La navidad violada

belen-profanoProbablemente debo comenzar estas líneas advirtiendo noblemente a mis posibles lectores del peligro que corren prosiguiendo la lectura de este artículo. No va a serles cómodo. Yo mismo voy a pasar un mal rato escribiéndolo: gritar no es un deporte divertido. Y hoy -me guste o no- siento la necesidad de escribir estas líneas con las uñas.
Empezaré diciendo la verdad: cada año el aproximarse de las navidades me pone más triste.
No como persona: las calles encendidas, la alegría folklórica de los escaparates, el calentarse de la vida familiar, son cosas que entusiasman a cualquiera y a mí no menos que a los demás. Pero me pongo triste como cristiano. No lo puedo evitar: la Navidad me huele a la más gigante farsa que jamás se inventara.
Cada año más las veo como una especie de carnaval gastronómico-lujoso que nos hemos montado con la disculpa de festejar el nacimiento de Cristo.
Recuerdo que hace algunos años un grupo de Acción Católica pensó hacer una campaña para -es vertiginoso que tengan que hacerse campañas para esto- «cristianizar las navidades”, y escogieron un «slogan” para unos carteles que habrían de colocar en la ciudad y escogieron éste: «Por favor, no echéis a Cristo de vuestras navidades”. La frase estuvo entonces pegada como un grito en muchas esquinas. Hoy me pregunto si no fueron ingenuos pidiendo que no echaran a quien hace ya siglos fue exiliado de nuestras alegrías.
«Fiestas cristianas” decimos. Pero no es verdad: los dioses navideños son el pavo, el turrón y el champagne. O el cotillón y la gamberrada colectiva de la nochevieja. Su Majestad el Despilfarro -el dios más anticristiano inventado jamás- es grotescamente entronizado en cientos de miles de corazones de comunión diaria.
Claro que no parece que la redención de las navidades pueda venir por la carretera del sentimentalismo. El pequeño Jesusito de mazapán y tonterías no tiene demasiado que ver con la desgarradora aventura de Belén y uno se pregunta si ciertas lágrimas emocionadas, derramadas junto a los «nacimientos», no tendrán el objeto de nublar la mirada para no ver lo que en esos «nacimientos” se recuerda.
Voy a decirlo de una vez: la encarnación de Cristo es un misterio que me produce vértigo. Góngora escribió una vez que este «salto” de Dios era más grande que el mismo del Calvario, pues -decía- «hay más distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto» Claro que nosotros -para que el misterio nos resulte «digerible,,- hemos cuidado muy bien de no tomarlo completamente en serio y pensamos que «Dios se vistió de hombre» como cuando los reyes y ministros se ponen un traje de minero y descienden con él a la mina … sabiendo que lo cambiarán un par de horas después por su confortable vida.
Pero aquello de Belén fue algo bastante diferente. Dios asumió una carne de hombre que le ataba a la muerte, a la soledad, al miedo y a la angustia. Si el parto de Belén se hizo sin dolor, no se hicieron sin dolor el frío de la noche de la huida, ni la tragedia de ser el más joven exiliado de la historia, ni el sudor de la carpintería o la soledad del incomprendido. Todo eso empezó en una Navidad que nosotros hemos embadurnado de confitería como un purgante camuflado de azúcar.
Pero, entonces ¿qué hacemos de la alegría navideña tantas veces predicada? ¿No es acaso la Nochebuena una cima de infancia? Sí, sí, pero la infancia no es una etapa rosa. Hay una luz tan grande que sólo ilumina a quien tiene bien fuerte la mirada.
Dejemos las metáforas y digamos del todo la verdad: nuestro modo de vivir la Navidad -por paganizada o por sentimentalizada- es un signo visible del gran fraude que los que nos llamamos cristianos jugamos a diario con Dios, a quien utilizamos mucho más que servirle. Grahan Greene lo dijo con una frase tajante: “Dios nos resulta cómodo porque tomamos ante él la misma postura que ante el sol: nos colocamos lo suficientemente lejos de él para aprovechar su calorcillo y huir su quemadura.»

Y Antonio Machado lo dijo aún mejor cuando definió a Dios con aquellos versos que le comparaban también con el sol:
«Era ardiente, porque daba
calores de rojo hogar.
Y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar».

Esto ya es otra cosa: un Dios que es un hogar que calienta y en cuyo seno se puede uno abrigar y que, al mismo tiempo, es una luz que, a la vez que ilumina, despelleja los ojos, este Dios sí, ya es cristiano.
¿Estoy diciendo con todas estas líneas que las navidades habrán de ser ácidas si quieren ser cristianas? No, evidentemente. Pero sí estoy gritando que unas navidades de pura sacarina poco tienen que ver con lo que Cristo hiciera en la gruta de Belén. Allí hubo luz y paz y ángeles, pero hubo también amor, entrega al hombre y un Dios que se vaciaba de su propia grandeza para entrar en un seno de mujer. Pero nosotros -hábiles- hemos seleccionado los pedazos de Dios que nos convienen: elegimos la pandereta, el alegre estallido de los corchos de champagne. Y que a los pobres, el amor, la caridad y la justicia los parta un rayo o los socorra Dios.

¿Estoy diciendo con todas estas líneas que las navidades habrán de ser ácidas si quieren ser cristianas?” No, por favor. Sé muy bien que la solución no estaría en pasar de la sensiblería al melodrama, sino en descubrir la verdadera alegría que nada tiene que ver con la frivolidad. En Belén Dios se hizo pequeño, pero no se convirtió en muñeco.
Lo mismo que más tarde se convertirá en pan, pero no en una tarta.
Habría que empezar por tomar la Navidad radicalmente en serio, como el día en que Dios se embarcó en la raza humana y cambió el sentido todo de la vida de los hombres. Al hacerse uno de nosotros nos explicó que Él no era el soberano faraón de los cielos, sino nuestro Padre, alguien interesado en la vida del más pequeño de los suyos. Ese día nació, pues, de veras la gran fraternidad. Sí, la fraternidad: esa es la única respuesta posible a la Navidad. Pero claro, la fraternidad no puede consistir en regalar una tableta de turrón a la mujer del portero o en soportar menos ácidamente por una noche la chochez del abuelo. La Navidad tiene que ser otra cosa. Algo parecido a lo que fue la locura de Belén hace 2016 años. Algo que trastornaría nuestra existencia humana. Algo que nunca construiremos en la tierra. Algo que, sin embargo, tenemos obligación de construir.
Por eso tendremos que tenerle mucho miedo a esas Navidades que pueden ser una coartada de la fraternidad, una sacarina que nos engañe, un amor descafeinado. Todo eso no tiene que ver con lo que ocurrió en Belén. Cierto que allí hubo luz y paz y ángeles. Pero hubo también amor, vertiginoso amor, nada menos que un Dios que se vaciaba de su propia grandeza para entrar en el seno de una mujer.
Sólo que nosotros, hábiles, hemos seleccionado los pedazos de Dios que nos convienen: elegimos la pandereta, el alegre estallido de los corchos de champagne. Y que a los pobres, el amor, la fraternidad, la caridad y la justicia los parta un rayo o los socorra Dios.

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Un pensamiento sobre “La navidad violada”

  1. ¡Chapó! Menudo articulo. Deseo nos sirva para que cada día abramos nuestros ojos y mostremos de verdad el lado auténtico de la Navidad. Felicidades.

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