El lado soleado de la vida

Get sky
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Nuestra vida, al igual que las calles de una ciudad tiene una cara soleada y otra de sombra. Y las personas, sin necesidad de que nos empujen a ello, elegimos sin vacilar la soleada en los meses de invierno y la sombra en los de verano. ¿Quién es el masoquista que en plena canícula elige esa acera sobre la que el sol cae como fuego?

En cambio hay un enorme número de personas que parece que en su vida eligieron siempre las aceras en sombra en pleno invierno. Se pasan las horas remasticando sus dolores o sus fracasos, en lugar de paladear sus alegrías o alimentarse de, sus esperanzas; dedican más tiempo a quejarse y lamentarse que a proclamar el gozo de vivir.
Yo ya sé que hay circunstancias en que se nos obliga a caminar por la sombra: cuando llegan esos dolores que son inesquivables. Pero, aun en estos casos, un hombre debería recordar que lo mismo que en las aceras en sombra de vez en cuando el sol mete su cuchillo luminoso entre casa y casa, también en todo dolor hay misteriosas ráfagas de alegría o, cuando menos, de consuelo.
Si, por ejemplo, caigo enfermo, es evidente que sufro y que difícilmente puedo escaparme del dolor. Pero el dolor no debe hacerme olvidar que, por ejemplo, en ese momento tengo siempre alguna o muchas personas que me quieren y que, seguramente, en el dolor me quieren más, precisamente porque estoy enfermo. Entonces yo puedo, ante esa enfermedad, asumir dos posturas: una, entregarme a mi sufrimiento, con lo cual consigo doblarlo; otra, pensar en el cariño con que me acompañan mis amigos, con lo que estoy reduciendo mi dolor a la mitad.
¿Cuándo aprenderemos que, incluso en los momentos más amargos de nuestra vida, tenemos en nuestro coraje la posibilidad de disminuirlo?
Leyendo un libro de Catalina de Hueck me encontré con un párrafo que decía:

«Una vez, durante la oración, estaba tan fatigada que me caía dormida. Ni siquiera era capaz de leer la Biblia. Entonces le dije al Señor: Ya que me has dado el don del sueño, dame también el de tenerlos bonitos. Y tuve un sueño relajador, admirable, y al día siguiente pude orar, pues estaba tranquila y podía concentrarme»
Me pareció un párrafo magnífico: una puritana, una neurótica se habría enfurecido consigo misma por el terrible delito de tener sueño. Habría pensado que ofendía a Dios por el pecado de dormirse en la oración. Pero Catalina sabía que si el sueño de la pereza es un mal, el sueño del cansancio es también un don de Dios. No se enfureció por lo inoportuno de aquella soñarrera, pidió a Dios unos sueños bonitos. «Con Dios -pensaba- no es necesario disimular. Él nos conoce bien, desde las uñas de los pies hasta los cabellos de la cabeza». Mejor entonces ponerse en sus manos, dormir y volver a la oración cuando haya regresado el equilibrio.
¿Por qué no hacer así en la vida toda? Cuánto más agradable sería nuestra existencia (¡y la de los que nos rodean!) si nos atreviésemos a apostar descaradamente por la alegría, si descubriéramos que de cada cien de nuestros ataques de nervios, noventa -por lo menos- provienen de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo o de nuestra terquedad.
Todas las cosas del mundo -y nuestra vida también- tienen una cara soleada, pero nos parece frívolo el confesarlo y nos sentimos más «heroicos» dando la impresión de que caminamos cargando con dolores y problemas espantosos. Y la tristeza no es ciertamente un pecado. A ratos es inevitable. Pero lo que sí es inevitable y lo que seguramente es un pecado es la tristeza voluntaria. No sin razón Dante coloca en lo más hondo de su infierno a los que viven voluntariamente tristes, a cuantos –no se sabe por qué complejo- tienen la tendencia (o manía) de ir en verano por toda la solana y en invierno por donde más viento sopla.

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