Cristianos de Resurrección

Querida catequista: Te escribo hoy cansado, estoy necesitando ya las vacaciones, pero me falta todavía mucha Cuaresma por vivir. El ajetreo de la vida me descentra… y me distrae de saborear que Jesús es mi centro y mi descanso.

Turismo familiar o Semana Santa

Supongo que en Semana Santa te ocurrirá como a mí, que vivo el conflicto de decidir pasar unos días de vacaciones familiares, o de quedarnos en casa viviendo las celebraciones de la parroquia. Lo malo es que unos de mi familia votan por la oferta religiosa, pero la mayoría vota por el turismo. Así que tengo que pactar y buscar distintas estrategias para inventar ratos familiares de oración y de celebración, sin invadir, sin obligar, sin manipular… Todo ello sin que se den cuenta de que las fotocopias venían planeadas ya de casa y que las velitas o el símbolo ya estaban previstos en la maleta. Viajo con lecturas interesantes que me ayuden a hacer silencio dentro de mí, a pesar de los folklores familiares: alguna disco y mil chismes más. Yo tengo claro que quiero vivir la Cuaresma y la Semana Santa en comunicación con Dios. Y así me paso todo el tiempo saltando de mi exterior a mi interior, intentando no perderme en el camino.

Jueves Santo

Me gusta mucho vivir el Jueves Santo recordando la entrega de Jesús, su lección de vida al lavar los pies a su gente y su presencia en el pan y el vino para siempre. Se me pone el corazón contento y fraterno. Me siguen maravillando las capacidades pedagógicas de Jesús. Se le entendía todo, pues no sólo ponía ejemplos de la vida cotidiana sino que, además, lo hacía él mismo para que nos diéramos cuenta de lo que proponía. Eso me recuerda ese dicho tan repetido en la educación de que: “lo que se oye, se olvida; lo que se ve, se recuerda y lo que se hace, se aprende”. Eso es lo que tenemos que hacer como catequistas, y eso es lo que hacía Jesús, demostrar cómo tenemos que tratar a los otros, cómo compartir poniendo cada uno lo poco que tiene y cómo sanar a los otros por el amor.

Viernes Santo

El Viernes Santo es la entrega incondicional de Jesús la que me hace reflexionar y vibrar con tantos hombres y mujeres que hoy andan con su cruz a cuestas por las mil dificultades de la vida. Hay tantos, tantísimos hermanos, que no pueden con su cruz. .. les ha tocado vivir una vida indigna, dura, injusta… y Jesús me ayuda a vivir atento a los otros, descentrado de mí, para que mi centro sean los hermanos y hacia ellos y la construcción del reino camine mi energía.
No podemos descansar mientras haya gente sufriendo tanto, mientras veamos normal esta desigualdad social. Y el impulso de Dios, el recuerdo del Viernes Santo viene a dejarnos afectar por los que están peor que nosotros, por los que no tienen cubiertas sus necesidades básicas. El mundo anda oscuro, sumergido en tinieblas de guerras, muertes, injusticias y desamor. Tenemos que apostar por la vida, comprometiéndonos en la construcción del Reino de Dios, que consiste en construir la igualdad, la fraternidad y justicia entre todos los seres humanos.

Sábado Santo

La celebración del Sábado Santo me encandila el alma. Es una de las liturgias en las que más se suele implicar la gente. Renuevo las promesas del bautismo, paso de la oscuridad a la luz (mía y de los otros), me uno a toda la humanidad que ha creído en Jesús, dejo que renazca en mí el entusiasmo que nos pone Dios cuando nos dejamos enamorar por El, cuando hacemos nuestro su proyecto.
Me preocupa a mí que no sepamos transmitir más alegría a nuestros chavales. A veces somos “cristianos sólo de jueves santo” buena gente, solidarios y fraternos. También podemos serlo “de viernes santo”: sacrificados y agradecidos a la entrega de Jesús, pero lo que más tenemos que ser es: Cristianos de resurrección

Resurrección y resucitados

Por eso estamos contentos, porque Dios nos ha salvado, nos ha alejado de la rutina de la vida, del egoísmo enfermizo, de los malos rollos, de la mediocridad, de las preocupaciones y agobios, del acumular cosas… La resurrección es el fuego que corre por nuestras venas, un fuego que nada ni nadie puede apagar, salvo la propia mediocridad y el aburrimiento. Los resucitados tienen una chispa en su vida, una alegría interior que se les escapa por los ojos y por todos sus gestos, y que es contagiosa, porque levanta el ánimo de los que se acercan y que nada tienen que ver con algún anuncio de un producto televisivo, aunque su marketing pudiera coincidir.
Dios da chispa a nuestra vida, nos catapulta, nos impulsa, nos dinamiza, nos saca de nosotros mismos para sobrepasarnos, para actuar en nosotros y hacer maravillas con nuestra propia vida.
A veces nuestras vidas son grises porque tenemos miedos… y en el momento en que decidimos escuchar a Dios que nos dice: “No temas. .. soy yo”, nos sobrepasamos a nosotros mismos, la vida se vuelve de colores y la intensidad vital nos lleva a disfrutar en cada momento, sumergidos en el aquí y ahora, entrando del todo y saliendo del todo de cada situación. La oscuridad en la que viven muchos hermanos nuestros urge nuestro compromiso. Cristo en ellos nos invita a seguir fieles a su proyecto. Nos saca de nuestras miserias para volvernos misericordia; convierte nuestra pobreza en riqueza y nuestro egocentrismo en sensibilidad para el hermano.
Somos servidores de la humanidad, sanadores de tristes, compañeros de soledades y facilitadores de Vida. Lo mismo que Dios no es una propiedad privada de uno solo, sino de todos, de la misma manera quien ha llegado a ser de Dios es propiedad de todos. Es posible que mi marido desee hincharme un ojo, por la frase anterior, pero es bueno que en casa recordemos aquello de Jesús: ¿Quienes son mi padre y mis hermanos? Un fuerte abrazo.

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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