Felicitación de San José

Queridos hombres y esposos del mundo:

Entre tantas felicitaciones como recibiréis en estos días, estoy seguro de que ninguno de vosotros espera un saludo mío.

En el fondo, os entiendo. Yo fui el gran mudo de la Navidad. Todos hablan de mí. Pero yo no hablaba nada. A mí sólo me correspondía ver, mirar, contemplar y luego dejar que mi corazón entendiese.
Es posible que muchos me sientan envidia. ¡Oh qué padre tan feliz! ¡Tener por hijo nada menos que al Hijo de Dios! Sí. Es una maravilla.
Pero todo eso es maravilloso en la fe.
Confieso que yo no entendía nada. Para mí todo era un misterio.
Esperaba el nacimiento del Hijo de Dios. Y veo a un niño como los demás.
Esperaba que Dios naciese radiante como nace brillante el sol cada mañana. Y el Niño no tenía brillo particular.
Olía como huelen los niños recién nacidos. Olía a vida recién estrenada.
Lloraba como lloran los niños cuando nacen.
Y con los ojitos cerrados como todo niño al nacer.
Y en mi corazón, tenía que decir: “y a pesar de todo es el Hijo de Dios”… “y es el Mesías esperado”…

Mi primera desilusión fue cuando, al llegar a Belén, todas las puertas se me cerraron.
Yo era consciente de que en cualquier instante María estaba para dar a luz. Ya no era el momento de andar pensando grandes cosas.
Y es terrible llamar a una puerta y que te den con ella en las narices como a gente indeseada. No estaba discutiendo el precio de una pequeña habitación, al contrario, sentía que en ese momento, los tres: María, el Niño y yo, éramos “parte de los excluidos, de las personas que no tienen cabida, con las que no se cuenta”.
Todos me pedían mis documentos. Y yo venía precisamente a buscarlos a Belén. Y como no los tenía, todos pensaban que pudiera ser gente de mal vivir.

¡Y yo, con el parto de María a las puertas! No se imaginan el sufrimiento de aquellas horas. A ella le decía cariñosamente: “espera, María, un momento más…” Y la pobrecita me miraba con unos ojitos tan maternales que me rompían el alma.
Cuando encontramos el establo, “una cueva sin puerta, un refugio de animales”, sentí que el alma me volvía al cuerpo. No era gran cosa para la maravilla que esperaba. Pero era todo lo que yo le podía ofrecer. Yo pensaba para mis adentros: “por esta puerta que ya ni es puerta entra en el mundo el amor y la liberación de Dios”.
Por un momento, aquello me pareció un palacio. Al menos, tenía un ambiente templado por la presencia del borrico y una vaca tumbados sobre la hierba seca.

Permitidme, por un momento, pensar en cuantos también hoy, como nosotros entonces, se sienten excluidos, de los que están de más, esos que vosotros hoy llamáis “parásitos de la sociedad” y que otros califican de “ilegales”. Yo también me sentí ilegal en Belén.
Mi cabeza pensaba en la cuna que le había hecho al Niño y que tuvimos que dejarla en Nazaret. Naturalmente era imposible traerla con nosotros. Yo había puesto todo mi cariño haciéndola. Y total, para nada. Se había quedado en el taller a la espera de nuestro regreso.
Tampoco os voy a decir que para mí fue aquello algo tremendo.
Mi alma estaba muy en calma.
Mi espíritu muy sereno.
Al fin y al cabo, me daba cuenta de que ésos eran los caminos de Dios.
Por eso, en medio de mi sufrimiento humano, interiormente viví la gran fiesta del amor de Dios a los hombres.

Y esto me gustaría que lo aprendieseis también vosotros los esposos. Es posible que, en el fondo de vuestro corazón, soñéis con grandes cosas. Y luego la vida os hace aterrizar. La vida no siempre responde a los gritos del corazón.
Lo importante, en estos casos, es no dejar que la realidad se imponga a nuestros sentimientos y a nuestras ilusiones.
Además, esos sufrimientos por amor y fruto del amor, son sufrimientos que sanan y curan mucho nuestros corazones. Nos limpian por dentro para que podamos ver mejor con nuestros ojos.
Habrá cosas en vuestras vidas no siempre fáciles de entender. Lo mismo me sucedía a mí. Pero no siempre lo importante es entender. Lo fundamental es saber aceptar los caminos de Dios.

Por eso, en estas Navidades, en las que todos vosotros me volveréis a poner serio, apoyado en mi bastón junto al pesebre, yo os quiero felicitar.
Os debo decir que yo no estaba tan serio como me pintáis. En mi corazón había una gran fiesta. Además, ¿cómo podía yo causarle preocupaciones a María? Ella necesitaba también de mi apoyo moral.
Y verme preocupado sería para ella una pena más. Yo no podía hacerlo.
Yo tenía que ser el hombre firme en la fe.
Firme en la aceptación de aquel Hijo que no me pertenecía pero que yo quise y amé como si fuese mío propio.

Yo, que algo me sé de Navidad y de familia, quiero felicitar a todos los hogares en estas Navidades.
Quiero felicitar a todas las mamás que saben lo que es dar a luz un hijo, incluso no siempre en las debidas condiciones.
Quiero felicitar a todos los papás para quienes un hijo más implica un esfuerzo más en la vida.
Que en estas Navidades 2016 seáis todos muy felices. Que si tenéis problemas no os dejéis aplastar por ellos. Y que todos viváis el gozo y la alegría del gran regalo de Dios en estos días: El regalo de su Hijo Jesús.
San José, un esposo que sabe mucho de Navidad.

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