que abandonan. Y no se trata ni de justificarlos ni tampoco de disculparlos. Ciertamente pueden ser muchos motivos del abandono de la Iglesia. Pero, ciertamente, no podemos dejar de cuestionarnos cuánto hay de culpa en nosotros.
¿No estaremos añorando demasiado el pasado que ya no interesa hoy?
¿No estaremos convirtiendo la Iglesia más en archivo de historia, que preocupados en hacer nueva historia?
¿No estaremos más preocupados en las doctrinas que en las personas?
¿No estaremos más preocupados en que la gente acepte nuestra mentalidad que el que nosotros tengamos en cuenta la mentalidad de la gente?
El abandono de tantas ovejas no puede sernos algo indiferente, sino que tiene que cuestionarnos a todos. Algo no funciona. Algo que responde a las aspiraciones del corazón humano.
No tendremos una Iglesia viva sin fieles vivos. No tendremos una Iglesia viva sin un Pueblo de Dios que se sienta a gusto como Iglesia. La Iglesia no es una cárcel donde se está por obligación, sino el espacio de la presencia de Jesús, donde todos sintamos la alegría pascual de su presencia. No nos quejemos de que las ovejas busquen otros pastos, preguntémonos si los que nosotros les ofrecemos llenan su hambre espiritual.
Antonio Amundaráin escribía a su Instituto ante la desbandada de muchos de sus miembros: “Me duelen las que nos dejan, pero me preocupan las que se quedan.”

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