Limpiar la mirada

mirada de niñoTodos conocéis (al menos los que tenéis “taitantos” años…) aquella copla que se cantaba hace un tiempo:

Tres cosas hay en la vida:
salud, dinero y amor.
El que tenga estas tres cosas
que le dé gracias a Dios.

Y yo no sé si vosotros habéis pensado alguna vez en el tremendo egoísmo que esta copla encierra. Porque, naturalmente, cuando la cantamos de lo que queremos hablar es de mi salud, de mi dinero, del amor que los otros me tienen a mí y no del que yo puedo y debo tener a los demás.
Pero lo más grave, me parece, es que, encima, embarquemos a Dios en ese egoísmo nuestro, como si Él sólo tuviera que preocuparse de mi persona, mi dinero, mi salud, y ni a Él ni a mí debiera preocuparnos la salud de los demás, el dinero de los demás y el que los demás sean amados.
Yo pienso que, para que esta copla empezase a ser cristiana, habría que cambiarla un poco. Y decir:

Tres cosas hay en la vida:
salud, dinero y amor,
el que tenga estas tres cosas
y las guarde para él solo
que pida perdón a Dios.

Me impresionó el dibujo de una niña de catequesis que resumía en dos frases lo que estoy diciendo.
La primera decía: “Tu problema es vivir mejor”; la segunda añadía debajo: “El del Tercer Mundo es sobrevivir”.
Sí, eso es; mientras nosotros nos pasamos la vida diciendo que “la vida se está poniendo imposible con el euro”, hay gentes para quienes esto no es una metáfora, sino una realidad sangrante. A nosotros nos sangra el alma si tenemos que apretarnos un poco el cinturón y hay gente que no tiene cinturón desde que nació.

Pero somos tan endiabladamente egoístas que sabemos no ver a todos esos hambrientos. Como están lejos de nosotros, nos parece que no existen. Nos hemos convencido de que nosotros somos el ombligo del mundo y pensamos que no hay más problemas que los nuestros.

Me impresionó un dato que refleja dramáticamente nuestro orgullo de europeos. ¿Sabéis vosotros que hasta los mapas que usamos ordinariamente están falsificados para dar la impresión de que Europa es el centro del mundo y de que es mucho mayor de lo que realmente es?

Tomad cualquiera de los mapas que vienen en los Atlas y comparad el tamaño que en ellos se atribuye a Europa con el que se atribuye a Suramérica. Son más o menos lo mismo. Y, sin embargo, Europa tiene nueve millones de Kilómetros cuadrados y Sudamérica dieciocho.

Comparad el tamaño de África con el de Rusia y Siberia. Os parecerá que Rusia es el doble de grande que África. Pues Rusia tiene 22 millones de Kilómetros, y África 30. Comparad ahora el tamaño que le damos a Europa con el que damos a China. Europa parece el doble que China. Y en kilómetros cuadrados son iguales…

Es cierto que esos mapas se hicieron así por un error de Mercator en el s. XVI que, al trasladar a superficie plana las medidas de un mundo esférico, achicó las zonas del Sur y agrandó las del Norte, pero, en el fondo, expresa ese egoísmo europeo de quienes nos creemos el Primer Mundo y dejamos a los países pobres como una coletilla de nuestra importantísima condición humana.

Tendríamos que empezar por abrir los ojos y descubrir que el mundo es más grande que nuestro ombligo. Tal vez después también entendiéramos que todos somos hermanos y que una verdadera familia no es la suma de unos pocos felices y unos muchos desgraciados.

Todos conocéis aquella simpática y profunda historia judía: “Un rabí preguntó a sus discípulos: ¿Cómo puedo señalar el momento en que termina la noche y comienza el día? Uno dijo: Cuando seas capaz de distinguir desde lejos una palmera de una higuera. El rabí contestó: “No, no es eso”. Dijo otro discípulo: “Cuando se puede distinguir una oveja de una cabra, entonces cambia la noche al día”. “Tampoco”, respondió el rabí. “¿Cuándo es ese momento?” preguntaron impacientes los discípulos.
“Cuando tú miras al rostro de un hombre o una mujer y reconoces en él a un hermano o hermana, entonces se ha acabado la noche y ya empieza el día.
Nos falta esta mirada para que la noche de nuestro mundo se transforme en una mañana luminosa…

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