Empieza el año bendiciendo

Desde que cayó en mis manos el librito “Tú eres mi amado” de Henri J. M. Nouwen, todos los años, al llegar este día, leo el título II “Bendecidos”. Precisamente porque me parece un maravilloso comentario a la primera lectura de la Liturgia del día de Año Nuevo. Y donde habla de su experiencia y participación en el mitza (liturgia judía) y cuenta que lo que más le emocionó fue cuando el padre del muchacho lo bendijo, diciendo: “Hijo, te pase lo que te pase en la vida, tengas éxito o no, recuerda siempre cuánto te aman tu padre y tu madre”.

Vamos a comenzar el año con muchos abrazos y deseos. ¡Cuántos: “Feliz Año Nuevo!”
Me parece hermoso comenzar el Año regalándonos los unos a los otros nuestra bendición. Está muy bien decir: “Yo te bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Pero me encanta cuando esa bendición la traducimos en el lenguaje sencillo de la calle, posiblemente, menos cargado de teología, pero cargado de humanidad, de bondad y de esperanza.

Cuando el Señor habló a Moisés le dio la fórmula con la que debían bendecirse los israelitas:
“Que el Señor te bendiga y proteja,
Ilumine su rostro sobre ti,
y te conceda su favor.
El Señor se fije en ti y
te conceda la paz”.

Pero, qué hermoso que el padre bendiga en este día a sus hijos diciéndoles:
“Hijo, te pase lo que te pase en la vida, tengas éxito o no,
recuerda siempre cuánto te quieren tu padre y tu madre”.

Bendecir es querer cosas buenas para los demás.
Bendecir es desear lo mejor a los demás.
Bendecir es desear que el amor esté siempre presente en su corazón.
Bendecir es decirle a alguien que le amamos suceda lo que suceda.
Bendecir es decirle a alguien que le seguiremos amando tenga éxito o no.
Bendecir es decirle a alguien que le deseamos la paz en su corazón.

La bendición de los padres, no es solo un buen deseo.
La bendición de los padres realiza lo que se pide en ella.
La bendición es hacerle sentir feliz al hijo, es hacerle sentir al hijo lo importante que es para ellos, es hacerle sentir al hijo que vale por sí mismo y no por lo que hace, es hacerle sentir al hijo que, en las buenas y en las malas, siempre podrá contar con ellos.
La bendición es fijar sus ojos en él, es iluminar el rostro del hijo, es hacerse fuente de paz para los demás.

Está bien que comencemos deseándonos un “Feliz y próspero Año Nuevo”.
Pero ¡qué bueno sería si comenzásemos el año!:
Bendiciendo el marido a su esposa.
Bendiciendo la esposa a su marido.
Bendiciendo los padres a sus hijos.
Bendiciendo los hijos a sus padres.
Bendiciendo a nuestros ancianos.
Recibiendo la bendición de nuestros ancianos.
Bendiciendo el sacerdote a sus fieles.
Y recibiendo el sacerdote la bendición de sus fieles.
¿Alguna vez habéis bendecido al cura?
También nosotros, que tanto bendecimos, necesitamos que nos bendigáis.
Yo, al menos, deseo que me regaléis vuestra bendición.
Y me gustaría escuchar vuestra voz bendiciéndome.

Desde aquí yo os bendigo a todos:
Bendigo a los buenos, para que sean mejores.
Bendigo a los malos, para que sean buenos.
Bendigo a sus familias para que sean felices.
Bendigo a los esposos y esposas para que se amen.
Bendigo a los jóvenes para que sigan soñando en la vida.
Bendigo a nuestros ancianos para tengan la serenidad del atardecer.
Bendigo a los enfermos para que vivan en la esperanza.
Escuchemos dentro que somos benditos y que nuestro corazón bendiga.
“El bendecido siempre bendice”.

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