Domingo Tercero

Monición de entrada

(A)

Saludos cordiales en este día del Señor. Jesús está en medio de la Comunidad que se reúne en su nombre.. Hoy vuelve a resonar su invitación a seguirle, a vivir unidos y a luchar por los valores del Reino de Dios. La gran pasión y preocupación de Jesús fue el Reino de Dios. A ello dedicó todos sus esfuerzos.

Ambientamos la celebración con la presentación de estos símbolos:
– Cirio Pascual (Se enciende…): El pueblo “vio una luz grande”. Para nosotros la gran luz de la historia es Jesús.
– Radiocasete con cascos: Jesús sigue invitando a trabajar por el Reino, pero el ruido de la vida y muchos intereses secundarios, impiden percibir su llamada.

(B)

Seguir a Jesús produce una alegría inmensa. Además es fuente y reposo para cuando nos sentimos cansados. Cuando la gente anda persiguiendo a una persona a quien ama, en el momento de encontrarla siente un gran gozo. Eso es lo que nos debiera de suceder a cada uno, cada vez que celebramos la Eucaristía.

(C)

Cuando, en vacaciones, vamos a ciudades que no conocemos, o cuando en el cole estudiamos la geografía del mundo, nos enseñan o estudiamos los monumentos, los palacios, las catedrales, los grandes jardines o paseos… Y siempre nos dicen que eso se hizo en tiempos del rey tal o cual, o cuando mandaba no sé quién en el Ayuntamiento, o…
Vamos a poner ejemplos de nuestra ciudad…
Pero no me digáis que ese señor o esa señora se pusieron un mono de trabajo y empezaron a tallar la piedra, a hacer el cemento, a pavimentar la calle…! ¿Quién hizo todo eso, en realidad? ¿Cómo se llamaban?
Para que los “grandes hombres y mujeres” hicieran las cosas hubo miles de personas desconocidas que, con su trabajo, hicieron realidad los sueños de esos “grandes señores”…
¿Quién os parece que ha hecho “la Iglesia”? No hablamos de la iglesia en la que estamos, ni en la del pueblo, sino de la “Iglesia universal”… ¿El Papa, el obispo…?

(D)

Desgraciadamente, los que decimos ser creyentes, no estamos todos unidos, no formamos una sola Iglesia, una sola comunidad.
Dentro de la semana de oración por la unión de los cristianos, pedimos especialmente para que se pueda llegar a hacer realidad el deseo de Jesús: “Padre, que todos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.
Que esta Eucaristía renueve y fortalezca nuestra esperanza

(E)

El Señor, Jesús, que ha nacido como Luz para orientar hacia Dios a los hombres, comienza la predicación del Reino; comienza la proclamación de su Evangelio, de la Buena Noticia.
Una de las características de la predicación del Reino es que pide la conversión a Dios.
Es necesario abrirse a Dios para que el Reino se instaure en nosotros y podamos ofrecerlo a los demás, en nuestro modo de hacer y decir.
Desde el principio de la celebración de la Eucaristía pedimos perdón de nuestros pecados aceptando la invitación del Señor a convertir nuestros corazones.

Pedimos perdón

(A)

– Hemos pecado. SEÑOR, TEN PIEDAD…
– Queremos convertirnos. CRISTO, TEN PIEDAD…
– Tú eres nuestra esperanza. SEÑOR, TEN PIEDAD…

(B)

– Porque muchas veces no somos educados y no saludamos a nadie sino que vamos a lo nuestro sin pensar en los demás. SEÑOR, TEN PIEDAD…
– Porque nos cuesta pedir perdón cuando nos hemos enfadado con alguien. CRISTO, TEN PIEDAD…
– Porque nos olvidamos de dar gracias a Dios por todo lo que nos regala. SEÑOR, TEN PIEDAD…

(C)

En un momento de silencio aceptamos la invitación del Señor a
convertir nuestros corazones y pedimos perdón porque no
siempre somos constructores de unidad y de paz.

 Tú, Jesús, que nos invitas a cambiar. Señor, ten piedad.
 Tú, Jesús, que eres vida y esperanza nuestra. Cristo, ten piedad.
 Tú, Jesús, Buena Noticia para la humanidad entera. Señor, ten piedad.

Dios, nuestro Padre, tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

Oración

(A)

Padre bondadoso, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

(B)

Dios y Padre nuestro, que nos das la vida y nos encomiendas la tarea de cuidarla; ayúdanos a cambiar nuestros corazones y que aprendamos a vivir de una manera más humana y más evangélica. Por NSJC…

Escuchamos la Palabra

Primera lectura.

La sensación de ser pocos y débiles les había llevado a pensar que no contaban para nadie y que no podrían realizar su sueño de libertad y justicia. Pero Dios actuó, la sorpresa se hizo presente y entendieron que en la historia contamos todos.

Lectura del libro de Isaías

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.
Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial
El Señor es mi luz y mi salvación.

Evangelio.
Siempre nos hemos encontrado con tareas históricas que realizar. Siempre la vida es un descubrimiento de esfuerzo y superación. Muchos se cansan, no ven luz ni futuro. ¿Quién les dará ánimo? ¿Quién les hablará de esperanza? Jesús nos invita a echarle una mano. Nos llama a participar en esa tarea tan bonita y humana de ayudar a seguir caminando

+ Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
-«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo:
-«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes, con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Palabra del Señor.


Homilías

El único fracaso es no intentarlo

“No hay fracaso, excepto el de dejar de intentarlo.
No hay derrota, excepto la que nos imponemos a nosotros mismos. No hay ninguna barrera insuperable, excepto nuestra inherente debilidad en cuanto al propósito”.
(Kin Hubbard)
Si fueses periodista y tuvieses dar la noticia en tu periódico de la llamada de los primeros discípulos, ¿qué título le pondrías? Yo le pondría varios: “Un desconocido que te invita a arriesgarte”. “Unos pobres hombres que tienen el coraje de intentarlo todo”.
Ni Simón ni Andrés, ni Santiago ni Juan, tenían idea de quién fuese aquel desconocido que pasaba por las orillas del Lago. Ellos estaban a lo suyo. Y un desconocido les invita a dejarlo todo y a seguirle. Así de simple. Y sin mayores explicaciones. ¿No sería una trampa? ¿No sería un engaño o una simple tomadura de pelo?

No es que tuviesen mucho que dejar, pero tenían para vivir. Una barca y unas redes. Suficiente para poder comer. Y un padre que sin ellos, tampoco podría hacer grandes cosas. Al fin y al cabo, ellos eran su apoyo y su futuro.
¿A caso estarían ya hartos de hacer siempre lo mismo y ahora tenían una oportunidad de cambiar? Pero ¿no era eso un riesgo? Seguir a un desconocido y no saber tampoco a dónde ¿no era una aventura demasiado riesgosa? Y sin embargo, “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. El único fracaso de triunfar en la vida suele ser de ordinario el no decidirse, el no intentarlo. Y ellos lo intentaron. Se lanzaron al vacío de algo que no conocían.

A un amigo mío le gustaba mucho ver las cosas al revés. Pues decía que, vistas al derecho, las cosas carecían de luminosidad. Así, por ejemplo decía:
No existe la oscuridad. Sencillamente falta la luz.
No existe la tristeza. Es que sencillamente no tenemos alegría.
No existe el no. Lo que sucede es que nos falta el “sí”.
No existe el mal. Sencilla y llanamente es ausencia del bien.

Es que en la vida, todo es cuestión de perspectiva. Para el borracho, cuando la botella está por la mitad, ya se siente preocupado, “porque ya queda poco”. En cambio, otros dicen, “tranquilo, viejo, que aún queda media botella, todavía hay para rato”.

¿Existe realmente el fracaso? Sí. El fracaso sólo existe para aquellos que, por miedo a fracasar, “nunca lo intentan”. Esos nunca fracasan. Ellos mismos son un fracaso. Porque el que lo intenta, ese no ha fracasado. A ese le queda siempre la satisfacción de que ha hecho un intento. Lo ha intentado. Y el esfuerzo de intentarlo ya es un triunfo sobre sus propios miedos.
¿Existe la derrota? Sí. La derrota existe para aquellos que nunca se deciden a pelear o luchar. Pero quien pelea, quien lucha, no es un derrotado. Es un luchador en la vida. Y lo que realmente vale en la vida, no son precisamente el triunfar siempre, sino el luchar siempre.
¿Hay algo insuperable para ti? Sí. Tú mismo que nunca te decides enfrentarte con tu verdad, con tu realidad.
El primer obstáculo con el que nos encontramos en la vida, no son las cosas, ni las dificultades, sino nosotros mismos. Nosotros somos el peor obstáculo y la peor dificultad. Cuando logramos vencer nuestras indecisiones dentro de nosotros mismos, el resto ya es camino fácil.

Hace unos días, en un programa televisivo ofrecían una experiencia de formación de líderes de lo más curioso. Como decía el comentarista, no eran fakires, eran gente normal como nosotros, la mayoría eran empresarios jóvenes. Como empresarios se les quería formar en una mentalidad de riesgo.
Hacerles sentir que valía la pena arriesgarse en los negocios, en la innovación de sus empresas.
¿Cómo lo hacían? Presentaron diversas técnicas de motivación. Pero la que más me llamó la atención, fue sin duda, el tener que atravesar un brasero encendido, descalzos. Encendieron unas brasas que, sólo verlas, ya uno se sentía cohibido. Luego las esparcieron por el suelo. Había que atravesar por encima de ellas descalzos. Cada uno tenía que poner al menos unas tres o cuatro veces los pies sobre ellas.
A mí se me estaba poniendo la carne de gallina. Cuando de repente, a un grito unánime, todos iban desfilando sobre aquellas brasas y terminaban todos tan felices, riéndose de ellos mismos, con la satisfacción de: “lo he hecho”, “he sido capaz”.

Necesitamos ser positivos. Necesitamos mentalizarnos. Necesitamos arriesgarnos. Necesitamos demostrarnos que sí es posible. Necesitamos convencernos de que sí podemos.
No dejemos que tantas posibilidades se apaguen y mueran dentro de nosotros y queden enterradas en la tumba de nuestros miedos. La esperanza es creer que yo sí puedo. La esperanza es creer que todo es posible para mí.
La esperanza es creer en mí. La esperanza es creer a las invitaciones de Dios en nuestras vidas. Cuando Dios nos llama no podemos pasarnos la vida razonando los pro y los contra. Puede que al principio no entendamos nada. Puede que al principio nos parezca todo un absurdo. Y hasta es posible que si consultamos a los demás, nos pidan prudencia. Que no hagamos locuras. Y menos fiarnos de alguien desconocido para nosotros. Y sin nada fijo por delante.
Todo es cuestión de creer en nosotros mismos y creer en la llamada de él en nosotros. Es posible que nosotros no veamos nada en el horizonte. Pero Dios mismo se hace horizonte en nuestras vidas. Por eso mismo, creer no es cambiar nuestras ideas, sino arriesgar nuestras vidas fiándonos de una palabra.

(B)

El ya fallecido y famoso doctor Vallejo Nájera hablaba un día por televisión del bien que le había hecho en su vida el testimonio de dos jesuitas que conoció en Filipinas. Estos jesuitas, después de varios años de trabajo, no habían conseguido ninguna conversión. El doctor les preguntó si, estando los dos solos, no se sentían fracasados. Uno de ellos le contestó: «No somos dos; somos tres, porque Jesucristo está entre nosotros».
A la verdad, ¿cómo podían sentirse fracasados si atendían a los enfermos, a los niños huérfanos y a los ancianos desamparados? Es que lo más importante no es convertir a alguien. Lo más importante es que nos convirtamos nosotros mismos.
La conversión es escuchar a Dios y volver a Él, que es el amor olvidado y traicionado. Dios nos habla por medio de nuestra conciencia, pero a fuerza de no escucharle, puede ser que la conciencia ya no nos diga nada, y esto es muy grave. Es muy grave que de alguien se pueda decir: es una persona sin conciencia.
Tenemos que escuchar a Dios y volver a Él. Eso es la conversión. La conversión es difícil y cuesta. Tal vez tengamos que renunciar a cosas, tal vez tengamos que renunciar a cierta persona o a ciertas personas. Y la renuncia es dolorosa; pero vale la pena; será más lo que ganamos que lo que perdemos.
Todos tenemos necesidad de conversión. Tal vez en mi
vida lo que está fallando es el amor a mi familia o la honradez en el desempeño de mi profesión. Mis fallos serán, pues, los puntos en que Dios espera mi conversión.
Jesús, después de vivir unos treinta y tantos años en Nazaret, se estableció en Cafamaún y participó en los trabajos y sufrimientos diarios de sus gentes, curando las enfermedades del alma y del cuerpo.
Caminando un día a orillas del mar vio a dos hermanos, Andrés y Simón, el que más tarde se llamaría Pedro, y les dice: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mt 4,19). Y lo mismo les dijo a otros dos hermanos, Juan -a quien se atribuye el cuarto Evangelio- y Santiago -que sería el patrón de España-. No eran sabios ni ricos, eran simples pescadores. Y tuvieron tanta fe en Jesús que dejaron la barca en la arena. Lo dejaron todo y le siguieron. La fe no es sólo creer verdades; la fe es, sobre todo, confiar en Jesús y seguirle, es decir, imitarlo.
El relato del Evangelio de hoy dio origen a esa canción hermosa que cantamos: «Tú has venido a la orilla». Esta canción nos dice que también hoy Jesús nos mira a los ojos, nos llama por nuestro nombre y nos pide que le sigamos. En ella, por nuestra parte, le decimos: «Tú necesitas mis manos, mi cansancio que a otros descanse, amor que quiera seguir amando».
Hermanas y hermanos: hoy Jesús, veinte siglos más tarde, nos sigue llamando e invitando para que nos convirtamos en pescadores de hombres con nuestra palabra y nuestra conducta. Si el cristianismo ha surgido es porque unos cuantos hombres dejaron un día su barca, sus redes, sus padres… y siguieron a aquel Jesús que les llamaba a la conversión y les daba la buena noticia de que Dios estaba entre ellos. Si el cristianismo ha llegado hasta nosotros es porque muchos hombres y mujeres, a lo largo de todos estos siglos, nos han transmitido la fe que ha pasado de unos a otros hasta hoy. Si el cristianismo va a seguir existiendo en el siglo XXI es porque hay hombres y mujeres que ponen sus manos, su cansancio y su amor al servicio de Dios, también en nuestros días.

(C)

No nos gusta hablar de conversión. Casi instintivamente, pensamos en algo triste, penoso, muy unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que no nos sentimos ya con humor ni con fuerzas.
Pero, si nos detenemos ante el mensaje de Jesús, escuchamos, antes que nada, una llamada alentadora para cambiar nuestro corazón y aprender a vivir de una manera más humana, porque Dios está cerca y quiere poner nueva vida en nuestra vida.
La conversión de la que habla Jesús no es algo forzado. Es un cambio que va creciendo en nosotros en la medida en que vamos cayendo en la cuenta de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.
Porque, convertirse no es, antes que nada, intentar hacer desde ahora todo «mejor», sino sabernos encontrar con ese Dios que nos quiere mejores y más humanos. No se trata sólo de «hacerse buena persona”, sino de volver a aquél que es bueno con nosotros.
Por eso, la conversión no es algo triste sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir sino sentirse más vivo que nunca. Descubrir hacia dónde debemos vivir. Comenzar a intuir todo lo que significa vivir.
Convertirse es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para las personas que nos necesitan.
Uno comienza a convertirse, cuando descubre que lo importante no es preguntarse: «¿cómo puedo ganar más dinero?», sino «¿cómo puedo ser más humano?». No «¿cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino «¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?».
Cuando uno se va convirtiendo a ese Dios del que nos habla Jesús, sabe que no ha de temerse a sí mismo ni tener miedo de sus zonas más oscuras. Hay un Dios a quien nos podemos acercar tal como somos.
Si, al pasar los años, no nos hemos encontrado nunca con este Dios, podremos llegar a ser algo importante, pero habremos equivocado el sentido de nuestra vida.
Cuando hoy escuchemos la llamada de Jesús: «Convertíos porque está cerca el Reino de Dios», pensemos que nunca es tarde para convertirse, porque nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

(D)

De ordinario, casi siempre que se habla de la vocación o de la llamada de Dios, se considera que es un asunto de jóvenes que todavía apenas han estrenado la vida.
Y, ciertamente, para un creyente es muy importante la escucha de Dios en esa decisión o dirección inicial que uno da a su existencia, al elegir un determinado proyecto de vida.
Pero Dios no se queda mudo al pasar los años, y su llamada,
discreta pero persistente, nos puede interpelar cuando hemos caminado ya un buen trecho de vida. Esta «segunda llamada” puede ser, en ocasiones, tan importante o más que la primera.
Es normal, en plena juventud, seguir la propia vocación con temor pero también con ilusión y generosidad. La pareja que se casa, el sacerdote que sube al altar, la religiosa que se compromete ante Dios, saben que inician “una aventura”, pero lo hacen con entusiasmo y fe.
Luego, los roces de la vida y nuestra propia mediocridad nos van
desgastando. Aquel ideal que veíamos con tanta claridad parece oscurecerse. Se puede apoderar de nosotros el cansancio y la insensibilidad.
Tal vez seguimos caminando, pero la vida se hace cada vez más dura y pesada. Ya sólo nos agarramos a nuestro pequeño bienestar. Seguimos “tirando”, pero, en el fondo, sabemos que algo ha muerto en nosotros. La vocación primera parece apagarse.
Es precisamente en ese momento cuando hemos de escuchar esa «segunda llamada” que puede devolver el sentido y el gozo a nuestra vida. Dios comienza siempre de nuevo. Es posible reaccionar.
La escucha de la «segunda llamada” es ahora más humilde y realista. Conocemos nuestras posibilidades y nuestras limitaciones. No nos podemos engañar. Tenemos que aceptarnos tal como somos.
Es una llamada que nos obliga a desasirnos de nosotros mismos para confiar más en Dios. Conocemos ya el desaliento, el miedo, la tentación de la huida. No podemos contar sólo con nuestras fuerzas. Puede ser el momento de iniciar una vida más enraizada en Dios.
Esta «segunda llamada” nos invita, por otra parte, a no echar a perder por más tiempo nuestra vida. Es el momento de acertar en lo esencial y responder a lo que pueda dar verdadero sentido a nuestro vivir diario.
La «segunda llamada” exige conversión y renovación. Dice L. Boros que «sólo el pecador es viejo, pues conoce el hastío de la vida, y el hastío es una señal de vejez”.
Dios sigue en silencio nuestro caminar, pero nos está llamando. Su voz la podemos escuchar en cualquier fase de nuestra vida, como aquellos discípulos de Galilea que, siendo ya adultos, siguieron la llamada de Jesús.

(E)

Probablemente habéis oído esta vieja historia. La recuerdo porque ilumina el evangelio de hoy: Un viajero se acerca a un grupo de canteros y pregunta al primero: “¿Qué estás haciendo?”. “Ya ves, sudando como un idiota para ganar un sueldo y aguardando a que pasen las ocho horas para largarme a casa”. Pregunta al segundo: “¿Qué haces tú?”. “Ganar el pan para mi hijos; y ¡suerte! que tengo trabajo… Si puedo hacer horas extraordinarias, mejor”. Pregunta a un tercero: ” ¿Y tú?”. “Yo aquí estoy, encantado de trabajar en la construcción de una catedral, en la que se van a reunir para celebrar la fiesta de la fe y de la salvación”. Este último era el único que sonreía y trabajaba feliz.
El cristiano, con frecuencia, está llamado a realizar las mismas tareas que los demás, pero con otro espíritu, con otra motivación, con otro sentido. Es lo que le sucedía a María: Realiza las mismas tareas familiares que sus vecinas Raquel, Rebeca o Ana, pero con otro espíritu.
Si preguntáramos a muchos cristianos qué entienden por tener fe, descubriríamos que para muchos se reduce a la pertenencia a la Iglesia, a aceptar los dogmas, a cumplir unas normas (los mandamientos), recibir unos ritos (los sacramentos) y hacer algunas prácticas religiosas. Los evangelios y las primeras comunidades cristianas responden de otra manera. Para ellas, ser cristiano, creer en Jesús, es seguirle. Es el término que emplean insistentemente. Lo resalta el pasaje evangélico: “Venid y seguidme”, invita Jesús. Y el evangelista anota: “Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. Se refiere, por supuesto, al seguimiento espiritual. Quizás, después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que el elemento esencial y primero de la fe cristiana consiste en seguir a Jesús.
Pero es preciso comprender correctamente en qué consiste el seguimiento. No consiste en una actitud infantil de imitación sin creatividad ni responsabilidad, como si debiéramos copiar literalmente y desde fuera los gestos de Jesús. M. Luther King lucha como Jesús por la igualdad de los hombres, pero lo hace con medios y modos modernos. Traduce a su situación la lucha de Jesús por el Reino, por la dignificación de sus hermanos, los negros marginados, como Jesús lo hizo por los samaritanos, los paganos, los leprosos, los pecadores. La madre Teresa de Calcuta se vuelca en los más postrados de la sociedad, pero lo hace acomodándose a las circunstancias de la sociedad en que vive, creando estructuras apropiadas. “Siguen” a Jesús, no le “imitan” plagísticamente. El cristiano, más que hacer servilmente lo que hizo Jesús, tiene que preguntarse: ¿Qué haría él si estuviera en mi lugar, en mis circunstancias?

TENER EL MISMO ESPÍRITU DE JESÚS

Estamos ante un tema verdaderamente trascendental, del que depende ser o no cristiano. En una ocasión me llamaron los propietarios de varias empresas porque estaban preocupados. Creían que algunos de sus hijos habían sido captados por una secta. Me decían asustados: “A partir de su asistencia a las reuniones de un grupo religioso, han cambiado una barbaridad; no se les conoce. Dicen que les da lo mismo tener un Mercedes Benz que un humilde Ford Fiesta viejo. Nos da la impresión de que han perdido interés por la empresa”. Ellos, en cambio, se defendían ante sus padres: “No es sólo cuestión de producir y ganar, hay que leer, formarse…”. Habían cambiado los pseudovalores mundanos por los valores evangélicos. El fundador y animador de la comunidad cristiana en la que se habían integrado les había cambiado el corazón y les había comunicado su espíritu, que es el de Cristo.
Jesús resume y concentra su predicación en una sola palabra: “Convertíos”. Convertirse es dar un vuelco al estilo de vida que se lleva, cambiar el corazón cansado y egoísta por un corazón renovado, entusiasmado, semejante al de Jesús. L. Tolstoi confesaba: “¡Cómo ha cambiado mi visión de las cosas después de mi conversión! Todo lo veo de distinta manera. Lo que antes me parecía irrelevante y sin importancia ahora me apasiona; y lo que antes me apasionaba fuertemente ahora me deja indiferente”. Esto es lo que pide Jesús cuando reclama: “Convertíos”.
Ser cristiano es, pues, constituirse en discípulo de Jesús, hacer propio su estilo de vida, tener su aire… Pablo llegó a decir: “Vivo yo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí” (Gá 2,20). En definitiva viene a decir: “Es Cristo el que me vive; es su Espíritu el que me impulsa”.
Ser cristiano es cristificarse. Pablo lo expresa diciendo: “Tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5). Ser cristiano es tener la misma visión, los mismos ojos de Jesús a la hora de contemplar y valorar las realidades de este mundo y del otro; es tener su misma jerarquía de valores: Dios, la persona, el amor; todo lo demás ha de estar subordinado.
Ser cristiano, seguir a Jesús, es inspirarse en él, asumir las actitudes que dieron sentido a su vida y vivirlas en nuestro contexto histórico de manera creativa. Se trata de creer lo que él creyó, interesarse por lo que él se interesó, defender lo que él defendió, amar a las gentes como él las amó, confiar en el Padre como él confió, enfrentarse a la vida con la esperanza con que él se enfrentó.
En cierta medida, convertirse es cambiar de alma, dejar que el Señor “infunda en nosotros un espíritu nuevo”. Pablo lo expresa invitándonos a “despojarnos del hombre viejo para ser hombres nuevos” (Ef 4,22-24; Col 3,10). Los convertidos lo expresan muy gráficamente: “Ahora soy otro”.

PROCESO DE IDENTIFICACIÓN

Buscar la identificación con Cristo es tarea de toda la vida, un proceso interminable de purificación, por una parte, y de asimilación de actitudes y sentimientos, por otra.
Algunas indicaciones al respecto:
– Esforzarse en conocerle por dentro. No sólo sus datos biográficos, sus milagros, sus parábolas, sus dichos, sino conocer su espíritu, su sensibilidad, sus actitudes, su grandeza interior. La interioridad de Jesús es poco conocida.
– Acercarse al Nuevo Testamento, meditarlo, asimilar su Palabra; es lo que transforma nuestro espíritu a imagen y semejanza de él; nos hace “sus hermanos” de alma (Lc 8,21).
– Actuar en comunión con él, interpretando cómo procedería él si estuviera en nuestro lugar; empeñarse en servir, más que en ser servidos, sobre todo a los pobres, necesitados, enfermos (Mt 20,28). Un acto de servicio nacido del amor hace crecer a Cristo en nosotros.
– Orar, y en la oración pedir ardorosamente su Espíritu.
J. B. Metz habla con insistencia del gran desafío que tenemos los “cristianos” europeos: decidirnos entre “una religión burguesa” y un “cristianismo de seguimiento”. Lo verdaderamente sublime del seguimiento cristiano es la adhesión a Jesucristo y la comunión con él. Dios Padre “nos eligió para que reprodujéramos los rasgos de su Hijo, de modo que éste fuera el mayor de una multitud de hermanos” (Rm 8,29-30).
La Palabra de Dios nos invita a seguir en este proceso de identificación con Jesús de modo que las personas de nuestro entorno puedan decir: “Tu bondad me recuerda a Jesús de Nazaret”.

Cuento

Hay una historia que nos puede ayudar a pensar quiénes fueron y quiénes son realmente importantes para Jesús:

“En una puesta de sol, un amigo nuestro iba caminando por una desierta playa mexicana. Mientras andaba empezó a ver que, en la distancia, otro hombre se acercaba. A medida que avanzaba, advirtió que era un nativo y que iba inclinándose para recoger algo que luego arrojaba al agua. Una y otra vez arrojaba con fuerza esas cosas al océano.
Al aproximarse más, nuestro amigo observó que el hombre estaba recogiendo estrellas de mar que la marea había dejado en la playa y que, una por una, volvía a arrojar al agua.
Intrigado, el paseante se aproximó al hombre para saludarlo:
-Buenas tardes, amigo. Venía preguntándome qué es lo que hace.
-Estoy devolviendo estrellas de mar al océano. Ahora la marea está baja y ha dejado sobre la playa todas estas estrellas de mar. Si yo no las devuelvo al mar, se morirán por falta de oxígeno.
-Ya entiendo -replicó mi amigo-, pero sobre esta playa debe de haber miles de estrellas de mar. Son demasiadas, simplemente. Y lo más probable es que esto esté sucediendo en centenares de playas a lo largo de esta costa. ¿No se da cuenta de que es imposible que lo que usted puede hacer sea de verdad importante?
El nativo sonrió, se inclinó a recoger otra estrella de mar y, mientras volvía a arrojarla al mar, contestó:
-¡Para ésta sí que es importante!

Comentario:
* ¿Se parece Jesús a este hombre que recogía estrellas de mar? ¿En qué?
* Según eso, ¿cómo se comporta Jesús con nosotros? ¿Quiénes son importantes para Él?
* ¿Le mereces tú la pena?

Oración de los fieles

(A)

Unidos en la fe y en la esperanza, le pedimos a Dios Padre que mire nuestra vida y atienda nuestras necesidades, y le decimos: ¡Ayúdanos a vivir unidos!

Para que la Iglesia sea la familia donde las divisiones y los grupos cerrados se superen porque todos seguimos sólo a Jesús. Oremos.
Para que en todos los países en conflicto y en guerra crezca el deseo de reconciliación y de entendimiento, que haga que las personas vivan en paz. Oremos.
– Para que los cristianos nos sintamos siempre seguidores de Jesús, enviados a llevar su Buena Noticia, su esperanza y su luz. Oremos.
Para que nuestra comunidad parroquial viva la Eucaristía como una verdadera fiesta, un encuentro entre hermanos, y no un rito sin calor humano ni compromiso. Oremos.

Padre de bondad, acoge ésta nuestra oración, que te presentamos con confianza. Por Jesucristo.

(B)

El Señor ha llamado a la fe; en sus manos y en la fuerza y luz de su Espíritu ponemos nuestra respuesta.

– Por todos los pueblos , para que no haya divisiones insolidarias. ROGUEMOS AL SEÑOR…
– Por la Iglesia , para que anuncie con fidelidad el Evangelio que le ha sido confiado. ROGUEMOS AL SEÑOR…
– Por el Papa y los obispos, sucesores de aquellos pescadores de Galilea, para que no olviden nunca aquel humilde comienzo lleno de ilusión. ROGUEMOS AL SEÑOR…
– Para que todos los cristianos trabajemos por el Reino de Dios sin fanatismos. ROGUEMOS AL SEÑOR…
– Por nuestra Comunidad________, para que resalte por el seguimiento de Jesús y por ser signo de unión y de fraternidad. ROGUEMOS AL SEÑOR…

(C)

Todos: Escucha, Señor, nuestra oración

– Que la Iglesia no se a piedra de escándalo y división sino servidora de la unidad y llegue a ser una, católica y universal. OREMOS…
– Que los gobernantes elaboren y pongan en práctica sus políticas no desde intereses de grupos y partidos sino desde los más necesitados de protección y ayuda. OREMOS…
– Que se reconviertan las industrias de guerra y de muerte en armas para la paz y el desarrollo. OREMOS…
– Que nuestra comunidad sea luz que destaque por su tolerancia, fidelidad y apertura de corazón. OREMOS…

Ayúdanos, Señor, a superar las divisiones, disipar recelos, apreciar a los diferentes y experimentar la necesidad de convertirnos cada día. Por JCNS…

(D)

En esta semana de oración por la unidad de las Iglesias, nos unimos con los cristianos de todo el mundo, presentándole a Dios nuestras necesidades.

1.- Por cuantos creemos en el mismo Jesús y sin embargo vivimos separados: católicos, protestantes, ortodoxos; para que nos demos cuenta de que es más lo que nos une que lo que nos separa, y pronto podamos formar la única Iglesia de Jesús. Roguemos al Señor.
2.- Por los que participan en las reuniones ecuménicas y en las actividades a favor de la unidad de los cristianos; para que el Espíritu del Señor les ayude en sus decisiones. Roguemos al Señor.
3.- Si miramos a nuestro alrededor nos damos cuenta que también dentro de nuestras comunidades parroquiales, de nuestras diócesis, de nuestras familias, falta la verdadera unidad; para que compartamos una misma fe. Roguemos al Señor.
4.- Para que todos los pueblos de la tierra superemos los conflictos que nos enfrentan y encontremos la armonía y la paz. Roguemos al Señor.
5.- Para que las divisiones que tanto nos enfrentan, en nuestra sociedad, no sean obstáculo para mantenernos unidos en la fe y en la esperanza. Roguemos al Señor.

(E)

Como comunidad reunida, expresemos nuestras necesidades a Dios nuestro Padre.

1.- Por la Iglesia de Dios para que ofrezca al mundo, con claridad y paciencia, el mensaje evangélico de perdón, de conversión y de paz. Roguemos al Señor.
2.- Por los que viven sin encontrar sentido a sus vidas; por los que se sienten agobiados por el peso del mal; por los bautizados que no creen en Jesús. Para que puedan experimentar la alegría de volver a encontrarse con Jesús. Roguemos al Señor.
3.- Por los pueblos y las naciones que se encuentran en guerra, para que crezca entre ellos el diálogo, el perdón y la búsqueda de un desarrollo justo y solidario. Roguemos al Señor.
4.- Por todos los cristianos, para que sintamos la necesidad de convertirnos a Dios de todo corazón, y proclamemos la cercanía del Reino de Dios, comprometiéndonos con la verdad, el amor, la justicia y la libertad para todos. Roguemos al Señor.

Te lo pedimos por JNS.

Presentación de ofrendas

Presentación de una soga

Señor, yo te traigo esta cuerda como símbolo de nuestra dependencia del consumismo y de los valores fáciles que nos quiere imponer nuestra sociedad.
Te la ofrezco y la corto en tu presencia, aceptando el compromiso de liberarnos de tantas ataduras que nos impiden seguirte en libertad.

Presentación de una lamparilla

Porque hemos aceptado el compromiso de vivir en libertad, te presentamos esta lamparilla, que encendemos en tu presencia, como signo de nuestro nuevo compromiso: ser luz para todos cuantos vivan con nosotros…

Presentación de un botiquín de urgencia

Sólo seremos luz, si nuestras palabras van acompañadas por gestos de servicio y de atención a los necesitados.

Plegaria Eucarística

La vida, Señor, está llena de signos de tu amor.
Necesitamos limpiar nuestra mirada para descubrirlos,
para ver cómo en este mundo que hiciste para nosotros,
no nos has dejado solos,
sino que sigues acompañándonos
repitiendo la invitación que
has dirigido a tantas personas en la historia.
Unos te han respondido afirmativamente
y han llenado el mundo de sonrisas y gratitud,
han hecho posible que la vida fuera un poco mejor
y el corazón humano más sensible y solidario.
Necesitamos darte gracias porque la vida contigo
es mucho más llevadera. Es incluso apasionante y bella.
Sentimos que estás a nuestro lado
dirigiéndonos palabras de ánimo,
de perdón, de esperanza y llamándonos a trabajar contigo.
Gracias, pues, Dios grande y bueno
porque Jesús nos convoca cada domingo
a sentir tu bondad, a experimentar tu amor y tu perdón
y a formar una comunidad unida que,
con sencillez, quiere servir al mundo.
Por eso agradecidos, con los ángeles y los santos
decimos sin cesar:

Santo, Santo, Santo…

Padre nuestro

Sintiéndonos unidos a todos los que seguimos a Cristo, decimos juntos: Padre nuestro…

(B)

Sintiéndonos unidos a los cristianos de las diversas confesiones, dirijamos al Dios del cielo con la oración que Jesús nos enseñó y que nos vincula a todos como hermanos. Digamos, pues, con confianza:

Comunión

Jesús es luz y camino para todos los que vienen a este mundo. Que la comunión con Él refuerce la vocación de seguirlo. Dichosos…

Oración

Padre, a veces nos entretienen cosas sin importancia. En ocasiones estas cosas se convierten en pequeños ídolos que nos influyen más que Tú. Acoge nuestra conversión que se renueva con tus continuas llamadas. Y te damos gracias porque nunca dejas de pensar en nosotros. Por NSJ…

(B)

Al darte gracias, Señor, por esta Eucaristía y por todos los bienes que de ti recibimos; te pedimos nos ayudes a vivir con ánimo, con valentía y con esperanza, ya que hacia ti queremos caminar. Por JNS.

(C)

Padre nuestro del cielo, hoy nuestra plegaria se centra en el deseo de Cristo al pedirte ardientemente la unidad total de cuantos por el ancho mundo creemos en ti.
Solamente tú puedes lograr lo que parece imposible: que los hermanos separados nos unamos en una sola Iglesia, formando un solo rebaño bajo la guía de un solo pastor.
Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo, el cuerpo eclesial de Cristo.
Ayúdanos a mantener la unidad de la fe con el vínculo de la paz, porque una sola es la meta de la esperanza de la vocación a la que tú nos llamas en Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Bendición

Seguir a Jesús y hacer Reino de Dios se corresponden. El Reino de Dios es hacer fraternidad. Y esto es una tarea de todos los días. Que a lo largo de esta semana meditemos y vivamos este mensaje. Que la vida nos sea grata y el Señor nos acompañe. Para ello que la bendición…

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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