Dios no discute sino que dialoga

Es curioso el encuentro de Jesús con la mujer de Samaria. No discute con ella. No discute de religión. No discute sobre sus dioses. No discute sobre tantos maridos. Es que discutir es poner al otro en autos para comenzar a defenderse. Dios prefiere que bajemos la guardia y vayamos abriéndole nuestro corazón. Jesús sencillamente dialoga y lo hace de la manera más sencilla. Es por ese camino que va entrando en ella como el aceite sobre la madera, se va metiendo en su corazón casi sin que ella se entere.

Jesús dialoga sin ofenderse. La mujer comienza muy tiesa, retadora: “¿Cómo tú siendo judío me pides a mí de beber?” Jesús no responde al reto, sencillamente desvía la conversación y la va envolviendo en el misterio de la sed y de la gracia. Tampoco le echa discursos vacíos, sencillamente se mete por las pocas rendijillas que ella deja abiertas. Comienza por la sed, sigue con el agua, la lleva a un agua nueva, a un sed nueva hasta que termina dentro de su secreto: sus maridos. Cuando uno se siente tocado por dentro, comienza a abrirse. Se ve en el diálogo: primero Jesús es un judío, un enemigo, luego pasa a ser “Señor”, luego ya lo ve como un “profeta” y termina reconociéndole como el Mesías.

¿Por qué discutiremos tanto y tan inútilmente? Discutir es distanciarnos más y aferrarnos más a nuestras seguridades.

¿Por qué no dialogaremos más? Dialogar no sobre ideas, sino hablar desde el otro, desde lo que al otro le duele, desde lo que el otro lleva dentro. Entrar dentro del otro sin herirlo sino con amabilidad, con bondad, con respeto y deseos de responder a sus inquietudes. Ese es el verdadero diálogo, ese es el diálogo que nos lleva al encuentro, a bajar cada uno las armas y abrirnos mutuamente el corazón. ¿No podrían dialogar así los maridos y esposas? ¿No podrían dialogar así los padres y los hijos? ¿No podríamos dialogar así los pastores con nuestros fieles?

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