Es duro encontrarte con un amigo y no poderlo convidar a la Eucaristía.

Cierto día, al anochecer, me telefoneó un hombre y me dijo: -Aquí hay unas viejecitas que le esperan para ir a misa. Y yo le contesté:
-Y tú, ¿no vas a misa? Y me respondió: -¿Qué tengo que hacer allí yo?
Yo lo comprendo. Resulta duro, también para mí, ver a la gente desperdigada (uno por aquí, otro por allá) en la iglesia. No hace mucho preguntaba a los chicos de un grupo qué era lo que más les molestaba en cuanto llegaban a casa. Y me contestaron:
-Encontrar un ambiente de frialdad.
Eso me pasa cuando me vienen a ver algunos amigos. Me siento igual que vosotros cuando os encontráis por la calle con un amigo al que hacía tiempo que no habíais visto. La primera reacción es llevarlo a comer o cenar a casa. Pero, de pronto, os acordáis de que aquel día no hay muy buen ambiente en la familia: entre marido y mujer o entre los hijos. Es muy duro encontrarse con un amigo por la calle y no poderlo invitar a tu casa. Más de una vez, cuando he ido a celebrar la eucaristía, y en el momento de la homilía veo que son tan pocos (aquella homilía que había preparado con tanta ilusión, en mi casa…), he pensado:
-¿Vale la pena hacer todo esto que estoy haciendo? Me siento decepcionado y triste, como la madre que prepara la fiesta para sus hijos que han dicho que vendrían a comer el domingo y, a la hora de sentarse a la mesa, faltan casi todos.
Eso mismo me pasa cuando, el domingo, voy a tocar a misa y veo la calle del pueblo llena de gente y luego en la eucaristía apenas nos encontramos unos pocos y disgregados. Me siento inútil y ridículo, haciendo de sacerdote de esta manera. Me veo como un funcionario: sólo funerales, bautizos, primeras comuniones y casamientos. No culpo ni juzgo a nadie. Sólo expreso cómo me siento. Incluso alguna vez he llegado a pensar: -No sería mejor marcharse? ¿Dejaros?
Me acuerdo que una amiga me decía: -¡Me llega más adentro la eucaristía a través de la radio, con los cantos, las lecturas tan bien hechas, la homilía y la participación de toda la gente! Al principio, la única cosa que echaba de menos era la comunión. Pero ahora voy descubriendo que hay muchas maneras de comulgar: la oración, la lectura, una conversación, contemplar en silencio el paisaje, escuchar el canto de los pájaros. Me decía otra persona: -Yo antes, iba a misa y nunca me había planteado nada. Hasta que un día me pregunté:
¿Qué hago yo aquí? Todo es tan frío Aunque nuestras iglesias estuvieran llenas a rebosar, nadie conoce a su hermano ni siente necesidad de él. Me decía una joven universitaria: -Yo me concentro mucho más en Dios, en el silencio de una iglesia, sola, y sentada en un banco, que en una misa llena de gente sin un sólo signo de unidad. ¡Me pierdo en medio de aquella masa de gente! Será por eso que dijo el poeta: -No hay peor soledad en la vida que la soledad en compañía.
Lo mismo me pasa a mí. Los días en que más llena está la iglesia, más solo me siento: unos funerales, la fiesta mayor, una boda, Navidad, Pascua. Al principio pensaba:
-¡Hoy sí que será hermoso! Pero me quedaba solo con las ganas. Incluso la gente que los demás días contestaba en voz alta, en días así parecía como si no se atreviesen.
Y lo mismo pasaba con los cánticos. Como que no los saben y no cantan. Y además te dicen que la misa ha sido larga.
Cuando pienso en estas fiestas tan íntimas y ricas de contenido como son Navidad y Pascua, en las que se llena la iglesia de gentes que «vienen porque toca-, pienso en lo que me podría decir Jesús cuando llegue al cielo: -Te lo pasaste mal, verdad? ¿Por qué no tuviste valor para hacer aquello que querías?- Porque, ¿hay algo más hermoso que entrar en la iglesia como extraños y salir amigos de la misma? Hasta que no logremos eso, no podremos decir que hemos ido a misa.
Generalmente, entramos solos o acompañados de alguno; pero salimos siempre en grupo. ¡Qué símbolo más hermoso! Jesús nos congrega. Hemos venido para hermanarnos.
Yo comparo la eucaristía a un rebaño y a Jesús con el pastor. A veces, caminando por la montaña, veo un rebaño enorme que está paciendo, tendido por la sierra, pero unido. Me paro a mirarlo y pienso: «No debe estar muy lejos el pastor.- Es él quien congrega al rebaño. Eso mismo pienso de nuestras eucaristías. A la gente de fuera lo que les atrae y comentan es la unidad y el ambiente. No se fijan ni hablan de Jesús. Pero pronto piensan que aquello no es casual. Lo que resalta del rebaño no es el pastor, sino las ovejas. Lo que destaca de una eucaristía no es Jesús, no…! Somos nosotros. Ahora bien, por la forma de comportarnos, se darán cuenta del pastor. Los que nos vean, descubrirán a Jesús.

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