Los enfermos, esos olvidados

Enfermo 11Pocas páginas hay en todo el Evangelio más hermosas que la parábola del buen samaritano. Pocas páginas más actuales también.
Porque, aunque presumimos mucho de los progresos del mundo, aunque hablamos constantemente de los avances de la medicina, la verdad es que ni ha retrocedido la enfermedad en el mundo, ni se puede recorrer hoy un solo camino sin encontrarse en la vida a personas heridas por la enfermedad al borde de nuestras horas.
Impresiona pensar que a esta misma hora hay en los hospitales o en las casas españolas tres millones de hermanos nuestros que llevan la cruz de la enfermedad. Y que a lo largo del año son diez millones los españoles que atraviesan alguna enfermedad más o menos larga.
Pero a estos tres millones apenas se les ve. Sólo en circunstancias muy especiales ocupan sitio en las páginas de los periódicos o en los telediarios. Alguna vez, como en los casos de recientes trasplantes de corazón o de hígado, algunos enfermos conmueven durante unos días nuestro corazón, pero olvidamos que al lado de esos dos o tres casos más llamativos hay otros tres millones de cuya enfermedad la mayoría de los españoles ni se entera ni se preocupa.
De cada diez españoles nueve pasan por la vida sin descubrir siquiera a los hermanos que sufren. Tal vez nos limitamos a decir: «Ah, pobrecitos», pero seguimos nuestro camino sin preocuparnos, damos tal vez un rodeo para que la vista de la enfermedad no nos impresione demasiado.
Tal vez nos preocupamos más en ciertos momentos más agudos de su enfermedad. Pero luego, cuando se trata de enfermedades largas o crónicas, las más de las veces les dejamos en su soledad o nos contentamos con alguna rara visita, hecha más por piedad o por cumplido que por verdadero amor.
En la propia Iglesia ocurre a veces lo mismo. Igual que el
sacerdote de la parábola pasó cerca del herido sin preocuparse en serio por él, podríamos preguntarnos hoy cuántas parroquias españolas tienen seriamente montada una pastoral de sus enfermos. Si hoy se preguntase a muchos sacerdotes cuántos enfermos tienen en su parroquia, los más ni siquiera sabrían contestarnos. Si siguiéramos preguntándonos cuántas tienen
grupos de seglares que les visiten, les ayuden, les quieran efectivamente, descubriríamos que son verdaderas excepciones las que se ocupan de ello. Nos preocupamos de los jóvenes, de la
liturgia, de tener grupos de cantores o de organizar la catequesis de los niños. Pero a los enfermos no se les ve. No llenan nuestros templos. No dan más que problemas. Y se les olvida.
Y, sin embargo, si leemos el Evangelio descubrimos que Jesús dedicó casi tanto tiempo a quererles y a curarles como a predicar su doctrina. Para Jesús fueron los enfermos los preferidos. Su amor hacia ellos era uno de los grandes signos de ese Reino de Dios que Él anunciaba.
¿No tendría también la Iglesia de hoy que bajarse del caballo de sus preocupaciones lo mismo que el buen samaritano de la parábola? ¿No tendríamos que discutir un poco menos sobre nuestros problemas internos, sobre nuestros líos teológicos, y amar un poquito más? ¿No sería lógico que hoy, que se habla tanto de «la Iglesia de los pobres», nos preocupásemos un poco más de quienes tienen la mayor de las pobrezas, la falta de salud?

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