La Cuaresma tiempo de silencio

Cuaresma 5«El silencio sagrado»

Quiero invitaros a que entréis durante esta Cuaresma en el silencio. Cada día siento más urgente la misión pastoral de atraer a la gente al silencio interior y al recogimiento, porque sólo así nos acercaremos a Dios silenciando los ruidos que hay dentro de nosotros y también a nuestro alrededor, para que Dios pueda hablarnos, hay que callar. Hay que saber callar para que hable Dios y para hablarle nosotros a él.
No quiero un silencio impuesto por las llamadas de atención, sino  un silencio voluntario, un correcto comportamiento exterior y al mismo tiempo interior, en orden a alcanzar una mayor perfección. Tanto el uno como el otro se complementan y sirven para que toda la persona entre en relación consigo misma, con los demás y con Dios.
En la sociedad de nuestros días, crecida a la sombra del ruido y de las excesivas palabras, el silencio es buscado como una necesidad vital, y para descubrir su valor es necesario un aprendizaje. Nunca es tarde y siempre es tiempo para aprender y dejarse educar por el silencio.

-¿Qué aprendes tú en tu vida de silencio?
-preguntó el visitante a un monje de clausura.
El monje, que estaba sacando agua de un pozo, le respondió:
-Mira al fondo del pozo, ¿qué ves?
El hombre se asomó al brocal del pozo.
-No veo nada.
El monje se quedó inmóvil y en silencio y, después de un rato, dijo de nuevo a su visitante:
-¡Mira ahora! ¿Qué ves? El visitante obedeció:
-Ahora me veo a mí mismo en el espejo del agua. El monje le explicó:
-Ya ves. Cuando yo meto el cubo en el pozo, el agua está agitada. Sin embargo, ahora el agua está tranquila. Así es la experiencia del silencio. ¡El hombre se descubre a sí mismo!

Frente a aquellos que defienden que los niños y los jóvenes lo que necesitan es «moverlos» para que «participen», les diría a los catequistas y los animadores juveniles que la primera condición para vivir el encuentro con Dios es el «silencio de participación», la primera condición para la escucha de la Palabra y para la respuesta sincera a Dios. A los niños y a los jóvenes hay que iniciarlos en el silencio sagrado, para que puedan orar, porque lo que les sobra son los ruidos interiores y exteriores; los sobresaltos y avisos de los mensajes del whats App a través del móvil, del que no se separan ni un momento.
Pero el problema es que ven el comportamiento de nosotros los mayores, de los que estamos todos los días en la iglesia. Cuando los jóvenes han sentido la necesidad de acudir a la casa del Señor, muy pocas veces nos han encontrado recogidos y en oración silenciosa. Tienen malos modelos que imitar porque, la mayoría de las veces, los pocos niños o jóvenes que han entrado nos han encontrado hablando con los de al lado, en corrillos, e incluso han llegado a escuchar nuestras vanas conversaciones; otras veces nos han visto distraídos… o distrayendo a los demás.

El silencio es la primera condición que hemos de lograr para escuchar verdaderamente a una persona. Esa verdadera atmósfera que se crea, interior y exteriormente, para escuchar y comunicarnos.
Es el tiempo en el que no queremos palabras de la calle, palabrería vacía, ni ruidos, charlas, sonidos, distracciones, sino que lo que deseamos es concentrar nuestra mente y nuestro corazón, y también el cuerpo, toda la persona, uniéndonos a todos los que tenemos alrededor para estar en verdad ante el Otro con mayúscula, ante el Misterio, ante el Señor. Esta es la razón fundamental por la que insisto tanto en el silencio, en un silencio personal y también comunitario. Pero es necesaria una profunda iniciación y educación en el silencio, y para ello, ¿qué mejor maestra o pedagoga del silencio que la Liturgia de la Iglesia, especialmente el año litúrgico, y concretamente el tiempo en el que estamos inmersos, la santa Cuaresma y los días que se acercan, la Semana Santa y el Santo Triduo Pascual?

La Cuaresma la iniciamos con el ejemplo de Jesús empujado al desierto, retirado y solo, hablándonos del ayuno, de la oración… Silencio y oración. Una buena forma de comenzar el camino ascendente hacia la Pascua, alimentados por la Palabra que sale de su boca y por el silencio, en el ámbito de la oración litúrgica. No es un silencio vacío, sino verdadero y lleno de la presencia de la Palabra de Dios. Un tiempo propicio para la escucha, de la que no se debería perder ni una sola sílaba, porque es nuestro principal alimento espiritual.
El silencio «de recogimiento» con el que comienzan los Oficios del Viernes Santo es hondamente significativo. Una entrada silenciosa, sin canto, precedida por la ausencia de campanas, que dejaron de sonar la tarde anterior y que no volverán a repicar hasta el Gloria de la Vigilia Pascual. Dicha entrada forma parte de un rito, el de la postración del celebrante principal y el momento de ponerse de rodillas de toda la comunidad, recogidos en oración. De la misma celebración destacamos especialmente el silencio «meditativo» durante la lectura o el canto de la Pasión, los momentos de plegaria silenciosa durante las oraciones solemnes y el silencio «de adoración» que acompaña el beso a la Cruz por parte de toda la asamblea.
El Sábado Santo es considerado por la Iglesia el día del «gran silencio» en la espera expectante de la Resurrección. Un silencio «que envuelve toda la tierra, porque el Señor duerme…». Con María, en silencio, la Iglesia espera la Resurrección y se reúne en la mañana para celebrar los Oficios de la Sepultura del Señor.
En la Vigilia Pascual el silencio de la noche se rompe por el hermoso canto del «Luz de Cristo» y del Pregón Pascual. Una noche donde la alternancia entre Palabra, salmo y oración va introduciéndonos en el Misterio. Una hermosa velada de oración, caracterizada por la escucha y por la meditación silenciosa de la Palabra de Dios, que va construyendo la Comunidad, la Iglesia de Cristo que nace del Resucitado.
Necesitamos del silencio sagrado, del silencio que nos lleva a participar en las celebraciones, que nos introduce de lleno en el Misterio…

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