Invitación a la esperanza

Invitación a la esperanzaAntes cuando había una sequía prolongada… y aquello no tenía visos de resolverse, se recurría a los santos a los que se sacaba en procesión para que lloviese…
Y cuando la lluvia respondía a los ruegos u a otros condicionamientos.
Los campos que estaban secos comenzaban a reverdecer.

Dicen que corren malos tiempos para todo.
No sé si habrá que sacar de nuevo a algún santo para que lo arregle.
Pero el Adviento es para el cristiano como el renacer de la esperanza.
Una esperanza que el Pueblo de Dios venía viviendo durante varios siglos.
Y cuando la esperanza tarda, terminamos como ellos por perderla.

El Adviento es para el cristiano, como esa lluvia de abril que hace que los campos secos comiencen a reverdecer.
El adviento es comenzar a vivir de nuevo con alegría la esperanza de las promesas de Dios que está viniendo.
El Adviento es comenzar a reverdecer nuestros corazones con la esperanza de que está ya en camino el prometido de siglos.
El Adviento es comenzar a reverdecer nuestras vidas con la esperanza de que lo viejo está secándose y lo nuevo comienza a hacerse primavera.

Se puede vivir sin muchas cosas, pero no podemos vivir sin esperanza.
Se puede vivir con muchas carencias, pero no podemos vivir sin esperanza.
Se puede vivir con muchas privaciones, pero la vida se hace insoportable sin esperanza.
Porque la esperanza es la que nos enciende una luz en medio de la noche oscura.
Porque la esperanza es la virtud capaz de sacarnos del pozo de nuestras desilusiones sabiendo que arriba en el brocal hay alguien que nos tiende una soga para sacarnos del fondo.

Todo el Antiguo Testamento es un tiempo de esperanza.
Y la gran oración del Pueblo de Dios era un grito de esperanza.
Es hermoso escuchar esas oraciones plasmadas en los Salmos:
“Sostenme, Dios mío, con tu promesa y viviré; no defraudes mi esperanza” (Sal 119,116)
“A ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado”. (Sal 31)
“En ti, Señor, me cobijo, no sufra yo una derrota definitiva”. (Salm 71)

Y Pablo se atreve a decir:
“La esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha sido dado”. (Rom 5,5-6)
Y ese himno que canta la Iglesia en los grandes momentos nos sorprende con ese grito de “En ti, Señor, he esperado, no me veré defraudado para siempre”.

Y para nosotros esa esperanza tiene un nombre, se llama “Navidad”.
La esperanza tiene muchos tropiezos en el camino.
Pero la fuerza de la esperanza es capaz de saltárselos todos.
La esperanza tiene muchas noches oscuras.
Pero la esperanza es como el sol que se pone cada atardecer, deja al mundo en la oscuridad, pero todos nos acostamos esperando que vuelva a amanecer.
La esperanza es como el invierno que desnuda de su verdor a los bosques.
Pero todo sabemos que no están muertos, sino que sus raíces están llenándose de vida para una nueva primavera.

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