El Dios de la puertas abiertas

Muchas veces me he puesto a pensar por qué decimos “Portal de Belén”. Como si el establo, que no era sino un cobertizo, tuviese puertas o portones. Total no servía más que para guardar a las ovejas y protegerlas de la lluvia. Por eso carecía de puertas. Dios nació en una casa sin puertas.
Por eso cuando llegaron los Magos no necesitaron tocar el timbre ni el picaporte y esperar a que alguien por la mirilla preguntase ¿quiénes son? ¿de dónde vienen? ¿qué buscan? Sencillamente llegaron y entraron porque todo estaba abierto.
Es impresionante la descripción que hace Edith Stein cuando un día, aún antes de convertirse, entró en la catedral de Francfort.
“Entramos unos minutos a la catedral y, mientras permanecíamos dentro en un silencio respetuoso, entró una mujer con la canasta de la compra. Se arrodilló en uno de los bancos. Permaneció en esa postura el tiempo suficiente, para rezar una breve plegaria. Aquello era algo completamente nuevo para mí. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que yo había visitado se entra sólo para los actos litúrgicos de la comunidad. Pero aquí alguien puede entrar en una Iglesia vacía, durante las horas laborables de un día cualquiera de la semana para mantener una conversación familiar. Jamás he podido olvidar esto”.
La presencia de los Magos en Belén fue un poco la visita de Ediht Stein a la Catedral Francfort. Es que lo más maravilloso de Dios es que le repugnan las puertas. Las quiere siempre abiertas para que todo el que quiera verlo y hablarle y adorarle no necesite ni llamar, ni tocar el timbre, ni pedir visita previa con hora fija.
Dios está abierto siempre y a todos. No hace distinciones. El Niño no se fijó si el uno era negro y el otro blanco y el otro amarillo. Ni se asustó viendo lo grandes que era los camellos. Sencillamente les recibió con una sonrisa. Por algo le llamamos la fiesta de la Epifanía, de la manifestación, de la revelación de Dios al mundo gentil y pagano. Se reveló como el Dios de todos y para todos.
La mujercita que entró a la Catedral de Francfort, de seguro que venía o iba a la compra, porque entró con su cesta. No la dejó por respeto en la puerta.
También con la cesta se puede entrar a hablar con Dios.
No sabemos de qué hablaron ella y Dios.
Posiblemente de lo caras que estaban las cosas y que de seguro no le iba llegar el dinero para llenar su cesta. Y Dios se sintió complacido de aquella visita.
Posiblemente los dos se cruzaron una sonrisa sin decirse nada.
Los otros habían entrado de simple curiosidad turística. Y aún ellos salieron distintos. Porque Edith salió impresionada y tocada en su alma de esta disponibilidad de Dios.
El Dios de la Epifanía no es el Dios de las puertas cerradas.
Tampoco el Dios a quien hay que pedir visita previamente.
Es el Dios de las puertas abiertas a todos.
Es el Dios que siempre está disponible a recibirnos.
Es el Dios que nunca está ocupado para atendernos.
Es el Dios siempre disponible para todos nosotros, llevemos oro, incienso y mirra, o simplemente llevemos la cesta de la compra.
¿Por qué nosotros nos empeñaremos tanto en encerrar a Dios?
Solemos decir: “Que todo el año debiera ser Navidad”. Y estoy de acuerdo. Pero yo añadiría: “Todos los días debiera ser Epifanía”, Dios con las puertas abiertas dispuesto a recibirnos a todos y a aceptarnos y charlar con todos. Dios que cada día nos dice: “Pasad, la puerta está siempre abierta”.

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