Bautismo desdibujado…

Así es, Jesús. Parece mentira que tu bautismo, tan solemne en las aguas del Jordán (con el Espíritu Santo y la voz del Padre como fondo) haya derivado con el tiempo hasta el punto que algunos locos han hablado de inventar el bautismo civil. O sea que tú, fuera. ¡Vivir para ver!
Como aquí quiero tomarme en serio las cosas, te pregunto algo: ¿vale la pena seguir bautizando cuando se sabe que ni los padres ni padrinos serán incapaces de responsabilizarse de la educación cristiana de su hijo? ¿Es lícito bautizar a un niño sabiendo que sus padres viven en una situación inmoral? ¿Qué principios cristianos recibirá ese niño durante su futuro desarrollo?
Si el bautismo es algo sagrado, habrá que tratarlo con respeto, digo yo. Y no vale decir que el niño no es culpable de la situación de los padres o padrinos. Tampoco un alumno tiene la culpa de que su profesor sea un inútil e irresponsable, pero por si acaso no se encomienda a un niño a un profesor así.
Sé que esta cuestión es un punto candente en la pastoral de los sacramentos. Me gustaría saber qué tal de cómodo te sientes en la mayoría de los bautizos que se celebran en tu Iglesia. ¿Habrá que seguir utilizando la manga ancha y seguir acogiendo indiscriminadamente a cualquiera que pida ser bautizado, como algunas veces se hace? ¿O se impone llevar a la práctica las normas de la Iglesia y establecer un filtro a fin de cuidar un poco la calidad de los nuevos bautizados?
Una última pregunta: ¿cómo te gustaría que fuera tu Iglesia: un almacén de bautizados, pero con una vida cristiana desdibujada, o una Iglesia viva, quizás con menos bautizados, pero con una clara conciencia de su identidad católica? ¿Calidad o cantidad?
Disculpa, Jesús, que me haya salido una oración un tanto radical, pero son bastantes años lidiando con este tema y resulta muy lamentable que miles que se bautizan se diluyan al día siguiente en el mar de la masificación y pierdan contacto con la nueva comunidad en la que se inscribieron -o les adscribieron—de manera voluntaria.
Te felicito, Jesús, por aquella soleada mañana en el Jordán en la que Juan Bautista tuvo el privilegio de bautizarte y exclamar: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo y se posaba sobre él”. ¡Aquello sí que fue bautismo! ¡Enhorabuena!

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