Los sacramentos convocan, evocan y provocan

Bautismo 4

En Teología se dice que los sacramentos convocan, evocan y provocan (o debieran). De los siete sacramentos el más importante es el del bautismo .

Todos los sacramentos han experimentado cambios a lo largo de los años. Al sacramento del bautismo se le ha comparado a un segundo nacimiento. Por ello, desde el siglo IV se construyeron baptisterios con una piscina dentro. Los que eran bautizados se sumergían tres veces en el agua mientras el celebrante pronunciaba la fórmula oficial: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El gesto, la acción lo decían todo. Ver desaparecer al bautizando bajo las aguas y, acto seguido, emerger explicaba gráficamente cómo el hombre viejo ha sido sepultado y surgido el hombre nuevo. Pero el hombre viejo no desaparece con facilidad. Se necesitará la vida entera. Por eso manifestaba San Basilio: ”Toda la existencia humana es el tiempo del bautismo”.

El Bautista bautizaba en las orillas del río Jordán y entre los muchos que se le acercaban, uno de ellos fue Jesús, respecto al cual confesó Juan: ”Yo os bautizo en agua”. Y añadía:”pero viene el que puede más que yo y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. La diferencia se entiende perfectamente.

A quienes en las entrevistas, encuestas o sondeos se les coloca en el apartado “creyentes, pero no practicantes” serían los “bautizados con agua”. Un cristiano del siglo II, llamado Diogneto, escribió una carta preciosa y afirma que “los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su país, ni por su lengua, ni por las costumbres que observan. Pues ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan un idioma extraño, ni llevan un género de vida aparte de los demás. Sin embargo, (y aquí está el secreto) los cristianos dan muestras de una peculiar forma de vida admirable y, según reconocen todos, sorprendente y llamativa (…) Viven en la carne, pero no según la carne”.

Una duda final: Por el bautismo nos hacemos cristianos, es decir, seguidores de Jesús; optamos por Cristo. Pero en nuestro tiempo la mayoría de los que se bautizan son niños con menos de un año. A esa edad difícilmente se opta por Cristo. Sencillamente es imposible. La Iglesia ofrece unos encuentros confiando en la fe de sus padres-madres y espera colaborar con ellos. El problema se complica cuando los padres se confiesan no creyentes ya que la celebración del bautismo exige de los padres un claro compromiso de iniciarle en la fe mientras vaya creciendo. ¡Qué hacer en estas situaciones en las que la decisión se oscurece, se queda en el aire?

El ideal, la meta sería que los padres-madres pudieran susurrar al hijo bautizado palabras como éstas:

“Te bautizamos para que puedas sentirte/ no solo hijo nuestro,/ sino también Hijo de Dios./ Para que tengas/ junto a nuestra familia pequeña/ una gran familia, la Iglesia./ Sí, te bautizamos/ para que el Espíritu de Jesús/ pueda ser tu guía y tu fuerza/ en los días de duda e incertidumbre/ que vendrán/ Te bautizamos/ para que seas una luz de esperanza/ en la noche angustiosa del mundo/ para que seas una gota de agua/ en el desierto/ Te bautizamos/ para que vivas la espléndida aventura/ de sentirte hijo de un Padre/ que te ama desde siempre y por siempre”. Este es el ideal, pero sucede que “las aguas que no se renuevan, se estancan, se pudren./ El amor se muere si no se manifiesta,/ la fe se acaba y languidece, si no se dice./ la fe se apaga, si no se profesa y celebra./ La fe se muere, si no se verifica y vivifica con la práctica de buenas obras”.

¿Los sacramentos que reciben nuestros cristianos convocan, evocan, provocan?… ¿Qué es lo que evocan y provocan?

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