La puerta de Belén, símbolo de Navidad

Puerta de BelénHay un texto de Papini que siempre me ha impresionado extraordinariamente. Está en su Vida de Cristo y dice así:

«Jesús, a quien nadie llamó padre, se sintió especialmente atraído por dos categorías de hombres: por los niños y por los pecadores. La inocencia y la caída eran para él prendas de salvación. La inocencia, porque no necesita limpieza alguna. La caída, porque el pecador siente más agudamente la necesidad de limpiarse. Los que están verdaderamente en peligro son los que están en medio: esos que están medio corrompidos, medio intactos; esa gente que está manchada por dentro y quiere parecer cándida y justa; todos los que han perdido la limpieza nativa que tenían en la infancia y ahora no son capaces de sentir el mal olor que les sale del alma.»

Siempre que leo estas palabras me acuerdo de la puerta de la basílica de Belén. Ustedes saben que la iglesia que en Belén alberga la gruta de la Natividad tiene una puerta pequeñísima, de poco más o menos un metro y veinte de altura. Es una puerta que se hizo así por razones históricas. En la Edad Media no era infrecuente que soldados otomanos o jenízaros entrasen a caballo en las iglesias cristianas, atacando a los fieles reunidos en oración. Para mejor defenderles se tapiaron muchas de las antiguas puertas y se dejaron estas otras muy diminutas por las que sólo se puede entrar de dos maneras: o siendo un niño, o agachándose.

Me parece a mí que esta puerta es el símbolo perfecto de la
Navidad. Sólo se puede entrar en ella o siendo niño, o agachándose. O teniendo el corazón infantil o teniéndolo arrepentido.
Sintiéndose puro o experimentándose pecador. Sobre el portal de Belén debería colocarse un rótulo que dijera: Prohibido para mayores, prohibido para los de alma vieja.
Ésa es la razón por la que, en Navidad, procuramos dar siempre un protagonismo a los niños. No sólo porque son encantadores, sino sobre todo porque son una acusación, un reproche vivo para los mayores. Nos gustaría que, cuando ustedes los vean, no se limiten a decir: i Qué monos! ¡Pero qué ricos son!; sino que se pregunten: ¿Por qué yo ya no tengo esa pureza y esa ingenuidad? ¿Qué me queda a mí de la fe luminosa que yo tuve? Así, después de reconocernos pecadores, después de comprobar que hemos perdido lo mejor que Dios nos dio al nacer, podremos acercarnos a Belén, ya que no como niños, al menos como arrepentidos, como avergonzados. Sólo así, agachando la cabeza, podremos cruzar esa puerta reservada a la infancia.

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