4. Decir la verdad

Me cuenta un sacerdote que no hace mucho le llamaron para atender en su pueblo a un anciano campesino agonizante. Y al llegar, apenas se sentó junto a su cama, el viejo le pidió que rezase con él el Credo. Empezó el sacerdote a hacerlo con ese miedo tonto a que nos falle la memoria que todos tenemos en momentos como ese, y vio cómo el anciano le seguía hasta que al llegar al «Resucitó al tercer día», percibió cómo la mano del campesino se levantaba como pidiéndole que se detuviera un momento. Lo hizo y oyó entonces la temblorosa voz del moribundo que preguntaba: «Resucitó, sí, pero… ¿el cuerpo dónde está?» Por el tono de la pregunta mi amigo comprendió la importancia que su respuesta tendría para el enfermo: era claro que la idea de dónde está el cuerpo del Resucitado se había levantado como un muro entre la fe y la muerte de aquel hombre. Y, con esa rapidez de relámpago con la que en esos instantes pasan las ideas por nuestras cabezas, mi amigo entendió que no podía extenderse en largas explicaciones sobre lo que dice la teología de la naturaleza del cielo, sobre lo distintos que serán en el más allá los conceptos de tiempo, de espacio, de lugar. Y optó al fin por la más sencilla y la más desarmada de las respuestas: “No lo sabemos. Desde hace muchos siglos muchos sabios discuten esa cuestión y aún no nos han dado una respuesta del todo satisfactoria. Sabemos, sí, que Jesús resucitó -porque nos lo dice la Escritura y nos lo garantiza la Iglesia- pero no sabemos dónde ni cómo está ahora su cuerpo resucitado.»
Al concluir sus palabras, volvió a oír la voz del viejo que; sin añadir un solo comentario, decía: “Puede continuar.» Terminó el sacerdote el Credo, también sin comentarios y, después, a petición del anciano, le dio los Sacramentos. Pocas horas después el enfermo había muerto.
Y mi amigo se sentía al día siguiente descontento consigo mismo: ¡Había contestado de manera tan torpe y vacía al viejo! Ahora se le ocurrían infinitas respuestas más sólidas, más portadoras de esperanzas. Pero -pensaba- ya era tarde.
Horas después, durante el funeral, la hija del anciano se acercó a dar las gracias al sacerdote y le dijo: “Yo no sé qué le diría usted a mi padre, pero al marcharse usted él me dijo: “He hecho una gran pregunta al sacerdote y me ha contestado muy bien.”»

Ahora entendió mi amigo que las mejoras respuestas son las verdaderas por débiles que parezcan. Que él no había dado una respuesta científica que, por lo demás, tampoco él le pedía. Había dicho tartamudeando lo que sentía de verdad: que aquel era un campo en el que los hombres no hemos logrado penetrar. Y aquella fue la gran respuesta, la auténticamente útil .. y es que a fin de cuentas, lo que cuenta es siempre la verdad. Muchas de las respuestas que damos a los enfermos, a los niños, son casi siempre respuestas retóricas, tranquilizadoras, con las que no tratamos de decir la verdad, sino de dejar tranquilo al que nos pregunta y conseguir de rebote que él nos deje tranquilos a nosotros. ¡Cuántas paparruchas se cuentan así a los niños o a los ancianos! Pero esas paparruchas pueden servir para salir del paso, para evitarnos en ese momento más problemas: Pero la mentira mancha a quien la recibe. Y a quien la pronuncia.

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Un pensamiento sobre “4. Decir la verdad”

  1. Gracias! por este maravilloso material que me viene muy oportuno para el grupo de senoras mayores que tengo con las que me reuno dos veces al mes para reflexionar sobre los evangelios.
    Que tenga un maravilloso y Nuevo amanecer en nuestro peregrinar de la vida. MUY FELIZ 2016

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