Domingo de Pascua

Monición de entrada

(A)

Hoy es un día muy especial para la celebración de la Eucaristía. Es verdad que solemos reunirnos todos los domingos, y lo hacemos el “domingo” porque es el “día del Señor”, es decir, el día en que el Señor resucitó de entre los muertos.
Hoy, después de los días de Semana Santa, celebramos la fiesta de las fiestas: el solemne DIA DEL SEÑOR.
Un día, tal como hoy, la noticia de la resurrección conmovió al mundo: a los enemigos de Jesús que no se lo querían creer por lo que significaba de fracaso; y a los amigos del Señor que no se lo podían creer por la alegría que entrañaba.
Tanto para unos como para otros ha sido una realidad que nosotros celebramos con inmenso gozo porque:
– es el fundamento de nuestra fe,
– es la base de nuestra esperanza,
– y es la fuerza de nuestro amor.
Con la noticia de que ¡Jesús vive!, también reviven con él la fe, la esperanza y el amor que él proclamó.
Por eso, desde el comienzo de la celebración, proclamamos el himno de alabanza a Dios, invocando a Jesucristo como mediador, sentado a la derecha del Padre: ¡Gloria a Dios en el cielo!…

(B)

Hoy es domingo. Hoy es el primer día de la semana. Hoy es el día de la Resurrección del Señor. Hoy renace la vida y la muerte deja de ser el final de la historia humana.
Celebramos con toda la Iglesia el triunfo de Jesús, Luz del mundo, sobre las tinieblas del orden injusto e insolidario, que conduce a la muerte a millones de hermanos nuestros.

Saludo del Sacerdote:

En el nombre del Padre…
Hermanos, sed bienvenidos, en este día gozoso de la Pascua, a celebrar la Resurrección del Señor. Jesús, el crucificado, vive ahora para siempre: ha resucitado. Su paz, su gracia, su amor inmenso, su vida que es nuestra vida, estén con todos vosotros.

Aspersión con el agua bendita

Renovación bautismal

Jesús resucitado nos ha dado su misma vida mediante el Bautismo. Lo renovamos hoy, con las mismas promesas y con la aspersión del agua bendita como signo de vida nueva.

Presidente: ¿Renunciáis al pecado, al mal, a la injusticia, a la violencia y al egoísmo?
Todos: Sí, renuncio
Presidente: ¿Renunciáis a la envidia, al odio, a la pereza, a la cobardía, a la tristeza, a la desconfianza, a la falta de fe, de esperanza y de caridad?
Todos: Sí, renuncio
Presidente: ¿Renunciáis a creeros los mejores, a pensar que ya sois cristianos del todo, a quedaros en las cosas y medios y no ir a Dios?
Todos: Sí, renuncio

ASPERSIÓN. (Se asperja con el agua bendita)

El agua limpia. El agua refresca. El agua da vida. Precisamente por eso el agua cumple un lugar tan importante como símbolo en la Pascua. Nos recuerda nuestro bautismo, que es una forma de recordar nuestro segundo nacimiento, el nacimiento a la fe. Nos recuerda que también en nuestro bautismo se nos limpió del pecado, y que debemos caminar siempre en una tarea constante de limpieza en la que evitarlo y procurar el bien. Nos recuerda también que en el bautismo Dios nos hizo sus hijos, y que ése es el mayor aliento y refresco que podemos tener cuando nos cansamos en el camino de la vida.

Que el agua que vais a recibir os recuerde que sois hombres y mujeres nuevos, y que caminando como tales os veáis llenos de fuerza, de vida y de su aliento, para poder de esa manera manteneros limpios de pecado hasta la vida eterna.

Gloria:

La alegría y el gozo son sentimientos que nos embargan en esta mañana de Pascua de Resurrección del Señor, como lo fueron para los primeros testigos. Por eso, cantemos ahora la gloria y la alabanza al Dios, que es Padre de nuestro Señor Jesucristo: Gloria…

Escuchamos la Palabra

Monición:

Cada domingo, en la Eucaristía, se hace presente entre nosotros Jesús muerto y resucitado, vivo para siempre. Hoy, en el domingo más grande del año, el domingo de Pascua, las lecturas nos anunciarán este hecho decisivo que nos reúne aquí en el templo domingo tras domingo: La vida nueva de Jesús, que nos da vida a nosotros. Escuchemos con atención este anuncio salvador.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

Palabra de Dios

Salmo: 117

Aleluya.

Aleluya. Aleluya. Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua. Aleluya.

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: – Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Homilías

(A)

La alegría que cantan las campanas, los aleluyas que resuenen en el templo son signos claros del gozo nuevo de este día bendito de Pascua. Nos somos cristianos por el hecho de creer en el pecado, en la cruz, en el sufrimiento y en la muerte; somos cristianos porque creemos en el perdón, en la alegría, en la liberación, en la resurrección, en la Vida. El corazón de nuestra fe es una esperanza de que toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza en alegría, toda muerte en resurrección.
Pascua es la experiencia de que no estamos en el mundo como encerrados en un sepulcro, de que nos han liberado de la losa que reducía la existencia a oscuridad y esclavitud. Pascua es luz, gozo, vida nueva.
Para muchos la cuestión difícil no está en saber si tienen fe en la resurrección, sino en saber si sienten deseo de resucitar y si tienen ganas de vivir. Lo esencial no es resucitar dentro de diez, de veinte o de cincuenta años, sino vivir ahora como resucitados. Pascua significa que podemos resucitar, que podemos experimentar una vida nueva. El cristiano no cree en la vida futura, sino en la vida eterna, que ha comenzado ya, que se vive desde ahora.
Para que la Pascua sea una realidad plena se debe aceptar la muerte de esa zona de la propia alma en la que se está demasiado vivo: intereses, temores, tristezas, egoísmos. Y hay que resucitar en esa zona en la que estamos demasiado muertos: resucitar a la fe, a la esperanza, al perdón, al amor, a la paz, a la alegría. La comunión pascual es no absolutizar el pan de esta vida, para poder saborear el pan de la otra vida, pan de justicia, de sinceridad, de entrega, de fraternidad. No hay que celebrar solamente la resurrección que aconteció hace dos mil años, sino hay que intentar que la Pascua sea fiesta actual en la resurrección de los cristianos, que atestiguan ante el mundo que es posible morir y resucitar.
La gran prueba que Cristo ha resucitado, de que Cristo vive, es que su amor vive, que hay personas y comunidades que viven de su vida y que aman con su amor.

(B)

La Pascua de resurrección es la fiesta más grande del calendario cristiano. La resurrección de Jesús es el centro de la vida cristiana y el fundamento de nuestra fe. Los primeros relatos evangélicos reflejan las dudas de los discípulos. No les resultaba fácil creer. Ante el sepulcro vacío, pensaban que alguien había robado el cuerpo del Señor. El evangelio dice que “hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”. Sin embargo, casi inmediatamente después de ese desconcierto inicial, Jesús, con sus apariciones, va recuperando a todos sus discípulos. Pedro podrá decir que “Dios lo resucitó y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección”. Los primeros discípulos pudieron disfrutar felices de la presencia de Jesús resucitado.
Hoy podemos decir que lo que celebramos en nuestras iglesias es que Jesús resucitó y está vivo entre nosotros. Con él no pudieron los poderes de este mundo ni la muerte. Simboliza el triunfo de lo pobre, lo débil y lo sencillo en las manos de Dios. Al que en la cruz parecía un pobre ser humano, derrotado por las fuerzas del mal, Dios le dio la razón y lo resucitó. Y como está resucitado, está vivo y anda con nosotros en la lucha contra el mal y el pecado. Jesús va delante, el primero de los hermanos, animando e iluminando nuestra andadura cristiana. A su luz descubrimos que nosotros también vamos resucitando a una vida nueva, vamos a mejores, hacia el hombre nuevo y resucitado del que nos habla san Pablo. Atrás vamos dejando, casi sin darnos cuenta, otras formas de ser persona. La fiesta de la resurrección del Señor es también nuestra fiesta.
Habría que mirar la entraña de la vida de cada comunidad para descubrir señales de resurrección. Yo sé que esto es difícil de evaluar y quizás no podamos poner ejemplos concretos, pero en mi caso particular creo que algo se ve, como si un nuevo talante se estuviera abriendo camino. Que haya cada vez más gente preocupada por su pueblo o por su barrio, por los pobres del mundo, por la paz y las relaciones de justicia entre los países; que haya personas dedicadas a cuidar de los niños, de los jóvenes, de los ancianos y los enfermos; que las parroquias sean un recinto de generosidad de servicio alegre, es algo muy hermoso. Es señal de resurrección porque significa que Jesús está vivo entre nosotros, que nos va sacando de nuestras apatías y nos lleva hacia la vida.
Pero sabemos bien que nos quedan demasiadas tareas en las que mejorar y en ellas habremos de pagar un precio de esfuerzo y de gracia. No se nos olvida que la cruz es el camino de la resurrección. La cruz es también nuestro camino. Tendremos que dejarle al Señor entrar en nuestra vida para crecer en sencillez, en solidaridad con los pobres y en servicio humilde a nuestros hermanos. Así pasamos a ser personas nuevas, resucitadas, con los rasgos de Jesús. Gente que solo piensa en ella misma y hace su vida eludiendo todo compromiso solidario, hay mucha. Los cristianos tenemos otro estilo de vivir: el de Jesús. Su estilo de vida va en nuestra alma. Podemos decir con él hemos resucitado también nosotros en esta Pascua.

(C)

-¿Por qué vas siempre al cementerio, mamá? -preguntó una niña.
-Para visitar a la abuelita y llevarle flores, mi cielo
-explicó cariñosamente la madre.
-¿Abuelita está en el cementerio?
-siguió preguntando la pequeña.
-Sí, mi hijita -respondió tristemente la mamá.
¿y por qué no te la traes a casa entonces? -dijo la niña.
-Bueno, porque está muerta y enterrada -dijo la madre.
-¡Ah! ¡Cómo me engañaste! -respondió la chiquilla.
-¿Por qué te engañé? -preguntó la madre.
-Porque cuando la abuelita se fue, me dijiste que estaba con Dios en el cielo -contestó la niña.
-Bueno, en el cielo está la abuelita viva y en el cementerio está la abuelita muerta -intentó explicar un tanto acorralada la madre.
¡Era una abuelita y ahora son dos abuelitas! -pensó extrañada la niña-. Las personas grandes no se aclaran. Y siguió pidiendo explicaciones…
-y tú, a quién quieres más, mamá? ¿A la abuelita muerta del cementerio o a la abuelita viva del cielo?
Pero la mamá ya no sabía qué decir. Y terminaba diciendo:
-Después hablaremos, mi amor.
Está claro que en el cementerio están sólo los restos de nuestros seres queridos. Un día de difuntos, mientras un grupo de fieles se reunía en un cementerio junto al altar en torno al Señor de la vida para alabarle, darle gracias y pedirle cosas convenientes, pues la misa es todo eso y mucho más que eso, algunas personas se reunían en torno a cada tumba, limpiando con tristeza las frías losas, encendiendo unas velas y ofreciendo unas flores. Estos derramaban lágrimas ante los restos de vidas ya pasadas. Y como se dice, con aguas pasadas no se mueven los molinos. Aquellos, en cambio, por la fe en Cristo, muerto y resucitado, cantaban el triunfo sobre la muerte y tenían la esperanza de que sus difuntos vivían una vida nueva.
La resurrección de Cristo es la victoria de la vida sobre la muerte. Hoy, domingo de Pascua, recordamos de un modo especial esa resurrección, de la que fueron testigos san Pedro y los demás Apóstoles, como lo vemos en la primera lectura.
La noticia de la resurrección, la que llenó de espanto a las mujeres que fueron con sus aromas al sepulcro, la que hacía reír a los sabios de Atenas cuando se lo oyeron a san Pablo, la que ponía furiosas a las autoridades judías cuando la predicaban los apóstoles, es la gran noticia que, a través de casi dos mil años, pasando de padres a hijos, llegó hasta nosotros.
La resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe cristiana. Es la fiesta de las fiestas. Si Jesús no hubiera resucitado, la muerte triunfaría sobre la vida y al final todo quedaría en nada.
La resurrección de Jesús garantiza la resurrección para la vida verdadera, en una dicha sin fin, a todos los que quieran salvarse.
Es por tanto, el fundamento de nuestra esperanza.

(D)

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento pasado que cada año que transcurre queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al resucitado que VIVE ahora llenando de vida la historia de los hombres.
Creer en Cristo resucitado no es solamente creer en algo que sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más hondo de nuestro ser estas palabras: “No tengáis miedo, soy yo, el que vive. Estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1,17-18).
Cristo resucitado vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. Él es la “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. Él es “el corazón del mundo” según la bella expresión de K. Rahner.
Por eso, celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito y pasa, se disuelve y muere sin haber llegado a plenitud.
Él está en nuestras lágrimas y penas como consuelo permanente y misterioso. Él está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. Él está en nuestras depresiones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.
Él está en nuestros pecados como misericordia que nos soporta con paciencia infinita y nos comprende y nos acoge hasta el fin. Él está incluso en nuestra muerte como vida que triunfa cuando parece extinguirse.
Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en vacío. Ningún grito deja de ser escuchado. El resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre.
Por eso, hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos. La fiesta de los que se avergüenzan de su mezquindad y su pecado. La fiesta de los que no están limpios, de los que se sienten muertos por dentro. La fiesta de los que gimen agobiados por el peso de la vida y la mediocridad de su corazón.
Hoy es la Fiesta de vida. La fiesta de todos los que nos sabemos mortales pero hemos descubierto en Cristo resucitado la esperanza de una vida eterna.
Felices los que esta mañana de Pascua dejen penetrar en su corazón las palabras de Cristo: “Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

(D)

Cuando uno es cogido por la fuerza de la resurrección de Jesús, comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre “apasionado por la vida” de los hombres, y comienza a amar la vida de una manera diferente.
La razón es sencilla. La resurrección de Jesús nos descubre, antes que nada, que Dios es alguien que pone vida donde los hombres ponemos muerte. Alguien que genera vida donde los hombres la destruimos.
Tal vez nunca la humanidad, amenazada de muerte desde tantos frentes y por tantos peligros que ella misma ha desencadenado, ha necesitado tanto como hoy hombres y mujeres comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida.
Esta lucha por la vida debemos iniciarla en nuestro propio corazón, campo de batalla en el que dos tendencias se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte.
Desde el interior mismo de nuestro corazón vamos decidiendo el sentido de nuestra existencia. O nos orientamos hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida… O nos adentramos por caminos de muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, una utilización parasitaria de los otros, una apatía e indiferencia total ante el sufrimiento ajeno.
Es en su propio corazón donde el creyente, animado por su fe en el resucitado, debe vivificar su existencia, resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar decididamente sus energías hacia la vida, superando cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en una muerte anticipada.
Pero no se trata solamente de revivir personalmente sino de poner vida donde tantos ponen muerte.
La “pasión por la vida” propia del que cree en la resurrección, debe impulsarnos a hacernos presentes allí donde “se produce muerte”, para luchar con todas nuestras fuerzas frente a cualquier ataque a la vida.
Esta actitud de defensa de la vida nace de la fe en un Dios resucitador y “amigo de la vida” y debe ser firme y coherente en todos los frentes.
Quizás sea ésta la pregunta que debamos hacernos esta mañana de Pascua: ¿Sabemos defender la vida con firmeza en todos los frentes? ¿Cuál es nuestra postura ante las muertes violentas, el aborto, la destrucción lenta de los marginados, el genocidio de tantos pueblos, la instalación de armas mortíferas sobre las naciones, el deterioro creciente de la naturaleza?

(E)

Éste es el día que hizo el Señor, canta gozosa la Iglesia en el Día de Pascua. Éste día de triunfo, de gloria, de promesas cumplidas, es el día que hizo el Señor, es el día por antonomasia de los cristianos. No lo son el Jueves ni el Viernes Santos, días en los que Cristo dio la medida de su talla gigantesca. No. El día que no necesita calificativos ni apellidos es el Domingo de Resurrección. Hoy.
Este día irrumpe sin que nada ni nadie pueda detenerlo en el horizonte de la vida cristiana para que, como decía San Pablo, no seamos los más miserables de los hombres ni sea vana nuestra fe. El sepulcro vacío, sin cadáver, es una llamada a la esperanza y a lo que debe ser el estilo de vida cristiano, un estilo de vida que tiene por norte un hombre resucitado, porque el Dios cristiano no es un Dios de muertos, sino de vivos, un Dios que quiere que los hombres sean felices y gocen y rían; un Dios que quiere que los hombres sean hombres de verdad, capaces de comprender al hombre, de compartir con él la alegría y el dolor, la escasez y la abundancia, los proyectos y decepciones; un Dios que quiere que vivamos en una espléndida libertad porque Él murió y vivió precisamente para que seamos libres, con una libertad como nada ni nadie puede darnos, porque está apoyada en la verdad. Lo dijo Él en su vida pública con toda rotundidad.
Es inconcebible cómo teniendo ese día como quicio en el que se apoya nuestra fe, y por consiguiente nuestra vida, hayamos dado al mundo, en tantas ocasiones, el espectáculo de un cristianismo aburrido, duro, intolerante y hasta cruel. En buena lógica no podría haber en el mundo hombres más equilibrados que los cristianos, quizás porque tenemos como fundamento de nuestra vida la resurrección que supone el triunfo definitivo sobre lo que resulta más doloroso e inexplicable: la muerte.
Hoy es un día de buenas noticias y el mundo está necesitado sin duda de que le lluevan noticias favorables, noticias que le descubran lo mucho que hay en el hombre de bueno si es capaz de vivir, como dice San Pablo, buscando las cosas del cielo y no las de la tierra. Esta postura de San Pablo, que la hizo vida en su vida, supone un estilo que apenas tiene nada que ver con el estilo al uso, pero hay que advertir que buscar las cosas del cielo no es, ni mucho menos, vivir un angelismo desencarnado y simplista. Buscar las cosas del cielo es vivir conociendo perfectamente las de la tierra para ordenarlas debidamente según una jerarquía de valores y cuando llegue la hora de elegir, que llegará en algún momento, lo hagamos desde una fe que se fortalece hoy: la fe de Cristo resucitado.
Creer en Cristo resucitado tiene que producir en los cristianos, en todos nosotros, un cambio que –repito- resume San Pablo en: buscar las cosas del cielo para hacerlas realidad en la tierra, que es donde vivimos y donde tenemos que hacer que Cristo viva para que los hombres crean de verdad que ha resucitado y camina con nosotros en el día a día que, a veces, resulta tan fatigoso.
El día que hizo el Señor, hoy, es un reto importante en nuestra vida. Es un día que no puede acabar cuando hayamos cantado con especial énfasis el Gloria y el Aleluya que la liturgia pone como demostración comunitaria de alegría, sino que tiene que ser el origen de un cambio profundo para que quienes nos vean adivinen nuestra fe en la resurrección y perciban la impronta de esa buena noticia que tenemos y que no pretendemos guardar avaramente, sino darla a los demás, porque comprendemos que haciéndolo servimos al hombre y le indicamos, con toda sencillez, el camino que conduce a Dios, un Dios que ha vencido a la muerte precisamente para que el hombre no mate ni muera, sino que viva con la mayor intensidad posible.
La resurrección necesitó testigos en su momento; los necesita hoy también: los cristianos. Pero sólo según vivamos, nuestro testimonio será fiable.

Profesión de nuestra fe

– Creéis en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra? R/. Sí, creo.
– ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?. R/. Sí, creo.
– ¿Creéis en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna? R/. Sí, creo.

(B)

¿Creéis de verdad que el Dios del Evangelio es un Padre que nos ama? ¿Creéis de verdad que hemos sido creados a imagen de Dios, que hemos recibido el poder de amar y que debemos amarnos como hermanos?

– Sí, creemos.

¿Creéis de verdad que el amor es posible entre los esposos, entre hermanos, entre amigos, entre compañeros de trabajo? ¿Creéis que es posible vencer los odios, los rencores, las envidias y crear un mundo mejor?

– Sí, creemos

¿Creéis de verdad que Jesús de Nazaret ha sido un hombre como nosotros, un hombre sencillo, pobre, nacido dentro de una familia humilde y que después de luchar y sufrir no perdió la esperanza sino que nos dice: “No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos?

– Sí, creemos

¿Creéis de verdad que merece la pena luchar contra las injusticias, las mentiras, el engaño de este mundo y que podemos conseguir algo si somos constantes y honrados? ¿Creéis de verdad que Jesús luchó hasta el final y venció el mal e incluso la muerte?

– Sí, creemos

¿Creéis en la Iglesia, comunidad de los hombres de buena voluntad? ¿Creéis de verdad que la Iglesia la constituyen los que sufren, los perseguidos, los que luchan por la paz y la justicia, los que se esfuerzan por defender la verdad?

– Sí, creemos

Oración de los fieles

(A)

En esta fiesta gozosa de la Pascua, en la que celebramos la victoria de Jesucristo sobre el mal y la muerte, pedimos al Dios del amor y de la vida: Haznos testigos de resurrección.
– Que triunfe la justicia y la solidaridad sobre el egoísmo y la codicia.
– Que triunfe la ternura y la paz sobre la crueldad y la violencia
– Que triunfe la alegría y la amistad sobre la tristeza y la soledad.
– Que triunfe la ilusión y la esperanza sobre el desencanto y la desesperación.
– Que triunfe la oración y la fe sobre la autosuficiencia y la increencia.
– Que triunfe el amor y la vida sobre el odio y la muerte.

Haznos, Padre, testigos del amor de Jesucristo en nuestro mundo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

(B)

Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos, levanta nuestro ánimo y sostiene nuestra esperanza. Pidamos:

– Para que tu Iglesia dé testimonio de su fe en la resurrección con obras y palabras, favoreciendo la vida de todos. ROGUEMOS AL SEÑOR…
– Para que los pueblos y sus gobiernos no se dejen arrastrar por la lógica de la muerte y la espiral de violencia. ROGUEMOS AL SEÑOR…
– Para que se valore la vida de cada persona y desaparezca la pena de muerte. ROGUEMOS AL SEÑOR…
– Para que quienes proclamamos la fe en la resurrección superemos miedos, quitemos losas que aprisionan la vida y comuniquemos el evangelio con alegría. ROGUEMOS AL SEÑOR…

Ayúdanos, Señor, a ser consecuentes con lo que celebramos, a ser testigos de Jesucristo, portadores de esperanza y alegría. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

(C)

Con el más profundo sentido de solidaridad te pedimos:

Todos: Haznos vivir la resurrección.

– Con todos los que están tristes.
– Con todos los apesadumbrados, con aquellos que sienten su espalda doblada por las losas de la vida.
– Con todos los que no descubren tu presencia ni en la naturaleza ni en la historia.
– Con todos los amedrentados, con todos los cobardes, con todos los pusilánimes.
– Con todos los que te buscan.

Que la resurrección proclamada sea vivida cada día con más autenticidad y verdad acompañando a todos los que llevan en sus vidas señales de muerte. Por JNS…

(D)

Jesús, a través de su vida arriesgada que lo llevó a la crucifixión, y resucitado por Dios, tenía razón. Ahora le manifestamos nuestras inquietudes y respondemos: ¡Jesús Resucitado, escúchanos!

1.- Jesús, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte.

1-1 Para que no dejemos nunca de llamarle “Padre” ni de confiar en Él, como tú nos enseñaste. Oremos.

2.- Jesús, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa.

2-2 Para que siguiendo tus pasos, vivamos curando la vida y aliviando el sufrimiento, poniendo siempre la religión al servicio de las personas. Oremos.

3.- Jesús, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio.

3-3 Para que sigamos luchando contra el mal, la mentira y el odio, buscando siempre el reino de ese Dios y su justicia. Oremos.

4.- Jesús, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados.

4-4 Para que defendamos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. Que escuchemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo. Oremos.

5.- Jesús, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz.

5-5 Para que sigamos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, y así, muy pronto compartamos contigo el abrazo del Padre. Oremos.

6.- Jesús, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre.

6-6 Para que escuchemos tu voz cuando leamos tu evangelio y nos alimentemos de ti cuando celebramos la Eucaristía. Y para que creamos de verdad que tú estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

Te lo pedimos por JNS

Presentación de las ofrendas:

PRESENTACIÓN DE UNA BUENA NOTICIA O DE UN PERIÓDICO

Por mi parte, Señor, te traigo esta buena noticia reciente. Mira, Señor, los hombres no sólo somos capaces de hacer el mal. También, y por tu gracia, hacemos cosas positivas, como ésa. Señor, que no sea una excepción. Que nos empeñemos en realizarlas continuamente, porque sólo así es como transformaremos este mundo y esta sociedad, y ellos serán un buen campo para la nueva vida de la resurrección.

PRESENTACIÓN DE UNA CESTA DE FRUTOS

Nosotros te traemos hoy esta bella y repleta cesta de frutos, primicia de lo que está produciendo el campo. Simbolizan, por una parte, nuestros esfuerzos y trabajos, y los de todos los hombres, para arrancárselos a la naturaleza. Pero también, lo que unos tenemos para nuestra alimentación y lo que les falta a tantos. Sabemos que tu generosidad para con nosotros es en orden a que seamos generosos con los demás. Por eso, hoy, con estos frutos, te ofrecemos nuestro compromiso de compartir, exigencia y síntoma que vivió tu primera Iglesia, la nacida de la Resurrección y el envío de tu Espíritu, a la cual nosotros nos queremos parecer.

PRESENTACIÓN DE UN VASO DE ACEITE

Yo te traigo, por mi parte, este vaso de aceite. Y va con él, no solo mi compromiso sino también el de todos y cada uno de los miembros de la comunidad, de que nuestro testimonio de la Resurrección de tu Hijo lo hemos de realizar a través de la palabra y también de nuestra solidaridad para con todos los hombres y, de forma especial, para con los más necesitados. Señor, queremos ser bálsamo que palie los dolores de los hombres y medicina que les cure de todos sus males.

PRESENTACIÓN DEL ÚLTIMO RECUPERADO DE UNA OPERACIÓN O UNA ENFERMEDAD

Aquí me tienes, Señor, porque Tú lo has querido así y has iluminado a un buen número de hombres y mujeres que me han atendido y curado. Te doy gracias por la salud recuperada, pero también quiero ofrecértela, y lo quiero hacer en nombre de todos cuantos formamos esta comunidad, comprometiéndonos a ser testigos de la vida que Tú nos regalas. Danos fuerzas para luchar siempre a favor de la vida y en contra de toda enfermedad, de todo mal, de toda injusticia y de toda expresión de muerte

Plegaria Eucarística

Te damos gracias, Señor,
porque has resucitado a tu Hijo
y nos enseñas el camino alegre
que todos unidos debemos recorrer.
Pero nosotros,
nos empeñamos en romper esta alegría,
y hacer dura y triste
la vida del mundo.
Tú eres el Dios de la alegría y de la libertad,
pero nosotros nos empeñamos en amargarnos la vida
y romper la felicidad de los demás.
Llenos de alegría por la Resurrección de Jesús,
nos unimos a los ángeles y santos
y a las personas de corazón sencillo y alegre,
para entonar un himno de alabanza,
diciendo:

Santo, Santo, Santo…

Padrenuestro:

Padre, queremos llenar la vida de Evangelio
y pasar por la historia haciendo el bien, como Jesús.
Acoge con amor nuestra oración:
Padre nuestro…

Nos damos la paz:

Jesús resucitado nos ha traído la paz y nosotros hemos de extenderla a todo el mundo, empezando por los que tenemos a nuestro lado.
Démonos fraternalmente la paz…

Comunión:

Este es Cristo Resucitado. Él es nuestro Camino, Verdad y Vida.
Dichosos los invitados a la Mesa del Señor…

Oración final

Te bendecimos, Padre,
porque el destino de los hombres es la Vida
y a esta esperanza nos lleva la fe en Jesús resucitado.
Te damos gracias porque tu Espíritu
nos da fuerza para la lucha por la verdad,
la justicia y el amor.
Concédenos que sepamos ver tu acción
en el mundo y en la historia de los hombres.
Ayúdanos a descubrirte en el trabajo,
en la cultura, en la ciencia, en la técnica.
Que sepamos colaborar en todo aquello
en que, tu Espíritu y los hombres,
van construyendo un cielo y una tierra nuevos.
Gracias, Señor, por la esperanza.
Por JNS…

Bendición:

– Que nos bendiga Dios todopoderoso
en este día solemne de Pascua. R/. Amén
– Que su misericordia nos guarde de todo pecado. R/. Amén.
– Y que, por la Resurrección de Jesucristo nos enriquezca con el premio de la vida eterna. R/. Amén.

Y que la Bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros. Amén.

Despedida:

La celebración de la Resurrección del Señor que ahora terminamos nos tiene que llenar de alegría y esperanza. Con Cristo resucitado tenemos abierto nuestro camino hacia Dios. Con su victoria hemos sido perdonados de nuestros pecados y liberados de nuestra esclavitud. Ahora, sin embargo, hermanos, es el tiempo de vivir incorporados a la Resurrección de Jesucristo. Así será para todos nosotros una ¡Feliz Pascua!.

V. Podemos ir en paz, aleluya, aleluya.
R/. Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.

Reparto del agua bendita:

Antes de separarnos, permitidme animaros a que os acerquéis a la fuente del agua viva, que bendijimos anoche, en la Vigilia pascual. Acercaros en familia, traed vuestros recipientes y llenadlos de ella, para lavar vuestras casas y bendecirlas con el agua de la Resurrección. Seguro que ella las llenará de su nueva vida y os hará recordar vuestro compromiso de vivir de forma distinta, con unas relaciones distintas, las del amor y la buena convivencia.

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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