Cinco maneras de traicionar la Navidad

Navidad 8Cuanto más sagrada es una cosa, tanto más fácil es de profanar. Cuanto más sorprendente, heridora y desconcertante es, tantas más probabilidades tiene de que los hombres intentemos suavizarla, desviarla, endulzarla, hacerla baratamente digerible.
Esto es lo que ha ocurrido con la Navidad: el hecho de que Dios se haga uno de nosotros, que tome carne humana, que entre -verdadera y no metafóricamente- en nuestra pobreza; es algo tan vertiginoso, algo que cabe tan difícilmente en cabeza humana que los hombres no hemos cesado a lo largo de los siglos de encontrar modos para domesticar ese vértigo, para someter esos hechos a nuestra medida de pequeños egoístas. Con lo que el hombre contemporáneo cree, sí en la Navidad, pero en una Navidad hecha a su imagen y semejanza, pequeña como él.

Cinco son hoy los modos fundamentales de esta “domesticación”, de este empequeñecimiento de la Navidad. Los siguientes:

1.- El primero y el más burdo de todos es la paganización de la Navidad. Teóricamente para vivir la Navidad hace falta “una fe de caballo”, pero todos nos apuntamos a la Navidad tengamos fe o no. A costa de reducir estas fechas a la gran fiesta nacional y mundial del despilfarro. En pocos temas cristianos ha entrado de manera tan desaforada el consumismo de nuestra civilización. Navidad, por lo visto, es el tiempo de comer mucho y muy caro, el tiempo de consumir, mucha más luz eléctrica en calles y casas, los días de abarrotar los comercios y de intercambiarnos regalos que en un noventa por ciento de los casos son de puro compromiso. Habría que preguntarse en qué proporción -altísima- de casas cristianas el protagonista de estos días no será el pavo, el besugo, el turrón, el champagne. Así que aprovechamos la curiosa circunstancia de que ha nacido Dios para ponernos morados y consumir después tubos y tubos de “digestinas”.
Hay algo muy sacrílego en este tipo de navidades. Sobre todo si en ellas los pobres se sienten más pobres, los solos más solos, los olvidados más olvidados.

2.- La segunda forma de profanación es muy parecida, aunque dé la impresión de ser muy diferente: es el ternurismo. En cientos de casas cristianas se quiere que verdaderamente sea Cristo el centro de la Navidad, pero ese Cristo se “reduce” a pura ternura, a puro infantilismo, a simple superficialidad. Y no es mala la ternura y menos aún el espíritu de infancia, pero sí lo sería el olvidar que en Belén hubo mucho más que azúcar. Allí se inició la redención con toda la hondura de un drama que no se puede acompañar con solas panderetas. Es la vieja tentación del “nestorianismo”: la herejía de quienes reducían la figura de Jesús a un hombre bonísimo, tiernísimo, en el que la divinidad era poco más que un vestido. Bueno es enniñecerse en navidades, malo entontecerse, empequeñecer el alma, ignorar el vértigo de esta entrada de Dios en la condición humana. Un buen cristiano no reduce su fe ni su Navidad a un cuento de nacimiento: hay que asomarse al menos a ese misterio que hay detrás.

3.- La tercera forma de profanación es el “arqueologismo”, la herejía de los que reducen la Navidad a un acontecimiento que ocurrió hace dos mil años y que hoy podemos -cuanto más- recordar. Pero en cristiano la Navidad no es un asunto del pasado. Es algo que ocurre. Hoy siguen los posaderos de siempre repitiendo que no hay sitio para Cristo en el mundo. La estrella de los magos sigue resultándonos un objeto volante no identificado. Y seguimos creyendo, que Dios es bueno si nos es útil, si consigue que la lotería nos toque a los buenos cristianos. Pero Dios sigue naciendo en nosotros y para nosotros. Y los portales del mundo siguen llenándose de niños que nacen en la pobreza. ¡Ay de los creyentes que en Navidad se limitan a volver la vista atrás sin pisar en la tierra en que luchan! Esa sería la navidad de Lot, no la de Cristo.

4.- La cuarta profanación de la Navidad afecta generalmente a cristianos de tipo opuesto a los anteriores. Esa profanación es el vaciamiento, es el reduccionismo. Quienes caen en ella son cristianos que quieren vivir en serio el Evangelio y que, precisamente por ello, tienen muy abiertos los ojos para ver la pobreza que les rodea.
Navidad es, para ellos, sinónimo de revolución social, es la fecha en que Dios hizo esa superrevolución que es canonizar y asumir la pobreza.
Todo esto es radicalmente verdadero, siempre que no se olvide que se trata de una revolución redentora que atañía a todas las injusticias y no sólo a las materiales. Navidad es tiempo de protesta cristiana, pero también de fe. Tiempo de exigir el cambio del mundo, pero sin olvidar que el mayor cambio del mundo fue la entrada de Dios en él.

5.- La quinta y mayor profanación es el egoísmo, una forma de traición que resume todas las anteriores. Si realmente tuviéramos que buscar en el diccionario las dos palabras más opuestas, más contradictorias que existen tendríamos que elegir esas dos: Navidad y egoísmo. Navidad es apertura, donación, entrega. Egoísmo es lo que centra casi todas nuestras almas en Navidad y fuera de ella. ¡Hay tantas formas de celebrar la Navidad de un modo egoísta! ¡Hay tantos que en estos días creen que vencen su egoísmo dando una barra de turrón al “pobre de los sábados” o una muñeca a la hija de la portera en lugar de darse ellos mismos más que nunca en esos días!
Navidad: es la fecha de la gran locura de un Dios enamorado de los hombres. ¡Ah si, al menos, nos dominara estos días un gramo de esa locura que nos alejara de las tan baratas superficiales, frivolizadoras formas con que solemos vivirla!

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