Aprender a orar

oracion-11Ni tú mismo sabes lo que te ha pasado, pero hace tiempo que no rezas. Poco a poco te has ido alejando calladamente de Dios y ahora no sabes qué hacer. A veces te parece que ya no lo necesitas. Otras veces, en momentos de apuro o dificultad, sientes dentro de ti un deseo. Pero, ¿cómo te vas a poner ahora a rezar después de tantos años?
Si quieres, hoy vamos a hablar de esto. ¿Qué puedes hacer tú en estos momentos para aprender a rezar? Nunca has sido muy rezador. No tienes a nadie que te enseñe a dar algunos pasos. ¿Por dónde puedes empezar?
Lo primero es despertar en ti una actitud de confianza grande en Dios. Piensa esto: «Yo no sé rezar. Tampoco sé si me interesa mucho. Pero Dios me quiere. Eso seguro. Y además me entiende y me acoge como ni yo mismo soy capaz de quererme, entenderme y acogerme».
Preséntate ante Dios tal como eres y tal como estás. No necesitas defenderte o justificarte. No trates de engañarle. Él te conoce y te acepta. Puedes sentirte ante él con paz.
Ante Dios tienes que estar con tu cuerpo relajado, con un corazón atento y una respiración en calma. Ante Dios tienes que estar tú, con lo que sientes y vives en ese momento. Con tus deseos y necesidades. Con tus miedos, alegrías y sufrimientos.
A lo mejor piensas que lo más importante es hablarle a Dios. Sin embargo, lo más decisivo casi siempre es escuchar. Callarte y escuchar lo que brota de ti. Hacer silencio para captar la presencia misteriosa de Dios.
En la oración tienes que hablar a Dios de lo que estás viviendo. A veces le podrás dar gracias porque te sientes bien, has recibido una buena noticia, tienes motivos para estar alegre. Te acuerdas de Dios y das gracias porque él siempre te quiere ver dichoso.
Otras veces le puedes pedir perdón porque no has actuado bien, no has sido honesto, has tratado mal a alguien. No te sientes bien contigo mismo y necesitas sentirte perdonado, poder vivir de nuevo con paz ante ti mismo y ante Dios.
Otras veces, tal vez, lo que necesitas es invocar a Dios porque te sientes triste y desanimado, necesitas luz y paz.
Te hará bien sentir cerca a Dios. Él quiere para ti lo mejor. No necesitas acudir a libros o pronunciar frases hechas. Es mejor que le hables a Dios a tu estilo, con palabras tuyas, como te sale de dentro. Tú sabes mejor que nadie cómo lo puedes hacer. No necesitas hablar mucho.
Bastan pocas palabras, pero muy sentidas.
Por si no se te ocurre nada, te propongo algunas frases cortas. Puedes decirlas despacio y desde dentro:
«Dios mío, te necesito»;
«Tú conoces como soy. Perdóname»;
«Tú solo eres grande y bueno. Ayúdame a creer más en ti»;
«Ten compasión de mí, que no soy capaz de cambiar»;
«Tu fuerza me sostiene siempre. Gracias»;
«Guíame por el camino recto»;
«Despierta en mí la alegría»;
«Enséñame tú mismo a orar».
También puedes repetir esas oraciones sencillas que la gente le decía a Jesús: «Señor, que vea»; «Jesús, si tú quieres puedes limpiarme»; «Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador»; «Creo, pero aumenta mi fe».
Tal vez estás pensando: «Todo esto, ¿para que sirve?,
¿no es hablar al vacío?, ¿no es engañarnos ingenuamente a nosotros mismos?». Haz la prueba. Es fácil que experimentes una paz nueva que te puede ayudar a situar las cosas en su verdadera dimensión y a dar a tu vida su verdadero sentido.
Si todo esto no te dice nada, puedes rezar como lo hacía Charles de Foucauld cuando era agnóstico: «Dios mío, si existes, enséñame a conocerte».

Enséñame, Señor, cómo llegar hasta ti.
Yo no puedo hacer otra cosa que desearlo…
Cómo llegar hasta ti, no lo sé.
Inspírame tú, enséñame,
dime qué necesito para este camino.

S. AGUSTIN.

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