Hablarles… ¿de qué?

Hablando con un ancianoQueridos ancianos:

Los ancianos necesitan dos cosas fundamentales: que alguien les hable y que alguien les escuche, siendo esto último lo más importante. Hace unos años, un pariente mío se sintió bastante mal, debían intervenirlo quirúrgicamente, tanto la esposa como los hijos me insistían en que hablase con él y lo confesase. “Mira, no tendrá grandes pecados, pero siempre le dará tranquilidad”. Me acerqué a él. Nos sentamos los dos en el jardín.
Serían como las nueve de la mañana. Dieron las doce del mediodía y seguíamos sentados, el cura se ahorró sus discursos. Todo lo habló él. Me comenzó a contar su vida desde sus peripecias de niño, pasando por todas las aventuras de la guerra, todas las travesuras que había hecho de joven. Las peleas que había tenido con la vieja, porque como él decía: “es maravillosa, pero se gasta un genio”. Hubiera podido grabar toda una telenovela… y bien bonita.
¿Lo de la confesión? ¿Quieren ustedes mayor confesión que aquella? Al terminar, me dice sonriente, ¡qué mañana más feliz la de hoy!
Nos imaginamos que los únicos que tenemos cosas que decir somos nosotros. La gente mayor sí quiere escucharnos pero prefieren que la escuchen. Son ellos los que tienen todo un mundo que decirnos y contarnos, es que para ellos el pasado es su vida y quieren compartirla. Aunque, a decir verdad, tengo dudas de si lo que quieren es decir su vida a los demás o por el contrario quieren decírsela a sí mismos. Para ellos el recuerdo y la memoria es vivir.
Cuando la gente me pregunta: Padre, yo dispongo de mucho tiempo libre, y no sé qué hacer. Yo infaliblemente les digo siempre lo mismo: “Oye, ¿no conoces a ninguna persona mayor que esté sola? ¿Por qué no vas a visitarla y hacerle compañía por un rato?
Si los ancianos tuviesen a su lado alguien que les escuche, rejuvenecerían.
Si les hablamos, por favor, no cambiemos el tema. No les hablemos desde nosotros sino desde lo que a ellos les interesa.
Si nos hablan de su juventud, tenemos que interesarnos de cómo fue su juventud.
Si nos hablan de sus aventuras de jóvenes, sintamos que es algo que nos interesa.
Si nos hablan incluso de sus peleas con los curas, sintamos interés por ver cómo fue su relación con el clero, que también tiene su “mica salis”.
Porque si ellos nos comienzan a hablar de sus cosas, y nosotros les cambiamos la conversación y les hablamos de las nuestras, daría la impresión de que somos nosotros quienes buscamos alguien que nos escuche.

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