Caminos de conversión

5.- La conversión, un compromiso de paz

Hay muchas formas de hablar de la paz:
– En tercera persona: en algunos países del Tercer Mundo hay miles de hombres y mujeres que mueren a diario víctimas del odio o de la intolerancia racial.
– En segunda persona: estamos en una sociedad en la que cada vez resulta más difícil sentir la seguridad ciudadana; es más, ni si quiera se puede vivir en paz.
– En primera persona: hoy, en casa, en el trabajo o en clase, en la calle o en el grupo de amigos… «he pegado cuatro voces a…» o «he tenido que poner en su sitio a…».
Es muy bonito hablar de la paz como espectador: la paz en el mundo, o en la sociedad… Cuando yo no tengo que ver nada en la historia soy muy pacífico; pero, cuando entro en juego, las cosas ya son de otra manera.
En cristiano el concepto de paz no es sólo algo de lo que hablar: es algo que tenemos que construir todos. Para llegar a comprender esto tenemos que tener en cuenta que el concepto de «paz» cristiano está en estrecha relación con el concepto de «justicia de Dios»; y esta justicia es muy diferente de la justicia que usamos los hombres: Dios opta por el débil, el que vive cualquier tipo de indigencia, el que sueña y espera un mundo más «divino»… Por lo tanto, ser misericordioso es optar por los débiles, los que viven en indigencia, los que sueñan y esperan un mundo mejor. A la luz del Evangelio que hoy vamos a considerar podremos añadir: y Dios no se siente indiferente ante nuestra indiferencia. Su deseo de ver justicia se manifiesta en su compromiso por la paz; por hacer que todos vivamos en paz.
El saludo con el que Jesús resucitado se presenta a sus discípulos es siempre el mismo: un deseo de paz. Ese mismo deseo es el que nos transmite el sacerdote en nombre de Cristo al comenzar nuestras celebraciones comunitarias.
Cuando nos juntamos para celebrar Eucaristía, antes de la comunión, nos damos la paz; y la finalizar nuestra reunión, el sacerdote nos despide deseándonos la paz…
Es en éste último sentido, en primera persona, comprometiendo nuestra propia existencia, como nos habla hoy Jesús.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos
serán llamados hijos de Dios
(Mt 5,9).

.. Trabaja por la paz quien, sintiéndose hijo de Dios, lucha para que todos los hermanos puedan tener los mismos privilegios.
Para los cristianos la paz, la tolerancia, la aceptación incondicional de la persona del otro (que es muy distinto de la aceptación incondicional de las ideas del otro) y el respeto a la riqueza cultural de los que son distintos a nosotros, no son valores porque estén de moda: pertenecen a la tradición de la Iglesia y son cauce y camino para construir fraternidad. Es cierto que ha habido épocas de la historia en que esto se ha olvidado; eso no nos exime de recordárnoslo a nosotros mismos: si decimos ser hijos de un Padre común, que hace salir el sol sobre buenos y malos y sobre justos e injustos, tendremos que tratarnos como hermanos independientemente de que consideremos al otro bueno o malo, justo o injusto.
No caigamos en la ingenuidad: aceptar a quien nos parezca malo o injusto no es aceptar la maldad o la injusticia. La paz se construye desde la bondad y la justicia. Por eso, la primera expresión de nuestro compromiso por la paz es el perdón.
.. El compromiso por la paz no es una conquista, sino un logro a conquistar cada día.
A Santa Teresa le gustaba decir con frecuencia que vivir en paz es vivir en verdad; por eso, lo primero que se requiere a la hora de construir la paz es claridad. Muchas veces, por la paz en casa, tragamos con cualquier cosa; y, para colmo de males, a eso lo llamamos caridad. No, no nos engañemos: no podemos disfrazar la injusticia (el temor a alguien o a algo) o nuestros propios intereses (que no me digan nada…) con un falso compromiso por la paz.
.. Hay que denunciar y condenar la injusticia… pero sin llegar a condenar al que la practica. Nosotros no somos jueces, sino hermanos; y el papel del hermano no es el de condenar, sino el de aceptar y perdonar.

ORACIÓN

Señor, haz de mí
un instrumento de tu paz.
Donde haya odio,
ponga yo amor;
donde haya ofensa,
ponga yo perdón;
donde haya discordia,
ponga yo armonía;
donde haya error,
ponga yo verdad;
donde haya duda,
ponga yo fe;
donde haya desesperación,
ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas,
ponga yo luz;
donde haya tristeza,
ponga yo alegría.
Que no me empeñe tanto
en ser consolado
como en consolar;
en ser comprendido,
como en comprender;
en ser amado como en amar.
Porque dando,
se recibe; olvidando,
se encuentra; perdonando,
se es perdonado; muriendo,
se resucita a la Vida.
(Oración de san Francisco de Asís)

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