Las soledades del anciano

anciano-soloQueridos ancianos:

Hay una realidad en la vida de los mayores a la que tendríamos que darle una mayor valoración e importancia. “Las soledades del anciano”. Y que conste que hablamos no de “soledad” sino de “soledades”. Porque en el anciano hay soledad y soledades. Mientras vive la pareja, es posible que se peleen, que se enfaden. Que si el abuelo ya no oye bien y la abuela está cansada de gritarle. Que si la abuela quiere mandarlo todo y el abuelo no se deja. Es su vida. Es su propia salsa. Pero, mientras tanto, se sienten acompañados el uno del otro. Mutuamente se necesitan. Mutuamente se acompañan. Y mutuamente se sienten protegidos.
El problema surge cuando se muere uno de ellos. Es entonces cuando el otro se siente como esas canoas de los ríos amazónicos a la que se le ha roto un remo. Y con uno solo lo único que hace es dar vueltas sobre sí misma. En su entorno se crea un vacío enorme.
Hay ancianos que sienten tan hondamente este vacío y esta soledad de su compañero o compañera que pierden las ganas de vivir. “Yo también me quiero ir”. Es entonces cuando más sienten sus limitaciones y hasta su inutilidad. En mi experiencia sacerdotal, me he encontrado con muchos ancianos que sienten de tal modo ese vacío que viven espiritual y sicológicamente desconsolados.
Su soledad puede ser ya grande cuando los hijos se van de casa y ellos vuelven a quedarse solos como cuando comenzaron. Claro que con la gran diferencia. Cuando comenzaron vivían prendidos de la esperanza de los hijos. Ahora viven con la pena y el sentimiento no de lo hijos que vendrán sino de los hijos que se fueron.
Pero, aún entonces, quedan ellos dos. Queda el uno con el otro y para el otro. Solos sí, pero solos a dos. Mas cuando fallece uno de ellos, entonces es la soledad de uno solo. A solas consigo mismo. Saben que su edad los distancia del resto. Son conscientes de que ni ellos sintonizan como el mundo joven de los hijos y de los nietos. Ni éstos logran entenderles a ellos. Es ahí donde la soledad se hace espesa, cargada y pesada.
Tenemos que reconocerlo. Disponemos de pocos recursos y ayudas para este tipo de personas. Y esto ni social ni espiritualmente. ¿De qué resortes disponemos nosotros en las Diócesis, en las parroquias para alimentarles espiritual y pastoralmente? Temo no ser suficientemente realista. Pero mi impresión es que nuestra pastoral es un tanto supletoria, marginal, una pastoral como quien dice secundaria y de segunda mano.
¿Disponemos de agentes preparados para este tipo de atenciones?
¿Disponemos de materiales que ofrecerles?
¿Disponemos de una planificación pastoral para ellos?
¿Disponemos de espacios parroquiales para ellos?
Es posible que en mi cabeza existan más interrogantes que respuestas. Pero creo que puede ser válido, al menos, el tomar conciencia del problema.

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