Evangelizar desde la vida contemplativa

monjesEn la misión de evangelizar que todos tenemos desde nuestro bautismo, hay sin embargo muchas parroquias, comunidades y creyentes que viven su fe sin sentirse llamados a comunicarla.
Muchos ni se plantean para nada el que puedan tener una responsabilidad de anunciar y comunicar algo a los demás.
Pues bien sería paradójico que en estos momentos que se está hablando de hacer un esfuerzo en este sentido, en las comunidades contemplativas no se hiciera nada por despertar el potencial evangelizador que tienen que tener…
Este es el gran reto de las comunidades contemplativas: ¿qué vais a ser, reliquia de un pasado cristiano que parece ir desapareciendo o levadura para un porvenir evangelizador?
Esta llamada evangelizadora ha de ser escuchada por cada monje y por cada monja y exige una respuesta propia.
El monje no está delante del mundo ni vive para el mundo. Está delante de Dios y vive para Dios. Lo decisivo del contemplativo no es construir un mundo mejor, sino ser para Dios.
Lo cual supone que para que una monja evangelice no tiene que abandonar su vida contemplativa y pasar a un apostolado activo. La comunidad contemplativa evangeliza no por lo que “hace” sino por lo que “es”.
Vivimos en una sociedad que “está de vuelta” del cristianismo. Muchos van abandonando la fe porque no han encontrado en ella algo bueno. No guardan un buen recuerdo de su experiencia religiosa. De ser cierto lo que dicen, el Dios que han conocido no ha sido para ellos gracia liberadora, alegría de vivir, principio de vida y esperanza.
Ante esta situación brotan no pocos interrogantes: Estos hombres y mujeres que abandonan la religión, ¿ya no la necesitan? ¿Qué queda en ellos de esa fe que un día habitó su corazón? ¿Cómo acercar a Dios a esas personas que, habiendo oído hablar de El, hoy le dan la espalda?
Estas preguntas pueden despertar la vocación evangelizadora de una comunidad contemplativa.
La primera aportación de una comunidad contemplativa hoy ha de ser ayudar a los hombres a que puedan experimentar a Dios como amigo y salvador. Que puedan captar que Dios es bueno, que encontrarse con Él hace bien, que acoger su gracia es vivir de manera más positiva y plena. Esto es lo más grande que los contemplativos nos podéis aportar a todos: la experiencia de un Dios amigo, el mejor amigo del ser humano.
Esto exige revisar qué anuncio estamos haciendo de Dios: ¿Un Dios amigo o un Dios amenazador? ¿Un Dios dictador o un Dios respetuoso de la libertad de la persona? ¿Un Dios egoísta o un Dios gratuito? Y ¿cómo es el lenguaje sobre Dios? ¿un lenguaje superficial y lleno de tópicos o un lenguaje sobrio que nace de la experiencia?…
Pero no basta hablar. Es necesario el testimonio de la vida; hablar con la vida. No basta hablar de un Dios bueno, se necesitan al mismo tiempo hombres y mujeres buenos…
Vuestra vida contemplativa no es un carisma individual, sino una gracia de toda la Iglesia… Y por ello tres grandes preocupaciones que debieran de estar siempre presentes en vuestra oración y en vuestra vida son:
– La evangelización: una evangelización que se sostenga sólo en trabajo, en actividad en planes pastorales, sería estéril. A nuestra evangelización le faltará algo esencial si le falta la adoración y la invocación…
– La paz no es sólo tarea de los hombres. Es también don de Dios. La oración sincera pacifica los corazones, dispone al perdón y a la reconciliación, nos recuerda que Dios es Padre de todos y nosotros todos hermanos. La oración libera de odios y venganzas, de fanatismos y cegueras…Nuestro trabajo por la paz ha de estar sostenido por la oración.
– Por último la esperanza. Nuestra Iglesia tiene en medio de la sociedad la “responsabilidad de la esperanza”. Y si la Iglesia, minada ella misma por su pecado, su cobardía o su mediocridad, no tiene fuerzas para generar esperanza entre los hombres, estará defraudando su misión. Ahora bien, la esperanza cristiana sólo se despierta, crece y se desarrolla desde la confianza, desde la invocación a Dios. Si a la Iglesia le falta la oración de los contemplativos siempre será más difícil la esperanza.
La evangelización brota siempre del amor. Sólo quien ama a los hombres y mujeres de hoy, con sus problemas y conflictos, será capaz de evangelizar…
La contemplación ha de hacer de vosotras y vosotros: amigos de los hombres y mujeres de hoy…
Este servicio evangelizador tiene que seguir dos cauces: el testimonio y la acogida.
• El contenido esencial del testimonio contemplativo se puede resumir: “Sólo Dios basta” (Sta. Teresa). Dios es lo único necesario. Mientras todos peregrinamos por la vida, distraídos por la actividad, el trabajo o la organización, los contemplativos, con la mirada fija en Dios, nos recordáis lo esencial, lo definitivo, lo eterno.
• Otra vertiente importante de vuestro testimonio es la acogida: Una acogida amistosa. Acogida que no se asusta del pecado o la debilidad de las personas, y que no queda bloqueada por los prejuicios. Todo cambia de tono y de perspectiva cuando se mira a las personas con amor. Dice S. Juan de la Cruz que “el mirar de Dios es amar”. Así ha de mirar una comunidad contemplativa a quienes a ella se acercan. Una acogida serena: que transmita paz e irradie alegría. Una acogida más silenciosa que locuaz. El contemplativo, no habla mucho. Sabe escuchar más que hablar. Sabe mirar y comunicarse con hondura. Sabe ser amigo.
Y no es extraño que en el desarrollo de una vida así planteada, el silencio ocupe un lugar privilegiado. Creo que vosotras entendéis perfectamente lo que quiere decir cuando se afirma que en la vida religiosa, de una persona o de una comunidad, hay demasiados “ruidos”. Y se impone, en consecuencia, la necesidad de “hacer silencio”.
Se trata del ruido que impide percibir la voz de Aquel que habla al corazón. Voz que no puede ser oída y menos escuchada porque el ánimo está distraído.
Es necesario, hacer el silencio que posibilite la permanente recuperación de Dios y de la capacidad unificadora de su amor. De un amor que es mucho más que una palabra vacía y sin contenido…
Leía con motivo del día del Seminario una carta de un joven a un sacerdote amigo, que puede ir perfectamente dirigida hoy a ti Mª José y a todas las hermanas:
Religiosa, amiga de Dios y de los hombres, quiero pedirte con todo respecto algo. No me importan tanto tus saberes, que son necesarios. Me importa, sobre todo, tu experiencia de Dios. Danos testimonio de Dios, pero del Dios verdadero, del Dios de Jesucristo, del Dios que se define como amor y misericordia. Pero di estas cosas no con palabras, sino con la vida.
Si vienes de parte de Dios, que es misericordia, sé tú misericordia, se tú comprensión, sé tú cercanía, sé tú perdón.
Si vienes de parte de Dios, que opta por los pobres, no te presentes con poder y codicia, hazte pobre, acércate al pobre, desde la debilidad y la entrega; prefiere a los pequeños, vive en la gratuidad.
Cultiva tu mente, pero cultiva, sobre todo, tu corazón. Ya sabes que “todo es cuestión de entrañas”. Hoy más que nunca se necesitan personas entrañables que enseñen a los hombres a quererse y a ser hermanos…

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