El Adviento que Dios quiere

Adviento 2 Un Adviento “en espíritu y en verdad” (Jn 4,24). Que sepamos vivir la liturgia: oraciones, lecturas, símbolos, cantos, sacramentos. No importa tanto la forma, sino el mensaje. Que vaya calando en nuestra vida.

Un Adviento sencillo. Cuando Jesús entró en el mundo se envolvió en pañales de sencillez. Fue el demonio el que tentó al Señor para que se presentara al pueblo de manera apoteósica. Sencillos fueron sus padres, su cuna, su pueblo, su trabajo.
Sea así nuestro Adviento. Empecemos por gustar y vivir la sencillez, por preferir a los sencillos, por valorar las cosas pequeñas. Puede que el Señor te visite y se haga presente cuando haces una oración breve, cuando saboreas una lectura, cuando compartes la liturgia con los hermanos, cuando comulgas con fe renovada, o en la celebración penitencial de la parroquia, cuando pides o prestas un pequeño servicio.

Un Adviento vivo. Que el espíritu del Adviento impregne tu vida y puedas contagiarlo. Llevar esperanza donde hay desencanto, poner alegría donde hay tristeza, poner esfuerzo y energía donde hay cansancio. Vale aquí también lo sencillo, una palabra, un gesto. Si eres capaz de animar a alguien, de arrancar una sonrisa, enjugar una lágrima, iluminar una situación oscura o colaborar en un trance difícil.

Un Adviento solidario. Siempre la preferencia de los pequeños y los pobres. ¿Cómo puedes llenar a los pobres de alegría y esperanza? ¿Podrías tú vivir la ilusión del Adviento mientras ellos están desesperados? Tu Adviento ha de ser compasivo y cercano a los que sufren. ¿No te preparas para recibir a Jesucristo? Pues ellos son también Cristo.

Un Adviento cristiano. Siempre es a Cristo a quien esperamos. Nuestra salvación está en Cristo. “Y no hay otro Nombre que pueda salvar a los hombres”. Si queremos cambiar, es mirando a Jesucristo. Si vamos a los demás, es desde el Espíritu de Cristo. Si acogemos a los pobres, es porque en ellos nos visita Cristo. Nada podríamos hacer y nada podríamos esperar si nos falta Cristo.

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