Catequistas para tiempo difíciles

Introducción

“¿Qué ves Amos?, ¿Qué ves Jeremías?; preguntaba Dios a sus profetas. La mirada al mundo es lo primero que aprendemos de aquellos que estaban enviados a anunciar la Palabra del Señor.
Como ellos, estamos llamados a mirar al mundo no como espectadores neutrales que, instalados en su fe y seguros de ella. miran hacia quien no la tiene, sino como quienes estamos embarcados en la misma aventura de los hombres, afectados y conmovidos por sus intemperies, por su clamor y por sus desvanecimientos…
Al mirar la realidad desde el ángulo de la fe, vemos con alarma cómo la increencia va ganando terreno y cómo en número de cristianos va haciéndose cada vez menor. Se está produciendo una sensación difusa de que Dios está desapareciendo del mundo…
El ser humano está asfixiado, condenado a una cultura científico-técnica y, aunque echa de menos la trascendencia, no la encuentra en las mediaciones conocidas y la busca por otros caminos.
Asistimos a una especie de atonía religiosa, a una esterilidad en la práctica de la fe, a una inoperancia apostólica. Parece que se nos han quedado viejas las palabras y que hablamos el lenguaje del Evangelio en una sociedad de sordos.
Pero siempre es una equivocación hacer una lectura negativa: cada época tiene su cuota de gracia y de desgracia; sus dosis de peligro y sus dosis de oportunidades para el Evangelio. La tarea de un cristiano, y más de un catequista, es tratar de descubrirlas y de conectar con ellas.
Algo que tenemos que hacer es ampliar el campo semántico de la palabra “catequista”… Unas palabras de Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi, pueden iluminarnos:
“En cada etapa nueva de la historia, la Iglesia, impulsada por el deseo de evangelizar, no tiene más que una sola preocupación ¿a quién enviar para anunciar el Evangelio de Jesús? ¿En qué lenguaje anunciar este misterio? ¿Cómo lograr que resuene a todos los hombres que lo deben escuchar?
Podríamos afirmar que están en desuso el lenguaje y el estilo que Pablo Freire llama “bancarios” y que parten de la suposición de que uno de los interlocutores goza de un estatus superior, posee como en un depósito todo lo que debe enseñar y se lo entrega al otro sin establecer ninguna relación de reciprocidad.
No es éste el caso de la catequesis que supone un proceso de acompañamiento en la fe, un camino recorrido en común, una larga marcha en la que el catequista no es alguien superior sino un guía espiritual, un peregrino que conoce un poco mejor el camino y por eso se atreve a ofrecer su ayuda a otros hermanos pero no desde una mesa de despacho, sino caminando con ellos, pasando con ellos por las mismas dificultades, noches e intemperies del recorrido de la fe.
Y para aprender cómo vivir mejor ese acompañamiento en la fe vamos a acudir a la Biblia para buscar en ella cómo afrontó el pueblo de Israel los tiempos difíciles que le tocó vivir y cómo reaccionaron sus guías en la fe ante situaciones conflictivas y amenazadoras muy parecidas a las que nos toca vivir a nosotros.

1.- Un guía para tiempos de desvalimiento: Moisés.

El tiempo del desierto evoca en la Biblia un peregrinar por un lugar inmenso y terrible, lleno de peligros, de soledad, de sed…
El desierto es símbolo de desvalimiento, de falta de apoyos, de seguridades, de ausencia de caminos conocidos y de metas claras..
En el desierto se vive la tentación de sentirse olvidado, desprotegido y abandonado y, por eso, Israel reaccionó con murmuraciones y revueltas, idolatrías y quejas…
Moisés fue elegido por Dios para guiar a su pueblo en aquel tiempo difícil y los relatos del Éxodo nos hacen descubrir su capacidad de memoria. Moisés es capaz de recordar a su pueblo que el desierto es también lugar de encuentro y lugar de Palabra, algo que él aprendió cuando pastoreaba los rebaños…
“Al tercer mes después de la salida de Egipto, ese mismo días, llegaron los hijos de Israel al desierto de Sinaí y acamparon en el desierto frente al monte.
Moisés subió hacia Dios. Yhavé le llamó desde le monte, y le dijo: “Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí” (Ex 19, 1-4)
Es eso lo que Moisés tiene que anunciar a los hijos de Israel: lo primero no son mandamientos, ni normas, ni preceptos, ni imperativos, sino un indicativo que se conserva en la memoria: cómo se ha portado el Señor con su pueblo, cómo le ha salvado de sus enemigos y le ha llevado sobre sus alas como un águila que lleva a sus polluelos, cómo los ha traído a él.
A continuación viene el proyecto:
“Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mis alianza, vosotros seréis mi propiedad entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra, seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel. Fue, pues, Moisés y convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todas estas palabras que Yhavé le había mandado. Todo el pueblo a una respondió: “Haremos todo cuanto ha dicho Yhavé”. Y Moisés llevó a Yhavé la respuesta del pueblo” (Ex 19,5-9)
De todos los relatos que recuerdan la capacidad de proyecto de Moisés, su paciente intento de llevar adelante la marcha del pueblo y sus palabras de ánimo y de esperanza, vamos a detenernos en un episodio del libro de los Números del que podemos aprender mucha “sabiduría catequética”:
“Yhavé habló a Moisés y le dijo: “Envía a algunos hombres, uno por cada tribu paterna, para que exploren la tierra de Canaán que voy a dar a los israelitas. Que sean todos principales entre ellos”.
Los envío Moisés a explorar el país de Canaán diciéndoles: “Subid por este desierto hasta llegar a la montaña. Reconoced el país, a ver qué tal es y el pueblo que lo habita, si es fuerte o débil, escaso o numeroso; qué tal es la tierra que viven, buena o mala; cómo son las ciudades en que habitan, abiertas o fortificadas y cómo es la tierra, fértil o pobre, si tiene árboles o no. Tened valor y traednos frutos del país” Subieron y exploraron el país desde el desierto de Sin hasta Rejot a la entrada de Jamat. Llegaron al valle de Eskol y cortaron allí un sarmiento con un racimo de uva, que transportaron con una pértiga entre dos, y también granadas e higos. Al cabo de cuarenta días volvieron a explorar la tierra y se presentaron a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas, en el desierto de Parán, en Cadés. Les hicieron una relación a ellos y a toda la comunidad, y les mostraron los productos del país. Les contaron lo siguiente: “Fuimos al país al que nos enviaste, y en verdad que mana leche y miel; éstos son sus productos”. (Num 13,1-27)

Moisés ha ejercido algo que podríamos llamar “astucia catequética”: ha conseguido hacer apetecible el país al que se dirigen, ha encontrado una manera hábil de motivar a un pueblo reacio al esfuerzo de la conquista, ha mostrado las maravillas que encierra.
Pero Israel, como nosotros, es un pueblo de dura cerviz que se rebela, desobedece, se queja, olvida lo que el Señor ha hecho por ellos, rompe la alianza. Y he ahí que se hace presente la capacidad de conflicto de Moisés, la paciencia inagotable con la que se vuelve una y otra vez a Dios para interceder por su pueblo: a veces los narradores bíblicos nos lo presentan harto, cansado, quejoso… pero en cada una de estas situaciones, se vuelve a Dios y consigue encontrar en él la fuerza, el ánimo y la paciencia para seguir “tirando” de su pueblo.
En estas escenas de diálogo entre Moisés y Dios encontramos una alternancia curiosa: unas veces es Moisés el cansado y es entonces Dios el que le anima a resistir; otras ocurre al revés: esa Moisés el que tiene que recordar a Dios que no puede volverse atrás en su alianza:
“Moisés disgustado, dijo al Señor: “¿Por qué maltratas a tu siervo y no le concedes tu favor, sino que me haces cargar con todo este pueblo? ¿He concebido yo todo este pueblo o lo he dado a luz para que me digas: Toma en brazos a este pueblo, como una nodriza a su criatura y llévalo a la tierra que prometí a tus padres?… Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, más vale que me hagas morir, concédeme este favor y no tendré que pasar tales penas” (Num 11, 1-15)
“El Señor dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me despreciará este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todos los signos que he hecho entre ellos? Voy a herirlo de peste y a desheredarlo. De ti sacaré un pueblo grande, más numeroso que ellos.
Moisés replicó al Señor: Se enterarán los egipcios, pues de en medio de ellos sacaste tú a este pueblo con tu fuerza…, oirán la noticia las naciones y dirán: “El Señor no ha podido llevar a este pueblo a la tierra que les había prometido. Por tanto, muestra tu gran fuerza como has prometido. Señor, paciente y misericordioso…, perdona la culpa de este pueblo por tu gran misericordia, ya que nos has traído de Egipto hasta aquí”. El Señor respondió: “Perdono como me lo pides…” (Ex 14,11-21)

¿No podríamos decir que es la amistad entre Moisés y el Señor lo que les da a los dos “capacidad de resistencia” para seguir cargando con su pueblo.
Si examinamos a esta luz los tiempos de desvalimiento que también vivimos hoy, podemos encontrar luz y orientación en el personaje de Moisés:
– Podemos preguntarnos por nuestra propia capacidad de memoria, por lo que hay en nosotros de experiencia personal de Dios y podemos respondernos sinceramente si hemos tenido un encuentro verdadero con él en la zarza ardiente de nuestra propia vida. Quizá nos esté faltando decisión para adentrarnos en el desierto y abrirnos a su presencia y por eso hablamos de él sin convicción, sin ese fuego que comunican los que se han dejado encontrar por el Dios vivo y él se les ha revelado como un Dios que ve y escucha el clamor de su pueblo oprimido y que anda buscando a quién enviar para llevar a cabo su obra de liberación.
– Podemos preguntarnos si somos nosotros mismos testigos de que vale la pena subir al país de Canaán, es decir, si la alegría de nuestra vida revela a otros que el evangelio es una tierra que mana leche y miel y que compensan todos los esfuerzos por acogerlo. Si los niños o los jóvenes ven en la comunidad a la que pertenecen gente apasionada por Jesús y por su Reino y que han encontrado ahí la plenitud de su vida y de felicidad, encontrarán el testimonio que necesitan para enrolarse en el mismo camino.
– podemos preguntarnos si el trabajo catequético va haciendo crecer en nosotros el aguante, la paciencia, el hábito de llevar a la oración a aquellos con quienes compartimos nuestra fe, si “luchamos” por ellos delante de Dios, si vamos aprendiendo junto a él a amar, a perdonar, a esperar.

2.- Un guía en tiempos de desánimo: Jeremías.

A finales del s. VI a C, el reino de Judá vivió el momento de más fuerte crisis de su historia. La amenaza del imperio babilónico se cernía como sombra de un buitre sobre el pequeño reino de Judá, constantemente tentado de alianzas con pueblos extranjeros para resistir a un enemigo tan poderoso. No eran esos los planes del Señor y es el profeta el llamado a cargar con la Palabra divina y hacerla resonar en medio de su pueblo más cerrado y sordo que nunca.
Jeremías tiene buena memoria: recuerda que, desde el momento de su vocación. Dios se ha hecho garante de una palabra pronunciada en la historia:
“¿Qué ves Jeremías? Respondí: Veo una rama de almendro. Me dijo: ¡Bien visto! Que alerta estoy yo para cumplir mi palabra” (Jer 1,11-12)
Como si le dijera: “Lo mismo que no depende ti, hombrecillo temeroso, el que llegue la primavera, tampoco depende conseguir la fecundidad de mi palabra: eso es cosa mía, tú limítate a anunciarla”.
Pero el que eso sea cierto, no exime a Jeremías del conflicto. Le ha tocado la misión difícil de proclamar, contra viento y marea y en contra de todos los proyectos reales… que no hay que resistir a Nabucodonosor, que no hay que aliarse con Egipto, que hay que aceptar la deportación da Babilonia porque forma parte de los planes del Señor.
Su postura le acarrea críticas, conjuras, persecuciones, insultos, detención, palizas y amenazas de muerte.
En el capítulo 36 de su libro encontramos maravillosamente narrada su experiencia de ver destruida sistemáticamente cada palabra de su predicación y arrojada al fuego, línea a línea, el rollo en que había ido escribiendo lo que la Palabra de Dios le comunicaba. Pero el texto encierra detrás toda una teología de la Palabra, una proclamación de fe en su fuerza y vitalidad, más allá de las apariencias de destrucción:
“Toma otro rollo, escucha otra vez Jeremías de parte del Señor, y vuelve a escribir en él todas las cosas que había en el primer rollo que se quemó…” (jer 36,28)
Es el reconocimiento de una consistencia y un poder que desbordan cualquier intento de olvidar o destruir la Palabra de Dios y de ahí sacaba Jeremías su capacidad de resistir en medio del conflicto. Y es precisamente en ese momento crítico cuando recibe la orden de realizar una acción simbólica que exprese cuál es el proyecto de Dios para el futuro de su pueblo; es el momento en que, al avecinarse el destierro a Babilonia todos quieren vender sus posesiones… Y en cambio, Jeremías compra un campo y sella el contrato en medio de testigos asombrados por su actuación. Y es entonces cuando revela la promesa de futuro que tiene aquella acción:
“ Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Todavía se comprarán casas y campos y huertos en esta tierra. Aquel pedazo de tierra se convierte así en testimonio y garantía de lo que el Señor había prometido: Con amor eterno te amé, por eso prolongue mi lealtad; te reconstruiré y quedarás reconstruida, capital de Israel… Reprime tus sollozos, enjuga tus lágrimas, porque hay esperanza de un porveni, lo ha dicho el Señor”…
(Jer 31,3.16)

Podríamos preguntarnos como catequistas por nuestros miedos y temores, por la excesiva ansiedad con que encaramos la evangelización, como si dependiera de nosotros el éxito del Evangelio, olvidándonos de que lo nuestro es ser colaboradores, pero que es el Señor mismo quien se encarga de la fecundidad de su Palabra.
– Podemos aprender, gracias a Jeremías, a dejar de calificar a nuestra época como el conjunto de todos los obstáculos contra la evangelización. Escuchar los problemas que tuvo que afrontar para hacer llegar a su pueblo el mensaje que le había encomendado el Señor, nos hace relativizar nuestros catastrofismos y recordar que nunca ha sido fácil la transmisión de la Palabra, pero que hay en ella un dinamismo más profundo que el que nosotros podemos constatar.
– Podemos preguntarnos, mirando a Jeremías, por la terquedad de nuestra confianza y hacer un chequeo a nuestra convicción de que, más allá de la oscuridad presente, Dios sigue siendo sanador de heridas y prepara para sus hijos un futuro de esperanza.

3.- Una guía para tiempos en que las palabras están desgastadas: María de Betania

En los evangelios encontramos muchas palabras acompañadas de gestos o acciones de Jesús o de gente que entra en relación con él. Pero encontramos también algunas veces gestos silenciosos a los que no acompaña palabra alguna, quizá porque por sí mismos resultan significativos y elocuentes. Da la sensación de que poseen una fuerza superior a la de las palabras, hasta tal punto que llegan a hacerlas innecesarias.
María de Betania, la hermana de Lázaro y de María, es uno de esos personajes que realizan gestos silenciosos. Aunque sabemos poco de ella, sí podemos saber algo de su capacidad de memoria: Cuando Jesús se detuvo en su casa de Betania y su hermana Marta se afanaba preparando la cena, ella cortó con cualquier otra ocupación y se sentó a los pies del Maestro desafiando los reproches en apariencia bien merecidos de su hermana. Pero Jesús tomó partido por ella y habló de que hay una única cosa necesaria. María debió aprender definitivamente aquel día a distinguir lo importante y lo que no lo es, y supo, ya para siempre, que son los gestos del amor los que cuentan por encima de las palabras, y que existe una elocuencia silenciosa mucho más poderosa que cualquier cosa que se pueda decir.
Betania eras la última etapa en el itinerario de su subida a Jerusalén y María supo que su manera de dialogar con él, de responderle, de decirle que entendía la ofrenda de su vida, era tomar el frasco de perfume, romperlo y derramar el perfume que contenía hasta vaciarlo. Quizá estaba recordando las palabras de Isaías: “Vacío su vida hacia la muerte” Y eso era lo que ella quería simbolizar al derramar aquel perfume que inundó la casa con su fragancia.
Y precisamente porque su acción encerraba aquella densidad de significación era capaz de sacudir las conciencias de los discípulos, crear interrogantes, suscitar conflicto. Su gesto despierta críticas, murmuraciones, resistencia y reproche sobre el desperdicio que suponía y la conveniencia de haberlo vendido y dado a los pobres no eran más que un pretexto. Lo que estaban manifestando era su resistencia al derroche de la entrega de Jesús, la afinidad que presentían entre él y aquella mujer, como si ella estuviera anticipando simbólicamente lo que él estaba dispuesto a hacer dentro de muy poco.
En tiempos como los nuestros, tan cansados de palabrería inútil y repetitiva y en los que muchos ya no prestan atención a las palabras y se fijan solamente en la autenticidad de las acciones, el gesto de María de Betania puede hacer que nos replanteemos cuáles son los gestos significativos que ofrecemos y en cuáles de ellos pueden reconocer, aquellos a los que queremos comunicar el mensaje del evangelio, la autenticidad de lo que anunciamos.
Hay muchas pasiones silenciosas, bajo la apariencia de frialdad e indiferencia religiosa: hoy son semillas de la Palabra o preparaciones evangélicas el ansia de justicia en el reparto de bienes, el crecimiento del pacifismo y feminismo, la defensa de la cultura popular, el temor a la manipulación, la valoración de la coherencia, el hastío del consumo…
Pero todo eso se da junto a una gran apatía ante las palabras que ofrecen soluciones y el atractivo por el evangelio vendrá casi únicamente a través de aquellos que se hagan ellos mismos buena noticia y que comuniquen más con su vida que con sus palabras algo del amor inmenso con que Dios irrumpe en nuestro mundo.

4.- Un guía para tiempos de fracaso: Pablo de Tarso.

De Pablo solemos recordar, ante todo, sus éxitos apostólicos. Lo vemos seducido por Jesús, dedicado en alma y vida a su causa, suscitando respuestas creyentes, dinamizando comunidades, viajando incansablemente, abriendo caminos al evangelio. Su fuego apostólico nos contagia y nos empuja a llevar también nosotros a nuestros hermanos el nombre de Jesús.
Pero lo que quiero recordar hoy es un momento no especialmente brillante de su trayectoria, sino precisamente un fracaso. Nos lo cuenta Lucas en el capítulo 18 de los Hechos de los Apóstoles: Pablo llega a Atenas, la capital del mundo griego, la sede de aquella maravillosa cultura y se ve que, visita obligada le llevaron a ver el Partenón y vio los cientos de estatuas de dioses esparcidas por toda la colina. Los griegos eran un pueblo tolerante y con poco fanatismo religioso, que incorporaban sin problemas a su panteón a los dioses de los pueblos que iban conquistando.
La primera reacción de Pablo fue de furia, pero parece que después cayó en la cuenta de que por la vía de la crítica frontal no iba a conseguir nada y entonces elabora cuidadosamente un discurso pensadísimo, dirigido a los filósofos de las escuelas de epicúreos y estoicos que se ponen a escucharle en el Areópago, atraídos por la curiosidad. “¿Qué querrá decirnos este charlatán? decían unos. Otros decían: “Parece un propagandista de divinidades extranjeras”.
Y la pasión evangelizadora de Pablo posiblemente se puso a soñar lo que podría significar para el avance del evangelio el que aquellos hombres sabios e influyentes se convirtieran al cristianismo.
Quizá fue su capacidad de memoria, la que le llevó a recordar cómo se aproximaba Jesús a la gente que tenía delante, cómo hablaba en el lenguaje que les era familiar y se acercaba a su vida cotidiana de campesinos y pastores… Por eso comienza diciéndoles:
“Atenienses, observo que sois en extremo religiosos pues, paseando y observando vuestros lugares de culto, sorprendí un ara con una inscripción: “Al dios desconocido”. Pues bien, al que veneráis sin conocerlo yo os lo anuncio” (Hch 18,22-23)
Lo que sigue es un empedrado de citas de filósofos conocidos por sus interlocutores y parece ser que mientras se movió en ese terreno, todo fue bien. Pero Pablo no podía ser infiel al evangelio y, después de muchas vueltas, comenzó a preparar el terreno para hablar de Jesús:
“… el hombre designado por Dios a quien ha acreditado ante todos resucitándolo de la muerte. Al oír lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, otros decían: Te escucharemos sobre ese asunto en otra ocasión. Y así Pablo abandonó la asamblea” (Hch 18,31-33).
Ni siquiera tuvo tiempo de pronunciar el Nombre sobre todo nombre: antes de que pudiera hacerlo, ya habían llovido sobre él las sonrisas, las burlas, las descalificaciones, el desprecio, las espaldas vueltas. Todo suena a fracaso absoluto, a un camino cerrado al evangelio y Pablo debió tener que echar mano, una vez más de su capacidad de conflicto.
Pero el texto nos da una indicación preciosa:
“Algunos se juntaron y abrazaron la fe: entre ellos, Dionisio el areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos más” (Hch 18,34)
Dios tenía otro proyecto para la comunidad de Atenas: no iba a nacer de los sabios y entendidos sino de la pequeña semilla, casi insignificante de aquel puñado mínimo de hombres y mujeres que se decidían a abrazar la fe. Y Pablo debió aprender mejor aquel día por qué extraños caminos, a través de qué pequeñas semillas se abre paso el evangelio.
Nosotros, tenemos que aprender, por supuesto, a inculturar nuestro lenguaje, a acercar el mensaje a la mentalidad de la gente, a dialogar con la cultura… pero tenemos, sobre todo, que realizar un trabajo de conversión de nuestros deseos de eficacia, de éxito, de nuestras tentaciones de cuantificar y medir según nuestros criterios mundanos. Si algo está claro hoy es que se ha terminado la pastoral de cristiandad y que la transmisión del Evangelio pasa por lo que podíamos llamar un “boca a boca”, por procesos lentos de acompañamiento personal. La Iglesia ha perdido su influencia de antaño y en el fondo añoramos los tiempos de un cristianismo masivo.
Puede sobrevenirnos la tentación de “intentar recobrar privilegios antiguos”…
Son tiempos de recordar la parábola de la mostaza, la más pequeña de las semillas y la de la levadura que fermenta escondiéndose en medio de la masa. Estamos llamados a participar de la solidaridad de Dios a favor de la humanidad y a “ayudar a los hombres y mujeres a desprenderse de la imagen deformada y confusa que tienen de sí mismos para descubrirse, a la luz de Dios, totalmente semejantes a Cristo. De esta manera nosotros nos embarcamos en todos nuestros trabajos apostólicos con la confianza de que el Señor nos toma como servidores suyos, no porque nosotros seamos fuertes, sino porque nos repite como a San Pablo: “Mi gracia te basta, porque mi fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12,9).

5.- Una maestra de catequistas: María de Nazaret

No podemos terminar nuestra reflexión sin volver nuestra mirada a María, educadora de Jesús y educadora después de la fe de la primera comunidad. Y vamos a hacerlo acercándonos a una escena del evangelio de Juan: Las bodas de Caná.
Es un texto riquísimo y lleno de resonancias simbólicas, pero vamos a fijarnos solamente en una de sus dimensiones: en lo que podríamos llamar “perspectiva catequética”.
Observamos como comienza el texto:
“Al tercer día se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Estaban también invitados Jesús y sus discípulos” (Jn 2,1-2).
Ella es, por tanto, el sujeto del primer verbo, la que protagoniza la escena y Jesús aparece bajo la sombra de un “también”.
Veamos ahora cómo termina el texto:
“En Caná de Galilea hizo Jesús su primera señal, manifestó su gloria y creyeron en él los discípulos. Después, con su madre, hermanos y discípulos, bajó a Cafarnaúm donde se detuvo varios días” (Jn 2,11-12)
La situación ha cambiado radicalmente: toda la atención está ahora centrada en Jesús que se convierte en el sujeto de todos los verbos y podríamos decir que María, la catequista, ha conseguido lo que quería: Jesús ha realizado su primer signo, su gloria resplandece, ha atraído la fe de sus discípulos y toma la iniciativa de ir a Cafarnaúm donde tendrán lugar los comienzos de su predicación. Ahora es ella la que camina a la sombra de su hijo, en segundo término, silenciosamente. Era eso lo que ella iba buscando y por eso está contenta, como si pronunciara vitalmente las palabras de Juan el Bautista: “Él debe crecer y yo disminuir”.
En su actitud se encierra lo que podríamos llamar la “mística del catequista”, es decir, el secreto profundo de esta vocación dentro de la Iglesia, la dirección en la que quiere empujarnos el Espíritu. De lo que se trata es de abrirle caminos, de hacer entrar su evangelio en medio de la vida humana, de acelerar la hora de que sea reconocido y acogido y de que revele toda su fuerza de vida y de salvación. No pretendamos nada más: ni que se nos felicite, ni que se nos agradezca, ni que se recuerde nuestro nombre. Lo nuestro es dejarle a él todo el sitio, alegrarnos de que la vida de la gente que amamos puede beber el vino de su presencia en medio de sus vidas y bajar al “Cafarnaúm de lo cotidiano” una vez que él ha ocupado el centro y ha revelado su gloria.
Voy a terminar con un poema de Pedro Casaldáliga que resume mucho mejor de todo lo que he dicho, el anuncio que convierte en una pasión nuestra tarea catequética.

Dios ha venido a casa, desdiciéndose de su gloria.
Ha pedido permiso
al vientre de una niña sacudida por un decreto del César
y se ha hecho uno de nosotros:
un palestino de tantos en su calle sin número,
semiartesano de toscos quehaceres,
que ve pasar los romanos y los vencejos,
que muere, después, de mala muerte matada,
fuera de la ciudad.
Ya sé
que hace mucho
que lo sabéis,
que os lo dicen,
que lo sabéis friamente
porque os lo han dicho con palabras frías…
Yo quiero que lo sepáis de golpe
hoy, quizás
por primera vez.
Absortos, desconcertados, libres de todo mito,
libres de tantas mezquinas libertades.
Quiero que os lo diga el Espíritu
¡como un hachazo en tronco vivo!
Quiero que lo sintáis como una oleada de sangre
en el corazón de la rutina,
en medio de esta carrera de ruedas entrechocadas.
Quiero que tropecéis con él
como se tropieza con la puerta de Casa,
retornados de la guerra bajo la mirada
y el beso impaciente del Padre.
Quiero que lo gritéis
como un alarido de victoria por la guerra perdida,
o como el alumbramiento sangrante de la esperanza
en el lecho de vuestro tedio, noche adentro,
apagada toda ciencia.
Quiero que lo encontréis en un total abrazo,
compañero, amor, respuesta.
Podréis dudar de que haya venido a casa
si esperáis que os muestre la patente de los prodigios,
si queréis que os sancione la desidia de la vida.
Pero no podéis negar que se llama Jesús con patente de pobre.
Y no podéis negarme que lo estáis esperando
con la loca carencia de vuestra vida repudiada
como se espera el aliento para salir de la asfixia
cuando ya la muerte se enroscaba al cuello,
como una serpiente de preguntas.
Se llama Jesús.
Se llama como nos llamaríamos
si fuéramos, de verdad, nosotros.

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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