Hay que conseguir desarmarse

Entregando armasCuando el mundo cruje por las guerras, el odio, la venganza, el rencor. .. , cuando los noticiarios transmiten agresividad a todos los niveles: familiar,
social, cuando el clima bélico atenaza a muchos países … , cuando el terrorismo atemoriza al mundo entero…, llega a mis manos esta oración del patriarca Atenágoras: «Hay que conseguir desarmarse».
Tenemos el peligro de transmitir a otros este deber y pensar que los que tienen que deponer las armas son siempre los otros.
Hoy, primer día del año, en el que celebramos el día de la paz, vamos a ser valientes para acoger esta sugerencia-mandato como algo que se nos pide personalmente.

«Hay que conseguir desarmarse».
¡Qué gran lema para toda una vida y qué programa tan exigente para este nuevo año!
Lo que tenemos que hacer, hoy, es decírnoslo a nosotros mismos:
¡Hay que conseguir desarmarse! y sentir la urgencia de hacerlo, ahora, sin esperar a mañana; hacerlo aquí, en estas circunstancias concretas, sin darle largas hasta que estas cambien o mejoren. «Hay que conseguir desarmarse». Ya, desde este momento debo empezar la tarea, que es dura y difícil.

Tengo que desarmarme del egoísmo, del deseo de ser el centro en la familia, en el trabajo, en las amistades.
Debo desarmarme de la coraza de la insolidaridad, que no me deja acercarme a los que me necesitan.
He de conseguir desarmarme de esa máscara de la competitividad renunciando a lo comparativo.
Debo desarmarme de mi orgullo ridículo. ¿Qué tengo yo que no haya recibido?
Tengo que desarmarme de querer justificarme a expensas de los demás.
Debo desarmarme de estar apegado a mis riquezas cuando tantos sufren escasez y hambre.
Debo desarmarme de mis miedos que me atenazan e impiden dar lo mejor de mí mismo.
Debo desarmarme de mis quejas, de mi desánimo, que merman la alegría de los que trato.
Hay que conseguir desarmarse de «archivos viejos» otorgando el perdón, olvidando la ofensa y empezando de nuevo, como si nada hubiera sucedido.
Debo desarmarme del afán de necesitar el reconocimiento de aquellos a los que hago algún servicio.
Debo desarmarme de toda clase de violencia en las palabras, gestos y actitudes.
¡Debo desarmarme de tantas cosas! … Hagamos hoy un esfuerzo para descubrir, cada uno, de qué tiene que desarmarse. Escribamos un pequeño elenco de «armas» que debemos dejar y, con la ayuda de
Dios, empecemos la aventura de nuestro desarme personal.
«Hay que conseguir desarmarse».
Que resuene en tu corazón y en tus labios durante este año.
Deseo muy de verdad que al final de cada día podamos entregar algunas armas con las que quizá, durante años, nos hemos defendido.

Atenágoras prosigue su oración:

«Hay que conseguir desarmarse.
Yo he hecho esta guerra.
Durante años y años.
Ha sido terrible.
Pero, ahora, estoy desarmado.
Ya no le tengo miedo a nada,
porque el amor ahuyenta el miedo!».
¡Que tal nos suceda! Para este desarme se necesita esfuerzo y constancia
por eso termino con las palabras del salmo:
«Sé valiente. Ten ánimo. Espera en el Señor».

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