¿En qué se nota que soy hijo de Dios?

Los hijos de Dios se notan fácilmente. Tienen un encanto especial. Son alegres y acogedores. No se dan importancia ni buscan aplauso o recompensa de cualquier tipo. Están siempre dispuestos a aceptar los trabajos más duros o más humildes. Son sinceros y responsables. No tienen miedo o saben vencer el miedo. No se echan para atrás. Son colaboradores, participativos, imaginativos. Siempre hombres de esperanza, positivos. Y son especialmente amistosos y pacificadores cálidos y cercanos, personas de toda confianza.
Viven o se esfuerzan por vivir las Bienaventuranzas.
• No aman la riqueza por encima de todo, son austeros, sin apegos, saben compartir, incluso de lo que necesitan. Hacen opción por los pobres y se esfuerzan por ser pobres. No consienten la pobreza miserable para ningún hijo de Dios.
• No cultivan el orgullo ni se creen superiores. No envidian ni se comparan. Son humildes, vacíos de sí mismos. Es la pobreza interior, la más difícil. Por eso son sufridos, llenos de paciencia y mansedumbre. No se sienten ofendidos, porque no viven para sí.
• No son indiferentes ante los demás, sino sensibles y compasivos. Saben llorar con los que lloran, perfectos consoladores. Otros lloran por los golpes que reciben, porque la vida les trata mal. ¡Cuántas lágrimas amargas e inocentes!. No se rebelan ni odian ni se desesperan, pero lloran.
• No toleran la injusticia, aunque sea al más pequeño. Luchan por un mundo solidario, en que todos consigan su dignidad y sus derechos. Sueñan con un mundo nuevo, la civilización del amor.
• No son duros inquisidores, sino comprensivos y compasivos. Tienen entrañas de misericordia. Saben perdonar, estar cercanos, volcarse sobre las miserias humanas. Se conmueven ante cualquier sufrimiento, como Dios.
• No aman la impureza o la mentira. Tienen el corazón limpio. Son libres, no les esclavizan los vicios. Son auténticos, transparentes, verdaderos. Se lavan con agua de arrepentimiento, reconocen su fallo o su error.
• No utilizan la violencia, sólo para sí mismos. Pero irradian la paz, y la crean, la defienden. Amigos del diálogo y promotores de reconciliación y del perdón.
• No se acobardan a la hora de defender al oprimido. Lo defienden siempre aún a riesgo de ser criticados y perseguidos. Son profetas de la libertad y la justicia, y tantas veces son mártires.

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