Domingo segundo de Pascua

I. RITOS INICIALES

1. Monición

A) Para creer en la Resurrección no hay que esperar milagros espectaculares, sino valorar el milagro de la transformación de los creyentes.
Los primeros discípulos de Jesús estaban mortalmente heridos por la duda, el desencanto, el miedo y la tristeza.
Y aquellos hombres acobardados se llenan de valentía; aquellos hombres tristes se llenan de alegría; el desencanto se convierte en entusiasmo. Aquellos discípulos de Jesús estaban como muertos y resucitan.
¿De dónde les vino aquella energía, aquel entusiasmo y aquella valentía que cambió su vida?
De su fe en Jesús Resucitado.
Es la fe que nos reúne a nosotros aquí en torno a su altar.

B) Jesús ha Resucitado. Lo hemos celebrado el domingo pasado. Y este Jesús Resucitado es quien nos ha reunido aquí, como a sus apóstoles, para darnos sus mejores consejos.
Tomás, uno de los apóstoles no cree en la Resurrección hasta ver a Jesús. Jesús se aparece ante él, y le ofrece tocar sus heridas; así se convence de que ha Resucitado.
Nosotros en el Bautismo recibimos la fe, y entramos a formar parte del pueblo, de la familia de Jesús.
Ahora tenemos que hacer personal y propia esa fe, porque nadie puede creer en nuestro lugar. Y vamos a hacer que esa fe sea personal, y dentro de la Comunidad Cristiana en la que vivimos.
Vamos a decir “si” a Jesús Resucitado y Él nos dirá: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

(C)
A los ocho días de Pascua y el primer día de la semana, volvemos a encontrarnos para llenarnos de la alegría, de la paz y del perdón que Jesús nos da en la Eucaristía.
Posiblemente, como Tomás, necesitamos hoy más que nunca, experimentar por nosotros mismos, a ese Jesús resucitado y lleno de vida. Entonces sí podremos decir de corazón: “Señor mío y Dios mío”.

Saludo

Hermanos y hermanas, que la paz de Jesús resucitado esté con todos vosotros

Pedimos perdón

No sólo hemos de celebrar la Pascua, durante estos cincuenta días… Tenemos que ser mensajeros de Pascua, con nuestras vidas…
¿Que tu marido o tu mujer han fallado? Tú tienes la misión de recuperarlo con tu perdón, no castigándolo con tu silencio, sino haciéndole sentir que tu amor es más grande que su pecado. Yo entiendo que su pecado te duela y hasta te decepciones, pero si tú crees en la Pascua y te dejas renovar por el don del Espíritu sentirás que, en vez de la venganza, surgirá en ti el amor. Y habrás salvado a tu marido.
¿Que el hijo te ha fallado y no responde a tus esperanzas? Castigándolo lo único que haces es hundirlo y destruirlo más, pero con “la paz esté contigo”, con un “te perdono porque te amo”, estarás salvando a tu hijo.
¿Que alguien te ha hecho daño? Son lógicos tus sentimientos de malestar y hasta de sufrimiento, pero ¿logras con ello cambiar la realidad? “Es que no puedo perdonar…” Estás confesando que tu amor es más pequeño que la ofensa recibida. En cambio con el perdón, la comprensión y la misericordia sanas al que te ofendió y sanas tu propio corazón.
Resucitados con Jesús, estamos llamados como Él, a expresar la Resurrección con nuestro amor y nuestro perdón…
En un momento de silencio le pedimos a Dios que seamos mensajeros de su perdón y de su paz…

Aspersión del agua

Con profundo agradecimiento, comenzamos esta Eucaristía recordando el día de nuestro bautismo. Recibimos con fe el agua que nos renueva para vivir según el Espíritu de Dios. Pidámoslo con todo el corazón, confiados en Jesús resucitado.
Canto…
Que Dios, Padre de eterna misericordia, nos alegre con la participación en el banquete de su reino

Oración

Es maravilloso lo que has hecho, Señor Jesús.
Nuestra alma está entusiasmada con tu resurrección.
No cesamos de sonreír contigo
y de compartir las sonrisas de tus amigos.
¡Has ganado, Señor, sabemos que has ganado!
Has triunfado, Señor, sobre todo lo malo que hemos hecho.
Has aplastado el poder de las tinieblas y de la muerte.
Ven a nosotros, Señor de la Vida.
Envíanos a consolar a los que sufren junto a nosotros.
Ven, y envíanos a todos a este mundo cotidiano,
para que, llenos de esperanza,
luchemos por hacer realidad tu Reino.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

II. LITURGIA DE LA PALABRA

Monición a las lecturas

Una pintura encantadora de la comunidad cristiana. No es extraño que todo el mundo estuviera impresionado y que fueran bien vistos de todo el pueblo. Ni tampoco era extraño que día tras día creciera el grupo.
No era tanto los signos que hacían los apóstoles, sino por el gran signo de la común-unión: vida común, todos unidos y lo tenían todo en común, el pan partido y con alegría. En un mundo dividido, ¿cabe mejor testimonio?

Lectura de los Hechos de los Apóstoles

Salmo: 117
Este es el día en que actuó el Señor…

Monición al Evangelio

Jesús se manifiesta a sus discípulos el primer día de la semana. Sin Jesús los discípulos estaban miedosos, tristes y vacíos. Pero la experiencia de Jesús en medio de ellos los transforma, se llenaron de alegría al ver al Señor. Y se llenaron de paz, regalo de Jesús. Y se llenaron, sobre todo, del Espíritu Santo, aliento del mismo Jesús, y con el Espíritu la capacidad de amar y perdonar.
El caso de Tomás es distinto, se trata de un largo y difícil proceso de fe. Por fin creyó y fue dichoso. Sólo después de palpar las llagas creyó. Sólo después de penetrar en la hondura del dolor y del amor. Con Tomás tenemos que agradecer a Jesús no sólo la fe, sino la paciencia y misericordia que tiene con nosotros.


Lectura del santo Evangelio según san Juan.

Homilías

A) No seas incrédulo, sino creyente

El relato evangélico es breve y conciso. Jesús resucitado se dirige a Tomás con unas palabras que tienen mucho de invitación amorosa, pero también de llamada apremiante. «No seas incrédulo, sino creyente.» Tomás responde con la confesión de fe más solemne de todo el Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío.»
¿Qué recorrido interior ha hecho este hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Cómo se camina desde la resistencia y la duda hasta la confianza? La pregunta no es superflua, pues, más tarde o más temprano, de forma totalmente inesperada o como fruto de un proceso interior, todos podemos escuchar más o menos claramente la misma invitación:
«No seas incrédulo, sino creyente.»
Tal vez la primera condición para escucharla es percibirse amado por Dios, cualquiera que sea mi postura o trayectoria religiosa. «Soy amado», ésta es la verdad más profunda de mi existencia. Soy amado por Dios tal como soy, con mis deseos inconfesables, mi inseguridad y mis miedos. Soy aceptado por Dios con amor eterno. Dios me ama desde siempre y para siempre, por encima de lo que otros puedan ver en mí.
Se puede dar un paso más. «Soy bendecido por Dios.» Él no me maldice nunca, ni siquiera cuando yo mismo me condeno. Más de una vez escucharé en mi interior voces que me llaman perverso, mediocre, inútil o hipócrita. Para Dios soy algo valioso y muy querido. Puedo confiar en él a pesar de todo.
En Dios encuentro a alguien en el que mi ser puede sentirse a salvo en medio de tanta oscuridad, maledicencia y acusaciones. Puedo confiar en él sin miedo, con agradecimiento.
Por lo general, la gratitud hacia Dios se despierta al mismo tiempo que la fe. No se puede volver a Dios sino con un sentido hondo de gratitud.
Me he preguntado muchas veces por qué unos «deciden» ser agradecidos, generosos y confiados, y por qué otros se inclinan a ser amargados, egoístas y recelosos. No lo sé. En cualquier caso, estoy convencido de que nuestra vida no está predeterminada o totalmente marcada de antemano. Siempre hay rendijas por las que se nos cuela la invitación a creer y confiar.
Cada uno podemos hacernos las preguntas decisivas: ¿Por
qué no creo?, ¿por qué no confío?, ¿qué es lo que en el fondo
estoy rechazando? No se me debería pasar la vida sin enfrentarme con sinceridad a mí mismo: ¿Cuándo soy más humano y realista, cuando pretendo salvarme a mí mismo o cuando le invoco con fe: «Señor mío Y Dios mío»?

B) Se llenaron de alegría al ver al Señor

María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.
El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a cerrar bien todas las puertas. Sólo buscan seguridad.
Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.
No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Sólo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.
Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor».
Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.
A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces sólo escuchamos lo que dice el predicador.
En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.
Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos.

C) Durante cincuenta días seguiremos celebrando la Pascua de Jesucristo. Son siete semanas que quieren expresar plenitud, permanencia. La fuente de la vida se abrió en Jesús y no se va a agotar. La Pascua no tiene fecha de caducidad, tiene sello de eternidad.

Signos de resurrección

Los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Eran una prueba de la energía espiritual que les acompañaba. Ellos, pobres, qué iban a decir, qué iban a hacer. No tengo oro ni plata. Tampoco tenían influencias políticas ni oratoria brillante. Por sí mismos, nada. Pero tenían otra cosa. Tenían la fe en el Resucitado. Tenían la fuerza de su Espíritu. Tenían una buena noticia que dar. Por eso, dijo Pedro al paralítico: Te doy lo que tengo, te doy la salud, te doy la vida, te doy la experiencia de mi fe.
Muchos signos, pero el más importante era la experiencia de esa fe, la transformación que se había realizado en esos hombres, la nueva primavera que estaba brotando aquí y allá. Tres grandes manifestaciones de ese cambio eran la alegría, la libertad, la unión.

Alegría:
Se repite constantemente el “se llenaron de alegría, alabando a Dios con alegría, “hubo una gran alegría en aquella ciudad” “los discípulos se quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo”… “Contentos… por sufrir los ultrajes por el Nombre”…
Era una alegría que iba unida a la paz. No tenía explicación humana, brotaban de muy dentro, era un don de Dios. Se alegraban porque Cristo había resucitado, pero también porque ellos mismos se sentían resucitados y salvados. Se alegraban porque estaban llenos de Dios.

Libertad:
Eran interiormente libres. Ya no tienen miedo a nada ni a nadie. Es manifiesta la audacia, la valentía con que hablan ante el pueblo y las autoridades. No les importan las amenazas ni los castigos. Ni siquiera la muerte. Si están arropados por el amor de Dios, por el Espíritu de Dios, ¿a qué o a quién van a temer?
Es tan inmensa esta libertad interior que, a veces, se manifiesta exteriormente, curando enfermos, liberando paralíticos o abriendo las puertas de las cárceles, haciendo saltar los cepos y los cerrojos. La razón es que estaban llenos del Espíritu. Y dondequiera que se haga presente el Espíritu tiene que quedar alguna huella de libertad.

Unión:
Era el signo más importante, el signo por el que se tiene que reconocer a todo cristiano. Es claro que vivían unidos, que hablaban la misma lengua, que se extendían y compenetraban, que lo ponían todo en común,. que tenían un solo corazón y una sola alma.
Esta comunión cristiana era tanto más llamativa, cuanto que en el mundo no se estilaba –ni se estila-. Lo que dominaba era “la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin” (1 Tm 6,4-5). Dominaba y domina, la enfermedad de la envidia, de la rivalidad, de la codicia, de la ambición. Lo que divide a los hombres es el espíritu competitivo y posesivo. Por eso brillaba con fuerza la vida de los cristianos, basada en el compartir, en la solidaridad, en la comunión.

D) El evangelio que leemos este domingo parece que quiere decirnos que el día de la resurrección de Jesús, el primer día de la semana, al anochecer, se producía en la comunidad cristiana un cambio importante. Hasta entonces había sido Jesús el verdadero protagonista: Jesús curaba a los enfermos, atendía a los pobres, perdonaba a los pecadores, anunciaba a todos la buena noticia del amor de Dios. A partir de ese momento, Jesús está resucitado y transmite sus poderes y sus tareas a los cristianos. Les dice: “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros”. Ahora somos nosotros los que llevamos entre manos la hermosa tarea que tuvo Jesús; anunciar a todos el amor de Dios, cuidar de los pobres del mundo, devolver la dignidad a las personas destrozadas, buscar a los que se pierden, construir fraternidad entre todos los hombres e incluso hacer milagros, como Jesús.
Seguramente que todo esto nos puede parecer demasiado grande, como les parecía también a los primeros cristianos. Pensarían: nosotros, que hacemos tantas cosas mal, ¿cómo vamos a repetir la figura asombrosa de Jesús, que es irrepetible? Y pensarían que no estaban preparados para tomar en sus manos una tarea tan hermosa. Por eso, en aquella tarde de resurrección, cuenta el evangelio que Jesús “sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Este gesto es impresionante. Quiere decirnos el evangelio que Jesús nos transmitió su Espíritu y desde ese momento ya no vamos solos por la vida. Algo del Señor ha entrado en nosotros y en nuestras comunidades.
Con frecuencia pensamos que nuestras parroquias y comunidades son sólo la suma de unos pocos hombres y mujeres con todos sus defectos a cuestas. Pues no son sólo eso. En nuestras parroquias y comunidades, pequeñas o grandes, también anda el Espíritu de Jesús. Seguramente haremos muchas cosas mal, pero el Espíritu de Dios también está entre nosotros dando una eficacia asombrosa a nuestras chapuzas pastorales. Tenemos los poderes de Jesús. Hasta podemos perdonar pecados. Les decía Jesús a sus discípulos: “A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá”. Los creyentes en Jesús llevamos en nuestra vida unas posibilidades asombrosas, capaces de repetir en nuestro tiempo los milagros de Jesús. Todos sabemos que aún siguen ocurriendo en las comunidades cristianas cosas maravillosas, verdaderos milagros. No son habilidades nuestras. Es que Jesús, en aquella tarde de Resurrección, exhaló su aliento sobre nosotros para que recibiéramos su Espíritu.
Cuenta el evangelio que Tomás, uno de los doce, no estaba allí cuando ocurrieron estas cosas y no quería creerlo. Ninguno de nosotros estuvimos allí aquella tarde y también nos resulta demasiado hermoso para creerlo. ¿Cómo creer que hemos sido enviados a sacar adelante la misma tarea que tuvo Jesús? ¿Cómo creer que el Espíritu de Jesús anda en nuestras pobres comunidades cristianas? ¿Cómo creer que tenemos poderes tan maravillosos, si nos vemos tan pobres, tan inseguros y tan llenos de errores? Jesús decía a Tomás: “¿Crees porque has visto? Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no estuvimos allí. NO pudimos ver al Señor con los ojos de la cara, pero también creemos que Jesús está vivo y anda con nosotros en nuestras comunidades cristianas produciendo cosas asombrosas. El Señor resucitado vive entre nosotros.

E) Los apóstoles estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y estaban angustiados porque su gran amigo Jesús, por quien lo habían dejado todo, había terminado en total fracaso en el Calvario. Imaginaos, pues, la gran alegría que tendrían al presentárseles resucitado:
«Se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20), nos dice el Evangelio de hoy.
Las primeras palabras de Jesús fueron estas: «Paz a vosotros» (Jn 20,19). ¡Qué importante es la paz! Pero la paz de Cristo no es sólo la ausencia de guerra. Es también la paz de la conciencia tranquila, la paz de los que hacen la voluntad de Dios. Dicen que no hay mejor almohada para dormir es una buena conciencia.
Yo tenía un amigo que era teniente de la guardia civil y me contó que un día se había cometido un crimen. Se sospechaba de un individuo. De noche vigilaron su casa y vieron que a las cuatro de la mañana se levantaba y andaba, de una parte para otra, muy nervioso y fumando. Se le detuvo y reconoció su crimen. Al menos a este hombre le remordía la conciencia. No podía dormir. Pero muchas veces la conciencia, a fuerza de no hacerle caso, ya no remuerde. Y esto es muy grave. ¿Para qué va a funcionar la voz de alarma si nadie le hace caso? ¿Para qué va a funcionar la voz de la conciencia si no se la escucha?
También en el Evangelio de hoy Jesús nos dice: «Dichosos los que crean sin haberme visto» (Jn 20,29).
Hermanas y hermanos: esos dichosos somos nosotros si creemos en Jesús resucitado, porque nosotros no lo hemos visto. Pero para creer no se necesita ver; lo que se ve no se cree, se ve. Creer es fiarse de los testigos que merecen nuestra confianza. Si un niño está en una casa en llamas y si en un balcón, en medio del humo que no le deja ver, oye la voz de su padre que le dice: «¡Tírate por ahí, por donde estás!», el niño se lanza porque su padre es testigo de que por allí se puede lanzar. Y el niño confía en su padre.
Pues bien, los apóstoles son testigos de la resurrección de Jesús y merecen nuestra confianza. Es que los apóstoles no eran unos mequetrefes. Tampoco buscaban el poder o el dinero. Gracias a la resurrección de Jesús, los apóstoles se convirtieron en personas santas, que sufrieron persecuciones por predicar esta verdad, y estaban tan seguros de ella que, a pesar de ser tan cobardes en los momentos de dolor de Jesús, dieron su vida antes que callarse.
¡Jesús resucitó! Esta verdad, desde hace casi dos mil años, se nos viene transmitiendo de padres a hijos. Esta verdad, para los primeros cristianos, estaba muy fresca.
Por eso tenían tanto entusiasmo. Estaban muy unidos y se ayudaban para que nadie pasase necesidad. Los cristianos fueron aumentando en número y se extendieron por el mundo entero. Pero a medida que fueron pasando los años la fe en Jesús se fue debilitando, hasta tal punto que hoy muchos de los que nos llamamos cristianos prácticamente no nos distinguimos de los que no lo son.
Cuando hay verdadera fe, se reconoce en el prójimo necesitado al mismo Cristo necesitado y hacemos lo posible para ayudarle.
Andaba el padre Doyle, capellán militar en la I Guerra mundial, atendiendo a los heridos en el campo de batalla cuando escuchó a distancia a uno que le decía: -¡Ay, padre; yo no pertenezco a su religión!
-Bien -respondió el padre-. No perteneces a mi religión, pero sí que perteneces a mi Dios. Y naturalmente, le atendió como a los demás.
Vivamos la auténtica fe cristiana, que es la religión del amor, de la unión de la alegría y de la paz.

F) ¿CÓMO SABER SI HEMOS RESUCITADO?
Todos hablamos mucho de la Resurrección de Jesús como el gran acontecimiento pascual, pero hablamos muy poco de “nosotros resucitados”. ¿Será que seguimos todavía sin resucitar? ¿Cómo saber que también nosotros hemos resucitado con El?
Aquí te propongo algunos elementos para que cada uno se descubra a sí mismo:
Si cuando alguien te ofende, respondes con amor y no con venganza.
Si cuando alguien te hace daño, tú respondes al mal con el bien.
Si cuando alguien te ha fallado, tú le tiendes una mano para levantarlo.
Si cuando alguien es tu enemigo, tú tienes el valor de decirle: “La paz contigo.”
Si cuando alguien te hace la guerra, tú le regalas el don de la paz.
Si cuando alguien habla mal de ti, tú hablas bien de él.
Si cuando alguien piensa mal de ti, tú piensas bien de él.
Si cuando alguien te desprecia, tú reconoces los valores que tiene.
Si cuando ves a alguien, eres capaz de verlo como un hermano.
Si cuando alguien te cae mal, tú eres capaz de sonreírle.
Si cuando alguien no te saluda, tú le tiendes la mano y le das los buenos días.
Si cuando alguien te niega la palabra, tú le sonríes y le hablas.
Como ves, todo un mundo al revés.
Es que la Pascua es eso, poner al mundo al revés de lo que lo habíamos puesto nosotros.
Por eso los Evangelios no nos relatan el hecho de la Resurrección, sino que más bien nos habla de los efectos que la resurrección ha producido en nosotros. La Resurrección de Jesús es un hecho, pero sobre todo un acontecimiento en el corazón de la comunidad.
Conocemos que Jesús ha resucitado cuando sentimos que nuestro corazón ha cambiado, que nuestro corazón se ha renovado y llevamos un corazón nuevo. La Resurrección es todo un acontecimiento en el corazón de cada hombre y de cada mujer. Por eso la Resurrección comienza por recrear la comunidad de los que vivían desilusionados y pensando cada uno en tomar el camino de casa.

NOSOTROS AGENTES DE PASCUA

No sólo celebramos la Pascua y no sólo somos fruto de la Pascua, también somos sus agentes porque también nosotros tenemos la misión de renovar y recrear a los demás. Un oficio o ministerio del que frecuentemente nos olvidamos dejándonos llevar de nuestros sentimientos heridos.
¿Que el esposo te ha fallado? Tú tienes la misión de recuperarlo con tu perdón, no castigándolo con tu silencio, sino haciéndole sentir que tu amor es más grande que su pecado. Yo entiendo que su pecado te duela y hasta te decepciones, pero si tú crees en la Pascua y te dejas renovar por el don del Espíritu sentirás que, en vez de la venganza, surgirá en ti el amor creador y recreador. Habrás salvado a tu marido.
¿Que el hijo te ha fallado y no responde a tus esperanzas? Castigándolo lo único que haces es hundirlo y destruirlo más, pero con “la paz esté contigo”, con un “te perdono porque te amo”, estarás salvando a tu hijo.
¿Que alguien te ha hecho daño? Son lógicos tus sentimientos de malestar y hasta de sufrimiento, pero ¿logras con ello cambiar la realidad? “Es que no puedo perdonar…” Estás confesando que tu amor es más pequeño que la ofensa recibida. En cambio con el perdón, la comprensión y la misericordia sanas al que te ofendió y sanas tu propio corazón.
Resucitados con Jesús, estamos llamados como Él, a expresar la Resurrección, lo que sólo es posible con un corazón nuevo y un espíritu nuevo y convirtiéndonos también nosotros, de alguna manera, en ministros del perdón. No solo perdona el sacerdote. El sacerdote perdona ministerialmente. Todos estamos llamados a ejercer el ministerio de la reconciliación con nuestros hermanos, en el ejercicio de la comprensión, la misericordia, el amor.

Oración de los fieles

A) Unidos por la experiencia pascual de sentirnos resucitados con Jesús, elevemos nuestra oración respondiendo:

JESÚS RESUCITADO, DANOS TU PAZ.

1.- Por todos los creyentes; para que la paz que Jesús nos transmite, nos libere de los miedos que nos paralizan. Una paz que no la vamos a encontrar buscando poder y seguridad, sino acogiendo el Espíritu de Jesús. Oremos.
2.- Para que nunca perdamos la esperanza ante las dificultades de la vida, y seamos siempre conscientes de que el Amor de Dios es más fuerte que la muerte. Oremos.
3.- Por quienes participan en la vida social y política con el deseo de construir un mundo más libre, más justo y más humano para todos. Oremos.
4.- Por cuantos viven en la angustia y el dolor a causa de la enfermedad, de las depresiones, de la soledad, de las amenazas terroristas. Oremos.
5.- Pedimos al Señor que nos inspire palabras y gestos de paz; paz para toda la humanidad siempre amenazada por las guerras. Oremos.
Escucha, Señor, nuestra oración. Por JNS

B) Pedimos a Dios, Padre de misericordia, que quiere que sus hijos vivan:

– Por los pueblos que sufren miseria, guerra, opresión…
– Por las iglesias que no encuentran caminos de unidad…
– Por las familias divididas o sin amor…
– Por los que no creen en Jesucristo…
– Por los cristianos que no dan testimonio de la Pascua…
– Por los que tienen llagas abiertas en su cuerpo o en su alma…
– Por nosotros, que comulgamos a Cristo y recibimos su Espíritu…

Oremos: Concede, Padre, a todos tus hijos los frutos abundantes de la Pasión y Resurrección de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

C)

Damos gracias a Dios nuestro Padre, por su gran misericordia con nosotros, y le presentamos nuestras necesidades, diciéndole:

Escúchanos, Señor.

– Fortalece, Señor, la fe de los que creemos en Ti…
– Ayúdanos, Señor, a ser testigos de tu amor y de tu perdón…
– Haz, Señor, que sepamos reconocerte en el dolor de los que sufren…
– Ayúdanos, Señor, a ser testigos de tu Resurrección: compartiendo y viviendo unidos…

Te bendecimos, Señor, por la Resurrección de Jesucristo, que nos hace renacer a una vida nueva. Por JNS…

D)

A Dios Padre, que nos ha hecho renacer de nuevo a la esperanza, le presentamos nuestras necesidades.

Todos: Necesitamos renacer de nuevo a la esperanza

– Profundamente desanimados por la marcha de los acontecimientos públicos y las crisis políticas, tentados de abandonar nuestro compromiso en la transformación de la sociedad actual, necesitamos…
– Profundamente desengañados de la confianza depositada en familiares y amigos más cercanos, tentados de encerrarnos en nosotros mismos, dar la espalda y olvidarnos de todos, necesitamos…
– Profundamente desilusionados de la Iglesia oportunista, burócrata, clientelista y aburguesada, tentados de abandonar la nave varada en lugar de hacernos a la mar y remar, necesitamos…
– Profundamente decepcionados de nosotros mismos -¿qué ha sido de nuestros ideales más nobles?-, tentados de echar por la borda los buenos propósitos y dejar ahogarse nuestras mejores ilusiones, necesitamos…

Concédenos, Padre, esa esperanza que haga renacer en nosotros la semilla de la gracia y de la salvación. Por JNS…

E)

Con mucha frecuencia nos vemos rodeados de dificultades y dudas, pero nos consuela poder presentárselas al Señor con confianza. A cada petición oramos diciendo: Señor mío y Dios mío.

1. Para que vivamos todos los domingos la alegría de nuestro encuentro comunitario con Cristo resucitado. Oremos.
2.- Por todos los pueblos, por todas las naciones; para que la paz de Cristo, haga superar los odios, los recelos, la violencia, los atentados terroristas y entre todos establezcamos un modelo nuevo de convivencia. Oremos.
3.- Por quienes sufren enfermedad; por quienes se acercan a la experiencia de la muerte, para que la fe en Jesús llene sus corazones de esperanza. Oremos.
4.- Por los creyentes que pasamos por crisis de fe, que dudamos de lo que escuchamos en la Iglesia; para que, sin miedos y abriendo el corazón a Jesús, experimentemos cómo es Jesús y cómo actúa. Oremos.

Te lo pedimos por JNS.

Presentación de dones

Se presenta un Cristo crucificado…

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no creo”

El hombre de hoy necesita de los ojos de los creyentes:
Ojos capaces de ver lo que vemos todos, pero ver lo que hay detrás de lo que vemos.
Ojos capaces de ver en cada hombre a un hijo de Dios y a un hermano.
Ojos capaces de ver el dolor y el sufrimiento de los hombres.
Ojos capaces de ver en los acontecimientos de la vida las señales de Dios.

El hombre de hoy necesita de los dedos de los creyentes:
Dedos que tocan las llagas del corazón del hermano.
Dedos que tocan las llagas de la pobreza del hermano.
Dedos que tocan las llagas del sufrimiento humano.
Dedos que tocan las llagas del hermano abandonado.

El hombre de hoy necesita de las manos de los creyentes:
Manos que se tienden fraternalmente a todos los hombres.
Manos que se tienden para levantar al hermano caído.
Manos que se tienden para curar las heridas del hermano que sufre.
Manos que se tienden para compartir el mismo pan.
Manos que se tienden para reconciliarse con el hermano.
Manos que se tienden para acariciar al anciano abandonado.
Manos que se tienden para unirse a todas las manos para construir un mundo mejor.
Manos que se tienden para crear una comunidad de hermanos prescindiendo del color, de la raza y de las condiciones sociales.

Ya ves, Tomás, también nuestros ojos, dedos y manos pueden ser testigos del Resucitado.

Acción de gracias

Hoy elevamos nuestra acción de gracias
hacia Ti, Padre,
porque una vez más nos hemos reunido en tu nombre,
en comunidad, en torno a tu Hijo Jesús.
Te damos gracias por todas las fraternidades
que hoy se reunirán en tu nombre.
Sin que a veces lo sepamos,
Tú eres quien nos convoca,
Tú eres la llamada,
Tú nos invitas a la unidad.
Tú eres el amor que nos hermana,
el amor que nos invita a romper esclavitudes,
el amor que genera fraternidad.
Por eso, con la comunidad de los santos
y con todos los creyentes que hoy te alaban
desde tantos rincones de la tierra,
nosotros unimos nuestras voces
y queremos cantar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo…

IV. RITOS DE LA COMUNIÓN

Padrenuestro

En comunión con todos los que sienten la alegría de la Resurrección de tu Hijo, acoge, Padre, la oración que sella nuestra fe: Padre nuestro…

La paz

El gran don de Jesús Resucitado a sus discípulos atemorizados y acobardados es el don de la Paz. Es lo que deseamos hoy para nosotros y para todos los hombres y mujeres de la tierra.

Comunión

Si, bajo el signo de este pan, sabemos reconocer al Señor y decir: “Señor mío y Dios mío”, como Tomás, tendremos vida en su nombre. Dichosos los invitados…

Oración

Paz con vosotros

Estaban reunidos tus amigos, asustados y llenos de miedo,
hasta que sintieron tu presencia
y te oyeron decir: PAZ A VOSOTROS.
Inmediatamente recuperaron la calma.

Al momento recordaron que estaban reunidos en tu nombre.
Sintieron tu fuerza y tu apoyo y perdieron el miedo.
Se les habían escapado los sueños, habían olvidado tus signos.
Y, al reunirse en tu nombre, se revitalizaron,
como nos pasa a nosotros
siempre que vivimos la fe en comunidad.

Y así estamos hoy aquí, como aquellos discípulos tuyos,
con miedos a la vida, a los cambios, a tantas cosas…
pero en cuanto nos ponemos en tu presencia
te oímos decirnos: PAZ A VOSOTROS.

Te necesitamos, Señor,
porque Tú nos serenas por dentro,
nos llenas de tu espíritu,
nos envías a liberar a la gente de sus culpas,
a disfrutar de tu perdón misericordioso y a vivir libres.
Gracias, Jesús, una vez más vienes a traernos tu paz,
vienes a traernos tarea y a llenar nuestra vida de sentido.
Y quieres que llenemos el mundo de tu PAZ.
Tú que vives…

V. RITOS DE DESPEDIDA

Bendición

Hermanos, el Señor se ha hecho presente hoy en medio de nosotros. Como a los primeros seguidores suyos, nos ha concedido saborear el amor de la comunidad y nos ha dado su gracia y su paz. Salgamos ahora a nuestros ambientes y a nuestras tareas, llevando nuestra experiencia, para que los hombres puedan descubrir que Jesús ha resucitado y merece la pena confesarle como el único Señor. Para ello que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. R/. Amén.

Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.
Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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