Dar la vida “en calderilla”

Dar la vidaLe doy la razón a un amigo mío que me decía: “Dar la vida por otro tiene que ser magnífico. De todos modos, yo creo que, llegado el momento, yo estaría dispuesto a hacerlo. Pero lo difícil para mí es dar la vida en calderilla.”
Dar la vida por otro es ciertamente un gesto estupendo, pero está rodeado de muchas compensaciones. Si das la vida por otro: terminas siendo un héroe; los periódicos te pondrán en primera página como alguien extraordinario; y hasta la Iglesia es capaz de beatificarte por ese gesto supremo de caridad.
Ese dar la vida así de un golpe, es duro, pero no cabe duda de que tiene sus alicientes.
En cambio, eso de “dar la vida en calderilla”, suena poco.
No hace ruido alguno. Todo pasa desapercibido.
Ir dando la vida cada día en unos gestos de amabilidad, no llama la atención.
Ir dando la vida cada día en el perdón diario, nadie lo va tomar en cuenta.
Ir dando la vida cada día en la servicialidad, no lo anuncian los periódicos.
Ir dando la vida cada día en una sonrisa sencilla, a nadie sorprende.
Ir dando la vida cada día en no gritar, hablar con voz tranquila, nadie se fija.
Ir dando la vida cada día reconociendo los propios errores y pidiendo disculpas, nadie se entera.
Sin embargo, esta es la manera que todos tenemos de dar nuestra vida por los demás.
No siempre se tiene la oportunidad de que a uno le pidan la vida de un golpe.
Pero siempre tendremos al lado:
A quien sonreír.
A quien perdonar.
A quien decir una palabra amable.
A quien decirle descansa que lo hago yo por ti.
A quien decirle, disculpa, me equivoqué.
Es el modo de dar la vida en “calderilla” es el modo de dar la vida a “poquitos”.
Pareciera menos doloroso, pero posiblemente, duele más que el darla toda de una vez.
Porque es el dolor de todos los días y de muchas veces al día.
Porque es el dolor sin aureola y que, de ordinario, nadie la agradece a uno.
Tanto valorar los grandes milagros, nos hemos olvidado del valor de los milagros pequeños.
Tanto valorar a los grandes gestos, nos olvidamos de dar el debido valor a los pequeños gestos de cada día.
Personalmente no sé si, llegado el momento, tendría suficiente valentía para dar mi vida por otro. Lo que sí sé, por experiencia, lo que me cuesta ser amable siempre, sonreír siempre, comprender a los demás siempre, perdonar siempre, y ser sincero siempre.
Me gustaría que la Iglesia beatificara algún día a alguien porque sencillamente dio su vida, entregó su vida todos los días “en calderilla”. Ese día sí me convencería de que también yo puedo ser Beato y, quién sabe, si algún día también Santo.

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