Carta de un anciano a su hija

Anciano 2Querida hija: Soy un viejo, una persona mayor, como se dice ahora, que está un poco al margen del mundo, jubilado del trabajo y de la sociedad.

Dios me libre de querer poner en orden los asuntos de los demás. No me quiero inmiscuir en la vida de los jóvenes, porque sé que no os gusta que los viejos pretendamos daros lecciones. Pero eres mi hija y en Navidad me veo en la obligación de escribirte esta carta.

Tienes que aprender a celebrar el Adviento. No es cuestión de encender unas velas y apagarlas al poco rato. Ni de poner una corona colgada en la puerta de tu casa, que queda muy decorativa. Tenemos que aprender a callarnos por dentro, a apagar el loco tocadiscos de nuestros  pensamientos, para, en el silencio, poder encontrarnos con nosotros mismos y sobre todo con Dios. Si no podemos hacer esto jamás sabremos celebrar la Navidad.

Lo que sucedió el año pasado no debería repetirse. ¿Te acuerdas? Trabajaste como una mula antes de las fiestas navideñas. Te echaste a la calle y a las tiendas a comprar. Los niños se quedaron en la guardería; no tuviste tiempo para tu marido cuando llegó por la noche a casa. Se hizo la cena y aun se marchó con unos amigos para preparar el viaje de final de año. Acostaste a los niños, todo con prisa y sin amor. Luego te fuiste a la cama, no sin antes ordenar los trajes de los niños para el festival navideño. Este fue vuestro tiempo de Adviento.

El domingo reinó en casa una actividad febril mientras la radio berreaba sin cesar. Había que preparar innumerables paquetes de regalos. Salisteis.

Los niños se quedaron solos. Es magnífico que en estos días hagáis regalos costosos a parientes y amigos. Un signo de vuestra generosidad. ¿Pero es éste el sentido de la fiesta?

Los niños han quedado inundados de regalos sin que quede un solo deseo sin satisfacer. Habéis mostrado orgullosos los regalos que os han hecho: el equipo de música, el móvil de última generación, la ropa de marca, los perfumes. Muy bien, pero ¿es esto lo que significa la Navidad para vosotros? Ni un pensamiento para entrar en el clima de la fiesta, ni una lectura de la Biblia, ni una oración. No dije entonces nada, pero pensé: tienen todo por fuera, pero por dentro no tienen nada.

Mira, primero tendría que desmontar pieza por pieza el tinglado que esta sociedad de consumo ha montado alrededor de la Navidad, para empezar a aprender a celebrar y a ser feliz.

Te escribo hoy porque no sabes cuánto me gustaría que tú también fueras feliz. Pero para ello tienes que tomar un par de decisiones y colocar de nuevo algunas cosas en el centro de tu vida.

Escucha a un viejo. Ya sé que me puedo equivocar, pero me atrevo a decírtelo: ¡No trabajes tanto! El trabajo puede ser un vicio o una evasión. No dejéis tan a menudo a los niños. Los puedes perder del todo. La cuestión principal es que ganes tiempo para tus hijos, para tu marido y para Dios. ¿Qué tienes, si posees muchas cosas y no tienes a Jesús? Quizá me comprendas. Pero quizá pienses también que soy un viejo.

Acéptame al menos una cosa: que no es lo mismo ser feliz que aparentarlo.

Os deseo que seáis muy felices en estas fiestas de Navidad.

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