El enemigo está dentro de ti

MonjeHabía una vez un monje que en todo buscaba la perfección. No soportaba el menor desafino en los cánticos religiosos, una arruga en la ropa, un plato mal lavado, una palabra mal dicha, un error o equivocación por insignificante que fuera. Le resultaba intolerable si algún compañero bostezaba en los oficios religiosos o si veía una mota de polvo en los bancos de la iglesia. 
Sufría mucho con sus compañeros en el monasterio y convencido de que allí no le iba a ser posible encontrar la perfección, pidió permiso al abad para irse a vivir completamente solo. Se llevó lo imprescindible: algunas ropas, sus libros de rezos y un cántaro para agarrar agua del río.
Eligió para su morada un lugar muy bello, pasó la noche en oración, y cuando irradió el amanecer; se despertaron los pájaros y flores, pensó agradecido que allí sí, por fin, encontraría la perfección.
A media mañana tuvo sed, fue al río a buscar agua, y al cargar el cántaro se le derramó un poco. No aceptó esa mínima imperfección, arrojó el agua con despecho y se le mojaron y embarraron los pies con el polvo del camino. Volvió a agarrar agua de nuevo y otra vez se le volvió a derramar: Repitió la operación inquieto y, a la tercera vez, lleno de cólera, quebró el cántaro.
«La causa de mi cólera no está en los demás -se dijo cuando comenzó a calmarse-. El enemigo está aquí adentro.
Regresó al monasterio, pidió perdón y desde aquel día empezó a ver con ojos nuevos y cariñosos a sus compañeros.

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Nadie resulta más intolerable que el que se cree perfecto. La conciencia de nuestras limitaciones nos vuelve comprensivos con los demás. Son los santos los que reconocen con mayor naturalidad sus muchos pecados y limitaciones. No culpes a los demás de tus errores, ni te quejes de las consecuencias de tus acciones. Si te empeñas en recorrer caminos escabrosos, no te lamentes cuando te duelan las espinas.
Hay personas que se la pasan culpando a los demás de lo que les pasa, sin querer aceptar que uno es el resultado de sí mismo. No olvides nunca que el mejor tesoro es la paz del corazón. Aprende a reírte de tus propios fallos y no te tomes nunca demasiado en serio.
Sólo quien reconoce sus limitaciones, sus propias contradicciones, sus carencias, y las acepta como propuesta de superación, de crecimiento, es decir, de formación, será capaz de recibir amor y por ello podrá darlo. Será capaz de aprender y por ello de enseñar.
El que cree que lo sabe todo, el que se coloca con autosuficiencia frente a los demás, el que piensa que no necesita de nadie, será incapaz de establecer una verdadera relación, será incapaz de entender la necesidad de su propia educación, será por ello, incapaz de educar.
Uno explica lo que sabe o cree saber, pero uno enseña lo que es. Si eres humilde, estás promoviendo y enseñando la humildad. Si eres superficial y vano, comunicas trivialidad. Si vives amargado y te la pasas quejándote, enseñas desconfianza, amargura, pesimismo. Si eres sencillo, cercano, transmites cercanía, confianza.

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