Dios con nosotros

Adviento 6Seguro que os habéis enterado: Es tiempo de Adviento. Y me sale del alma comunicarme con los que sois amigos, en el grado que sea, para celebrar este tiempo que los cristianos llamamos fuerte. La expresión no es muy buena, pero es así como la Liturgia llama a las cuatro semanas de preparación a la Navidad. Nos entrenamos para celebrar algo que Dios ha hecho por nosotros: ser Dios con nosotros. Reconocer a Dios en nuestra vida ordinaria y vivir «divinamente” lo ordinario se nos da mal; nos es difícil. Es preciso prepararnos. Lo importante se prepara; si no nos preparamos, nos lo perdemos…

• Vivimos tiempos de miedo. Pasan cosas que ni nos las imaginábamos o creíamos que eran «de película”. Pero hemos palpado que son realidades… Hasta pensamos que «puede pasar cualquier cosa”… Es tremendo pensar y sospechar que hemos llegado a una situación en la que puede pasar «lo que sea”… ¿Qué nos puede extrañar ya? Estamos tocando lo que es el corazón humano… Llega muy lejos tendiendo trampas para atacar al otro.
A mí, ahora, no me importa señalar quiénes son los buenos y los malos. El mal está en todas partes. No sé si nos conduce a algo saber quién tiró la primera piedra… Pero así no puede seguir.

• ¡Hay que romper la espiral de la violencia y venganza! Necesitamos mirar a alguna parte para descubrir luz, para romper la marcha del odio. En el fondo, lo que estamos viviendo es lo que nos merecemos porque es lo que hemos ido construyendo poco a poco… Nos hemos adormecido tanto, tenemos tantas «adormideras” que sólo nos pueden despertar e interrogar cosas de éstas que son un «puro escándalo” o «algo inimaginable”…

– En este clima, los creyentes iniciamos el Adviento, preparación de la Navidad. Es decir, nos damos un tiempo para entrenarnos, para hacernos más sensibles y poder acoger la presencia de Dios entre nosotros en su Hijo Jesús.

– Necesitamos sensibilizarnos porque estamos muy insensibles a los otros y al Otro. Creo que nos hace falta mirar con ojos de ternura a nuestro mundo y la las heridas de los hombres y mujeres… de hoy. Detrás de bonitas apariencias hay duras realidades y mucho dolor callado y mucha soledad ahogada. ¿Cómo reconocer a Dios y la voz de Dios si no reconocemos la voz de los próximos… ? Observa cómo va la gente, metida en lo suyo: su libro, sus auriculares, sus problemas… No somos capaces de mirarnos a los ojos; nos huimos. Cada uno tiene bastante con su mundo… ¿Cómo podremos aceptar a Dios-con-nosotros si no aceptamos al otro con nosotros? ¿Cómo podremos mirar y descubrir a Dios si ni nos miramos ni nos descubrimos? ¿Cómo diremos, con Yahvé: He visto la opresión, he visto los sufrimientos… he bajado a librarlos, a sacarlos… (Ex 3,7-10)?
Es hora de entrenarnos en mirar y reconocer al esposo, a la esposa, al padre, a la madre, al hijo, al hermano, al vecino, al compañero de trabajo, al extranjero, al «herido», al excluido… No es verdad que aceptemos a Dios-con-nosotros si no nos acogemos próximo-con-el-prójimo. No es verdad que sea Navidad si las escenas que nos sirven de guerras, luchas, odios… no nos interrogan y no nos llevan a sembrar cercanía, ternura, acogida y paz. No es verdadera Navidad cristiana la que no sabe reconocer que Dios es ciudadano del mundo, está próximo a nosotros en el mapa y geografía que recorremos cada jornada. Dios no es lejano. Dios se cruza cada día contigo y conmigo, aunque no nos demos cuenta ni caigamos en la cuenta…

– Necesitamos aprender a «abajarnos». Suenan por todas partes voces que llaman a ser «triunfadores». La vida se convierte en una continua «Operación Triunfo». ¡Tienes que subir; llegar; conquistar; alcanzar; conseguir; lograr; aumentar; superar…! ¡Hay que triunfar! ¿Dónde vamos? ¿Dónde queremos subir? ¿Dónde está el techo, el límite? ¿No estamos haciendo, sin darnos cuenta, una torre de Babel con tanto subir y triunfar…? En la cima de esa montaña que escalamos, cada uno en su profesión, está la guerra y la confusión. Alcanzar cotas más altas se ha convertido en una «guerra admitida» porque es la ley del comercio. Hay una guerra que nos muestra tanques, explosivos, heridos… Pero hay muchas guerras secretas para derrotar a la competencia, al que destaca, al que está en el otro bando… El grito de guerra es: ¡Lograr más mercado, hundir proyectos ajenos, ganar las elecciones, atraer clientes, ser primeros y únicos en el sector…! Hay muchas «escuelas» que sólo enseñan a triunfar, dan diplomas de «triunfadores»… Ser un fracaso es insoportable. Estamos en un proceso donde los pequeños no tienen sitio; son sólo objeto de explotación. Trepar y «ser un trepa» tiene leyes y servilismos: «adorar al jefe», «comprar al otro a base de dinero», «vender bien el producto» a costa de lo que sea, a costa de la libertad… Es la guerra «permitida» y «admitida» para subsistir: si no luchas, te devoran, desapareces. ¡Hay que luchar y triunfar…!
En esta situación, ¿podremos entender lo que significa el Dios que desciende, que se abaja, que viene a nosotros…? ¿Cómo hacer ejercicios prácticos de «descender», de «acercarnos a los pequeños», de «estar donde están los que no cuentan o sólo cuentan para aprovecharse de ellos»…? Descender, abajarse, encarnarse… es asumir andar junto a los que están más abajo, junto a los que no pueden y no les dejan subir. El ejercicio de «bajar” no es porque abajo está lo mejor o se está mejor, sino porque abajo hay personas como nosotros a quienes hay que humanizar e impedir que alguien les atropelle. Bajar a los pobres no es un deporte de moda. Es tarea de Dios y de aquellos que escuchan su palabra. Estar donde están los pobres no es deporte que nos inventemos, sino misión que aprendemos mirando al recién nacido, Emmanuel. Siempre llevamos clavado en el corazón «ser como Dios” (Gen 3,5). Dios se «abaja” para intimar con nosotros, para potenciar todo lo bueno que llevamos y somos, para ofrecernos su presencia y su misterio de novedad.
Es hora de entrenarnos en bajar hacia los que Dios mira con más complacencia y a los que llama «bienaventurados,,: los pobres, los que lloran, los que no se las dan de nada… ¿Cómo encontraremos a Dios «arriba” si ha bajado para nacer donde viven los que no tienen posada, los que no tienen dónde reclinar la cabeza… ?
. Necesitamos aprender a intimar con Dios. Cada vez resuena más fuertemente la necesidad de intimar con Dios. Pensamos, programamos, inventamos, hacemos, luchamos, damos vueltas a cosas… El origen de todo el misterio de Navidad y de Dios encarnado es el amor. Todo lo que hoy inaugura nuestro Dios tiene una fuente de alimentación: la intimidad con el Padre. Sin intimidad todo es vacío. La intimidad hace milagros. La intimidad es la que lanza e impulsa. La intimidad es tan íntima que no sé si la conocemos, no sé si no llamamos intimidad a cualquier cosa.
Es hora de íntimos y de intimidad. ¿Qué pinta Dios con nosotros sin íntimos, sin intimar con Él? Este Adviento es para hacer ejercicios prácticos de la intimidad: los célibes, como célibes; los casados, como casados; los solteros, como solteros. Hagamos de nuestra vida humana una vida más íntima para aprender a intimar también con Dios. No tenemos exceso de intimidad jamás…

– Necesitamos aprender la grandeza de lo pequeño. La Navidad comercial es atrayente, deslumbrante. Basta que salgas a la calle o que enciendas el televisor. La Navidad primera fue pequeña, tan pequeña que nadie se dio cuenta, si no fuera porque el coro de los ángeles rompió el silencio de la noche. Quizá aún hoy muchos añoramos años de atrás en los que parecía percibirse más predominio de lo religioso en la sociedad… Aparentemente, vacías están las calles de Dios. Como ayer y como siempre, muchos ídolos tienen templos instalados y no les faltan devotos… En medio de todos esos templos, en Belén se encarna el que es más grande que el Templo, el que es el Señor de cielo y tierra. Viene con la pretensión de buscar adoradores en espíritu y en verdad.
Es la hora de lo pequeño, de lo sencillo. Tenemos que inaugurar gestos de Navidad densos y sencillos, tan sencillos como la levadura o el grano de mostaza o la moneda perdida o los centavos depositados en el Templo. Cuando inundemos de gestos pequeños el espacio y el tiempo que abarcamos, escucharemos el cántico de los ángeles en medio de la noche alabando a Dios y deseándonos paz. Lo pequeño comienza por ti, por los tuyos, por los que conoces y por los que no conoces… Lo pequeño será posible si crees en ello. Lo pequeño tiene nombre: una sonrisa, una palabra, un minuto dado, un gesto inesperado de cercanía y comprensión, una oración callada… Tienes que saber que todo lo que Dios inicia siempre tiene orígenes pequeños… Tan pequeños que Él mismo nos dijo que sólo sale fruto del grano de trigo que se pudre… Es la hora de lo pequeño, del detalle; es la hora del silencio, de la siembra callada de todo lo que tiene germen de vida… La semilla que se siembra, aunque sea en la noche, como en aquella Nochebuena primera, siempre da fruto, cuando sea…

– Estamos convocados, como creyentes, a preparar el Adviento. Son posibles muchas pequeñas cosas.
Dependen de ti y de mí. Dios ha dado el primer paso. Dios espera el nuestro:
el mío, el tuyo, el de tu familia, el de tu grupo…
Dios busca creyentes que sigan las huellas del que llega en el silencio de la noche.
Si escuchas hoy su voz, no cierres la puerta, ni el corazón…
Si escuchas hoy su voz, no digas que no hay sitio en tu posada…
Si escuchas hoy su voz, camina hacia la cueva, le verás envuelto en pañales,
niño normal, con padres normales, en una cueva normal… en el lugar de los que no tienen nada y nadie les abre las puertas…
Si escuchas hoy su voz, deja que la voz interior te guíe más allá…

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