La Navidad

NavidadTengo que confesarles, queridos amigos, que siempre que comienzo a hablar de la Navidad lo hago con una extraña mezcla de alegría y de terror.

Alegría porque la idea de la Navidad me evoca el calor del hogar, la alegría de los niños, la ternura de la fe, la fraternidad entre los hombres.
Terror porque no puedo nunca quitarme de la imaginación la idea de que la Navidad es una gran farsa consumístico-gastronómica que hemos montado con la disculpa de festejar el nacimiento de
Dios, pero de tal manera que los verdaderos protagonistas de la Navidad sean el turrón, el pavo y el champagne o el cotillón y la gamberrada colectiva.
Temo que la fiesta de la fraternidad sea por el contrario el estallido del egoísmo. Y temo que su majestad el Despilfarro -el dios más anticristiano inventado jamás- reine durante estos días en cientos de miles de corazones de comunión diaria. Temo que
Belén sea una disculpa. Temo que Belén sea para los ateos una fábula y que los cristianos vivan la Navidad como si fuera una fábula.
Hace años, cuando era yo un curilla recién salido, un grupo de muchachas decidió organizar una campaña para “recristianizar” la Navidad. Y me pidieron un «slogan» para unos carteles que proyectaban pegar por todas las esquinas de la ciudad. Yo les di éste: “Por favor, no echéis a Cristo de vuestras navidades”. Hoy me pregunto si no fui un ingenuo pidiendo que no echaran de la Navidad a quien hace siglos fue exiliado de nuestras alegrías.
Los hombres somos muy curiosos en las cosas de Dios. Decía Graham Greene: “A los hombres les gusta tener a Dios lejos, como al sol, lo suficiente lejos para aprovecharse de su calorcillo y huir de su quemadura”. Pero Belén es Dios que se mete en casa.
Y entonces lo camuflamos como mazapán o como esas purgas que nos ponen en tabletas de azúcar.
Escribió Antonio Machado: “Anoche cuando dormía / soñé, bendita ilusión / que un ardiente sol lucía / dentro de mi corazón. / Era ardiente, porque daba / calores de rojo hogar / y era sol porque alumbraba / y porque hacía llorar”.
Navidad es: hogar ardiente, luz que alumbra y hace llorar. Atreverse a acercarnos a la realidad de Belén.
Recuerdo siempre en estas fechas la puerta de la Basílica de la Natividad, en Belén. Una puertecilla pequeñísima, de no más de un metro veinte de altura. Es una puerta que se hizo así por razones históricas. En la Edad Media no era infrecuente que los soldados entraran en las iglesias a caballo, atacando a los fieles reunidos en oración. Para defenderles, se tapiaron muchos de los hermosos arcos góticos y se dejó este tipo de puertas diminutas por las que sólo se puede entrar de dos maneras: o siendo un niño, o agachándose.
Por eso creo que la Navidad sólo puede pregonarla un niño.
¿Cómo fue la primera Navidad? Una gran soledad. Vino Cristo al mundo y ni los periodistas se enteraron. El mundo siguió rodando: Roma, Atenas, Alejandría. ¿Y los interesados?
El emperador Augusto: “Cuando Cristo apareció entre los hombres, los criminales reinaban sobre la tierra. Cesar Augusto Octaviano habíase mostrado cobarde en la guerra, vengativo en las victorias, traidor en las amistades, cruel en las represalias. A un condenado que le pedía, por lo menos, que le sepultasen después de matarle, le respondió:
“Eso es cosa de los buitres”. Obtenido el imperio y dispersos los enemigos, conseguidas todas las magistraturas y potestades, se había puesto la máscara de la mansedumbre y no le quedaba, de los vicios juveniles, más que la liviandad. Se contaba que, de joven, había vendido dos veces su virginidad: la primera vez a César; la segunda, en España, en Irzio, por trescientos míl sestercios. A la sazón se divertía con sus muchos divorcios, con las nuevas nupcias con mujeres que arrebataba a sus enemigos, con adulterios casi públicos y con representar la comedia del restaurador del pudor. Este hombre, contrahecho y enfermizo, era el dueño de Occidente, cuando nació Jesús y no supo nunca que había nacido quien había de disolver lo que él había fundado” (Historia de Cristo de Giovanni Papini)

No eligió el mejor de los mundos, bajó a este nuestro corrompido y sucio. Y eligió para nacer un poblacho: Belén, el histórico solo tenía 200 habitantes. Ni ríos, ni nieves, ni casitas rojas. No era el
Belén de los sueños. Y se encontró con la despreocupación de los parientes, la estupidez del posadero: campeonato de tontos de la historia, lo ganaría.
¡Menudo negocio que perdió para él y todos sus descendientes!
Entra en el mundo por la puerta de la pobreza.
El portal sin escayolas, sin tartas color rosa y crema.
Grutas como hay tantas. Como la de Belén de hoy donde no se puede elevar mucho el cáliz. No habría el turismo de hoy ni la división: griegos, captas, católicos.
Nadie se enteró. Y eso que la propaganda estaba bien hecha: los profetas durante siglos, una estrella. Pero la gente no vio la estrella porque nadie mira al cielo. Y no lo reconocieron porque esperaban a otro. Esperaban el poder, el lujo, la violencia y vino la debilidad, la pobreza, la paz. “Esperaban un rey, un general o, por lo menos, un guardia civil y vino un bebé”. Un bebé.
¡A quién se le ocurre!
El mundo no comprendía que Dios fuera tan sencillo y corrió con sus guirnaldas sus diademas, sus anillos a camuflar a este Dios que sólo quería ser niño.
Belén era un gran escándalo que ponía al hombre en ridículo.

Si Dios se hubiera encarnado en un notario, en un químico, un carabinero, un buzo, un almirante, un obispo, un guardia, un farmacéutico, el mundo hubiera entendido.
¿Más cómo reconocer en un bebé al Infinito?
El mundo no termina de entender lo que allí ocurrió. Nos parece que Dios se disfrazó de hombre, se vistió de hombre como los ministros cuando bajan a la mina y se ponen un casco y un mono de minero. Pero no fue eso: se hizo hombre con todos los agravantes.
Nos impresiona que muriera, no que se hiciera hombre. Góngora: “Hay mayor distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto”. El salto era grande. Pero al hacerlo cambiaba el concepto de hombre y el de Dios. “Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser”
(Ortega y Gasset).
Y el concepto de Dios, era un Dios a quien ya se podía amar y no sólo reverenciar. Era un Dios que venía. Otras religiones: el hombre va hacia Dios, en la nuestra viene. Era un Dios comprensible, en calderilla. “Nadie puede amar una cosa, a menos que pueda rodearla con los brazos” (Fultón Sheen). “Lo difícil no es creer que Cristo sea Dios. Lo difícil sería creer en Dios si no fuera Cristo” (Joseph Maleque) Y es un Dios pobre. Entra por la puerta de la pobreza, escandalosa. Ya el hereje Marción en el
siglo II se escandalizaba de este Dios indigno: “Quitadme esos lienzos vergonzosos y ese pesebre, indigno del Dios a quien yo adoro”. No era un faraón, era un niño inerme que hacía pucheros y no sabía hablar ni buscar el pecho de la madre.
La gran revelación es que Dios nos ama, es uno de nosotros. Pero veinte siglos después no se le entiende mejor, ni nos escandalizamos menos. Hoy los políticos siguen creyéndose los únicos importantes. Los Herodes de hoy son los celos de Dios.
Los Augustos de hoy no se enteran. Los posaderos de hoy son los sagrarios abandonados, las misas desiertas. La gente del pueblo son el turrón, el mazapán, el jolgorio. La gran farsa consumista-comercial-sentimental. Los que no ven la estrella de Dios.
Si hoy apareciera una estrella nueva ¿quién la vería?
Los sabios eclesiásticos que sabemos todo menos lo importante, que seguimos teniendo miedo a la pobreza, a las manos del carpintero.
Hoy, como entonces, solo hay tres puertas para llegar a Belén: la ingenuidad infantil de los pastores, la audacia intrépida de los magos, y la fe y la entrega de María y José. Los pastores analfabetos, mal vistos (ladrones, asaltadores, no válidos como testigos) supieron entender sin pruebas y correr como niños.
Los magos paganos, gente que exponía mucho. Sus reinos perdidos (Cernuda) con mucho de audacia y locura. María desde su fe oscura, desde su amor total.
Hay que regresar a la infancia para entrar en Belén. Dentro de todos hay un niño dormido ¿o muerto? El hombre tiene que despertar a ese niño porque es lo mejor de él. Así lo expresó el poeta francés Charles Peguy:

Los hombres se llenan de experiencia -dicen ellos-,
ganan en experiencia, aprenden de la vida
y amasan experiencia, cada día.
¡Vaya tesoro!, dice Dios.
Un tesoro vacío,
un tesoro de alejamiento y envejecimiento,
de arrugas e inquietudes.
¡Venga, atesorad ese tesoro en vuestros
graneros vacíos!
¡No haréis sino acrecentar el tesoro de vuestras
penas y miserias
y amontonar sacos de preocupaciones y tristezas!
Decís que acrecentáis vuestra experiencia
pero lo que hacéis es ir descendiendo y
disminuyendo y perdiendo cada día.
Lo que vosotros llamáis experiencia
Yo -dice Dios- lo llamo desgaste
y disminución y pérdida de esperanza.
Yo lo llamo desgaste pretencioso
y pérdida de la inocencia,
una constante degradación.
Porque es la inocencia la que está llena
y la experiencia la que está vacía
la inocencia quien gana
y la experiencia quien pierde
la inocencia la que es joven
y la experiencia la que es vieja,
la inocencia la que cree
y la experiencia la que es una descreída,
la inocencia la que sabe
y la experiencia la que ignora.
Se manda a los niños a la escuela, dice Dios,
pero yo pienso que es para que olviden
lo que saben.
Estaría mucho mejor enviar a la escuela
a los padres
porque son ellos los que la necesitan,
siempre, naturalmente, dice Dios,
que fuera Yo el maestro de esa escuela.
Feliz, dice Dios, el que siga siendo un niño
y guarde la inocencia primera.
Mi Hijo, dice Dios, se lo dijo a los hombres
sin ninguna clase de atenuantes,
porque hablaba clara y firmemente:
Feliz no solamente el que siga siendo
como un niño,
sino, exactamente, feliz el que es niño,
el que ha permanecido siendo niño,
exacta y precisamente el niño que ha sido
puesto que justamente se ha concedido
a todo hombre
el don inapreciable de haber sido niño de pecho,
esta bendición, esta gracia.
El Reino de los cielos no será sino de ellos”.

Está también el camino de los magos: el camino de la audacia y la locura porque hace falta audacia y locura para creer en un mundo que no cree, para no divinizar el dinero, para creer en el trabajo, para creer en el amor, para creer en la amistad. Pero estos locos encontrarán a Cristo. Y existe el camino del amor como María. Que le encuentra porque le lleva dentro, que le posee porque le regala entero, que después de dar a luz se queda llena porque se queda vacía.
No temáis a la alegría, pero que no se quede en champagne.
Sed felices en vuestra familia, pero que no os olvidéis del centro de esa familia. Sobre todo despertad al niño que lleváis dentro: la puerta de la basílica de Belén. Veo en vosotros los niños que fuisteis. Os diría lo que Bernanos dijo a un grupo de niños: “No os olvidéis nunca de que este mundo odioso se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre combatida, siempre renaciente- de los santos, los poetas y los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores!”

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