La misa me aburre

Eucaristía 9El argumento más frecuente que los jóvenes esgrimen en sus respuestas es: «Es que…, la misa me aburre».
«Me aburro» suele ser una de las razones que más expresan los jóvenes para no ir a misa. Y no cabe duda de que en muchas ocasiones tienen sobrados motivos para ello, porque el panorama con el que, a veces, se encuentran es lamentable: misas grises, celebradas sin vigor ni gracia, donde la participación e interés son mínimos; lecturas mal leídas; predicaciones insulsas, ubicadas en el reino de lo etéreo e intemporal; comunidades muertas donde cada uno va a cumplir con su religiosidad particular …
No es extraño que se aburran y hasta sufran en determinadas
celebraciones.
Pero…, vayamos al meollo del tema, porque quiero que no se aburran más, que no te aburras más tú, en concreto, joven o mayor, que lees estas letras.
En primer lugar. ¿No te parece que hay personas que van a misa buscando un espectáculo que les entretenga? ¿No opinas que hay cristianos que están en misa, como si no estuvieran? No escuchan lo que Jesús les dice, no rezan, no hablan con Él… En definitiva, están en la luna durante toda ella, y luego dicen que se han aburrido. Es como si fueran a ver la mejor película, estando en Babia, no se enteran de lo que allí sucede. Saldrán de ella, lógicamente, diciendo que ha sido un rollo de película y que se han aburrido soberanamente.
Una primera actitud que te invito a cultivar y mimar. Si quieres dejar de aburrirte en las celebraciones de tu parroquia, vete con los cinco sentidos bien abiertos. Vas a encontrarte con Jesús; vas a escuchar lo que Él te dice; te vas a comunicar con tu Padre; vas a participar del pan que Dios nos da… ¡Va a ser un día importante en tu vida! ¡Es una cita singular la que tienes!
Segundo. Una misa bien preparada, bien presidida y bien celebrada, ayuda. Lo sé. Pero, a menudo, no está en manos de los que a ella acudimos el cambiar su estilo, cambiar a las personas que asisten y, menos aún, cambiar al sacerdote y su forma de comportarse o predicar.
Si lo estuviera, miel sobre hojuelas. Pero si no lo está, ¿qué hacer?, ¿darnos de golpes contra una pared?, ¿marcharnos de la iglesia y privarnos del gozo de la celebración de la Eucaristía?.
Acepta esto, con realismo y convencimiento: las celebraciones eucarísticas de nuestras parroquias siempre dejarán mucho que desear, siempre podrán ser mejoradas para que dejen aparecer el espíritu de la Última Cena. Nuestras comunidades cristianas, por otra parte, siempre serán defectuosas, siempre serán mediocres. Y en la Iglesia siempre habrá buenos y malos presidentes de la celebración. Tenlo muy presente, te aliviará de muchos dolores de cabeza y te permitirá suprimir una de las barreras que impide a algunos cristianos poner el acento en lo fundamental y disfrutar de la Eucaristía.
Pero, a la vez, recuerda lo siguiente: detrás de esas eucaristías que te parecen tan poco atractivas y hasta insulsas; detrás de esa tu comunidad defectuosa en la que a menudo te sientes un extraño; detrás de esas misas que te aburren; detrás de ellas…, está la presencia del Resucitado que llega hasta ti.
Este bello texto de Paul Jounel te lo explica mejor de lo que yo pueda hacerlo:
«Esa asamblea, tan pequeña y tan pobre, como resulta algunas veces, es la imagen de la Iglesia… Ella es la Iglesia. Esto es verdad lo mismo en esa reunión de unos pocos fieles reunidos en torno al altar en invierno en una iglesia fría, igual que en las muchedumbres que se reúnen en los viajes del Papa, a través del mundo. Algunos han llegado con retraso, demostrando así poco entusiasmo al responder a la convocatoria de Dios; la mayor parte no tiene el rostro radiante de la alegría de la Pascua. El órgano puede tener disonancias; el canto puede salir desafinado; la homilía no es siempre muy adaptada. Ahora bien, en la asamblea, lo que importa ver y contemplar es lo invisible».

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