Los cuatro jinetes del apocalípsis familiar

familia 5¿Cómo se llega a la «muerte» de la familia? A veces, la conciencia del final de una relación familiar normal parece caer sobre todos sus componentes como una dolorosa sorpresa. En realidad existen «señales de peligro». Existe sobre todo una espiral negativa de interacciones, emociones y actitudes que lleva a la desintegración del amor familiar. Este derrumbamiento sobreviene de ordinario pasando por cuatro fases previsibles que un estudioso, John Gottman, ha definido como «los cuatro jinetes del Apocalipsis»: la crítica, el desprecio, la reacción defensiva y el muro del silencio. Estos cuatro factores producen graves daños también en la relación entre padres e hijos.

El primer jinete: la crítica

Entre refunfuñar y criticar hay una diferencia crucial. Las quejas tienen como objeto un comportamiento específico, mientras que la crítica ataca a la persona.
Mientras que una queja, o un reproche, afirman simplemente un hecho, la crítica es con frecuencia expresión de un juicio e implícitamente sugiere que la persona criticada debería ser distinta de como es. Supone que un hijo tiene un defecto irremediable. La crítica se expresa de ordinario en términos globales: «Tú no me ayudas nunca en las cosas de la casa»; «Tú estás siempre llamando por teléfono».
La crítica es habitualmente expresión de una frustración alimentada en silencio y de cólera reprimida. El resultado puede ser devastador. La crítica enfila una tras otras una sarta de quejas no relacionadas entre sí: «Sales siempre tarde para ir al colegio. Dejas todo en desorden. Nunca me dices a dónde vas. Te vistes que da pena. Hace meses que no vas a ver a tu abuela. En el colegio eres un desastre y sigues sin estudiar nada. Tus amigos me parecen todos unos cretinos».
El mejor modo de evitar este tipo de críticas tan hirientes es afrontar los conflictos y los problemas apenas surgen.
No hay que esperar a estar tan rabiosos y ofendidos que no se aguante más. Es necesario expresar la cólera o el disgusto de modo definido y dirigirlos hacia las acciones del hijo en vez de hacerlo contra su personalidad y su carácter.
Es importante concentrarse en el contexto en que se está y abstenerse de afirmaciones generales. Cuando se expresa insatisfacción hay que evitar palabras como «deberías haber…», «siempre estás…», «no eres nunca…».

El segundo jinete: el desprecio

El desprecio es una crítica llevada al extremo. Un padre que desprecia a su hijo intenta realmente insultarlo o herirlo psicológicamente. El desprecio nace ordinariamente del disgusto o el fastidio que provoca el hijo, de la desaprobación de su comportamiento y del deseo de vengarse. Cuando se siente desprecio, la mente se llena de ideas mezquinas: mi hijo es un ignorante, un incapaz, un idiota. Poco a poco, el agrado, los pensamientos afectuosos, los gestos de ternura… los va quemando una feroz desilusión. Las atenciones y los sentimientos positivos quedan aplastados por las emociones negativas y un distanciamiento feroz.
Un padre puede reaccionar ante las expresiones de cólera de su hijo de modo despectivo y denigratorio, corrigiendo, por ejemplo, la gramática de las frases que el otro ha proferido mientras estaba lleno de ira. El lenguaje corporal puede revelar la falta de respeto o de confianza hacia el otro. Se abren los ojos de manera exagerada, se sonríe mordazmente.
Como el desprecio puede minar la admiración y los sentimientos de afecto, el antídoto consiste en descubrir el amor dormido, recordar los momentos más bonitos, mirar juntos las viejas fotografías. Pasar juntos algún tiempo. Es absolutamente vital invertir la corriente mientras se está a tiempo. La pérdida de estima es un corrosivo implacable de los sentimientos.

El tercer jinete: la reacción defensiva

Cuando en la familia hay «atacantes», los demás se sienten movidos, naturalmente, a adoptar una actitud defensiva. La reacción defensiva crea graves problemas, porque el que se siente asediado no escucha ya, sólo busca hacerse con un escudo protector, vive atrincherado. Aún mas, a veces reacciona negando toda responsabilidad («No es culpa mía, han sido mis amigos los que me han arrastrado»); otras, inventa excusas o miente descaradamente («Habría ido con mucho gusto a ayudarte, pero tenía mucho que estudiar para los exámenes»).
La clave para abandonar la actitud defensiva es escuchar las palabras de los otros no como si fuesen una señal de ataque, sino como una información útil dicha tal vez con palabras duras.

El cuarto jinete: el muro de silencio

Si padres e hijos no pueden alcanzar una tregua y si siguen dejando que la crítica, el desprecio y la reacción defensiva minen su relación, es probable que encuentren al cuarto jinete: el muro del silencio. Eso sucede cuando uno de los padres o los hijos se encierran en el silencio, porque la conversación se ha hecho insostenible o demasiado caliente. En realidad uno de los dos contendientes se ha convertido en un muro y no da señales de haber oído y comprendido lo que se le dice.
Si no se está dispuesto a dialogar, los problemas se gangrenan Y el aislamiento empeora. El que quiere derribar el muro debe hacer el esfuerzo consciente de escuchar y responder durante las discusiones. Hasta el simple asentir o murmurar «sí… ya… bueno…» durante una conversación da a entender al que habla que se le está escuchando. Estos asentimientos pueden ayudar a mejorar la relación. Desde este punto de partida, es posible llegar a niveles más altos de escucha eficaz, hasta dar con una posibilidad de encuentro.

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