Caminando a la luz del Evangelio

Caminando a la luz del Evangelio
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CAMINANDOALALUZDELEVANGELIOMATEOcubiertaCAMINANDOALALUZDELEVANGELIODELAMANODEMARCOScubiertaCaminando a la luz del Evangelio de la mano de Juan (Cubierta)

– De la mano de Lucas
– De la mano de Mateo
– De la mano de Marcos
– De la mano de Juan

Comentario de textos de los cuatro Evangelios con la intención de acercar La Buena Nueva a la gente sencilla.
En cada comentario hay: texto evangélico, reflexión y una oración…

Autor: Juan Jáuregui Castelo
Precio de cada libro: 10 Euros.
Editorial: Uno editorial

PEDIDOS: al autor
Tfnos: 942554180 y 659673167
Correo electrónico: juanjaureguicas@gmail.com

¿A QUIÉN VAMOS A ACUDIR?

Quien se acerca a Jesús tiene la sensación de encontrarse con alguien extrañamente actual. Hay en él gestos y palabras que nos impactan todavía hoy porque tocan el nervio de nuestros problemas y preocupaciones más vitales. Los siglos transcurridos no han apagado la fuerza y la vida que encierran, a poco que estemos atentos y le abramos sinceramente el corazón.

Sin embargo, son muchos los hombres y mujeres que no logran encontrarse con él. No han tenido la suerte de escuchar con sencillez y de forma directa sus palabras. Su mensaje les ha llegado muchas veces desfigurado por doctrinas, fórmulas y discursos teológicos complicados.

Mucha gente sencilla y buena no sabe qué caminos andar para encontrarse con aquel Profeta, lleno de Dios, que acogía a prostitutas, abrazaba a los niños, lloraba con la muerte de sus amigos, contagiaba esperanza e invitaba a todos a vivir con libertad una vida más digna y dichosa.

No nos puede extrañar la interpelación del escritor francés J. Onimus: “Por qué vas a ser tú propiedad privada de predicadores, doctores o estudiosos eruditos, tú que has dicho cosas tan simples y directas, palabras que siguen siendo palabras de vida para todos los hombres”.

Siempre he pensado que uno de los mayores servicios que puedo hacer es poner la persona y el mensaje de Jesús al alcance de la gente. Éste es el objetivo que persigo de una u otra manera desde hace muchos años, al comentar de manera sencilla y orante estos textos evangélicos de Lucas, Mateo, Marcos y Juan. Me mueve una convicción: la fe en Jesucristo es la fuerza más vigorosa que puede encontrar el ser humano para enfrentarse a la vida de cada día, la luz más clara para vivir de manera acertada, la esperanza más indestructible para mirar el futuro con confianza.

Son muchos los que, estos años, se han ido alejando de la Iglesia, quizás, porque no siempre han encontrado en ella a Jesucristo. En una escena recogida en el evangelio de Juan, se nos dice que, al ver que muchos lo abandonaban, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Y Pedro, con su habitual honestidad, le respondió: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos en ti”. Tal vez hoy tengamos que decir lo mismo: ¿a quién vamos a acudir?

MODELO DE UNO DE LOS PASAJES COMENTADO

“NARCISOS O SURICATOS? ( Domingo 1º de Adviento)

+ Lectura del santo Evangelio según san Marcos 13, 33-37

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: – Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!.
Palabra del Señor

Reflexión

Como todos los años, el Adviento comienza con una llamada a la vigilancia y a la esperanza. A un estar atentos al que está viniendo. Un estar atentos a las venidas de Dios a nuestra historia. Creo que hay dos marcos que nos pueden servir de iluminación para este tiempo del Adviento: o somos Narcisos o somos Suricatos.

No es tiempo para Narcisos

En el prólogo al Alquimista, Paulo Coelho nos presenta la interpretación que hace Oscar Wilde sobre la historia de Narciso. Dice que, cuando Narciso murió, las diosas del bosque llegaron y vieron el lago transformado, de agua dulce que era, en un cántaro de lágrimas saladas.

– “¿Por qué lloras?” Le preguntan las Oréades.
– Lloro por Narciso, respondió el Lago.
– ¡Ah, no nos asombra que llores por Narciso! Al fin y al cabo, a pesar de que nosotras siempre corríamos tras él por el bosque, tú eras el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.
– ¿Pero Narciso era bello? Preguntó el Lago.
– ¿Quién sino tú podrías saberlo? Era en tus márgenes donde él se inclinaba para contemplarse todos los días.

El Lago permaneció en silencio unos instantes. Y finalmente dijo:
Yo lloro por Narciso, pero nunca me di cuenta de que Narciso fuera bello.
Lloro por Narciso porque cada vez que él se inclinaba sobre mis márgenes yo podía ver, en el fondo de sus ojos, reflejada mi propia belleza”.

Aquí nadie ve la belleza del otro. Narciso contempla su belleza en el espejo del Lago. Y el Lago contempla la suya en el fondo de los ojos de Narciso. Total que nadie veía la belleza del otro sino que cada uno veía su propia belleza. Por algo el narcisismo es:
Ese encerrarse cada uno sobre sí mismo y no ver a los demás.
Ese mirarse siempre a sí mismo y no ser capaz de ver a los demás.
Ese mirarse uno a sí mismo en su hoy sin capacidad de mirarse en su mañana.

Por eso podemos morir sin haber visto a nadie.
Podemos morir sin habernos enterado de nada.
Podemos morir sin enterarnos de la belleza de Dios.
Podemos morir sin enterarnos de que Dios cada mañana viene a contemplarse en nuestras propias vidas y en nuestra historia. Nunca le vemos llegar. No sabemos que rostro tiene Dios, por más que cada día se encarne en nuestra condición humana. ¿Seremos capaces de verlo en Navidad o contemplaremos solamente nuestro árbol, nuestros regalos y nuestras luces? Unas Navidades donde Dios se hace hombre, pero sin hombres que logren ver de verdad la belleza del rostro humano de Dios.

El Suricato

En cambio me encantan esos animalitos que se llaman Suricatos. Parecen unas ardillas. Corren en manadas, se esconden en sus madrigueras, juegan y se divierten. Pero, siempre hay uno que está vigilante. Siempre hay alguno que, mientras los demás se divierten, él está derechito, empinado sobre sus pies, con la cabeza en alto, o subido en una roca o en algún arbusto. El tiene la misión de vigilar, estar atento a cualquier peligro que se acerca y pasar la voz al resto para que a tiempo se escondan.
El es el vigía atento siempre al peligro. Es el que vela para ver antes que los demás. Porque el peligro acecha en cualquier momento. Es la mejor parábola de lo que la Palabra de Dios nos pide a todos en este domingo. “Velad entonces, pues no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos”.

Todas las horas son buenas para que Dios pueda llegar a nuestras vidas y a nuestra historia. Dios siempre es sorpresivo. No tiene horas de visita ni horas de oficina.
Por eso, es preciso estar atentos y vigilantes: “Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!”
Puede encontrarnos dormidos.
Puede encontrarnos despistados.
Puede encontrarnos tan metidos en nosotros mismos que no vemos nada fuera.
Puede encontrarnos tan metidos en nuestras cosas, que el resto no nos interesa.

Para velar y vigilar es preciso saber esperar a Alguien.
Quien no espera a nadie ¿para qué va a estar despierto?
Quien no espera a nadie ¿para qué va perder el tiempo esperando?
Es triste lo que dice Juan en su Prólogo:
“Vino a los suyos y los suyos no le conocieron”.
“Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.

El Adviento es tiempo de esperanza. Por eso es tiempo de espera. Tiempo de vigilancia.
No es tiempo para Narcisos que, de tanto contemplarse a sí mismos, terminan ahogados en el mismo Lago que les permitía verse.
El Adviento es tiempo de ser como el Suricato. Siempre con la cabeza en alto, y girando para todas partes, y erguido sobre la punta de su pies para ver más lejos. Como decía aquella monja de clausura: “Alguien tiene que estar esperándolo, junto al puente, a la entrada del pueblo”.

Oración

Señor: Nos regalas este tiempo del Adviento
como un tiempo de esperanza.
Como tiempo para esperarte a Ti que no sabemos cuando vendrás.
Como tiempo para esperarte a Ti
y que no nos encuentres dormidos.
Te pedimos que nos mantengas despiertos,
atentos cuando llegues.
Atentos cuando toques a la puerta de nuestros corazones.
Atentos a los acontecimientos que también nos hablan de Ti.
Atentos a tus señales que tenemos que aprender
a leerlas con ojos de fe.
La verdad que me da miedo que llegues y no te vea.
Que llegues y no me encuentres.
Que llegues y tengas que pasar de largo porque estoy despistado que no me entero de nada.

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