5. Bienaventuranzas de los ancianos

Queridos ancianos:

Bienaventurados los ancianos que sienten la alegría y el gozo de serlo.
Bienaventurados los ancianos que no disimulan ni silencian sus años.
Bienaventurados los ancianos que no se sienten extraños en medio de los demás.
Bienaventurados los ancianos que sienten que todavía son útiles al mundo y a la Iglesia.
Bienaventurados los ancianos que no viven su ancianidad como un título para tener privilegios.
Bienaventurados los ancianos que son capaces todavía de sonreírle a la vida.
Bienaventurados los ancianos que no viven lamentándose y quejándose de todo.
Bienaventurados los ancianos que saben soportar con alegría los gritos de los hijos y de los nietos.
Bienaventurados los ancianos que cuando escuchan mal lo que se les dice no tienen dificultad en pedir que se lo repitan.
Bienaventurados los ancianos que no gritan y ni se fastidian cuando los nietos ponen alta la música.
Bienaventurados los ancianos que saben aceptar los cambios de la vida y no se lamentan de que “en su tiempo las cosas eran de otra manera”.
Bienaventurados los ancianos que no sospechan de todos de que les están robando sus ahorrillos.
Bienaventurados los ancianos que tienen un “seguro social” digno para vivir dignamente.
Bienaventurados los ancianos que tienen un “seguro de salud” adecuado y son atendidos como personas.
Bienaventurados los ancianos que son tratados como personas.
Bienaventurados los ancianos que son capaces de decirle cada día a Dios:
“Hola, Señor, ¿cuándo nos podemos dar la mano, vernos y celebrarlo juntos?”

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