Manos a la obra

Vigilad 2El mundo es como una gran casa solariega donde el Señor Jesús, en nombre del Padre, ha encomendado a cada uno una tarea: a uno cuidar el jardín, a otro de los animales, a otro de la casa, a otro el servicio de la cocina… Cada uno tiene su tarea; todos somos necesarios para que la casa marche bien, la finca produzca fruto abundante y la heredad de Dios se convierta en un paraíso.
En el entretanto, cada uno de los miembros de la casa es libre para hacer lo que quiera: echarse a dormir, trabajar de mala gana, hacer las cosas a medias o desempeñar concienzudamente su cometido. El Señor nos invita a no caer en la trampa de decir: “Bueno, yo creo que el Señor tardará mucho en aparecer, soy joven, estoy lleno de salud y el fin está todavía lejos”…
Jesús, ante esa tentación, la mayoría de las veces inconsciente, insiste: “Vigilad… velad… Estad despiertos…”. Las llamadas de Jesús a la vigilancia son reiteradas.

Es saludable preguntarse: ¿Qué haríamos si hoy mismo nos dieran un diagnóstico grave y nos dijeran que tenemos los días contados? ¿Qué cambios verificaríamos en la vida? ¿Qué querríamos haber hecho? ¿Qué querríamos haber evitado?
He conocido a personas que han sentido inminente su muerte, incluso sacerdotes y religiosos muy generosos. Casi todos afirman que en ese momento experimentan un cambio profundo en la visión de la vida y de las cosas. Casi todos han pedido a gritos a Dios una prórroga de vida.
El catedrático de Psicología, José Luis Pinillos, científico riguroso, cristiano convencido y convincente, ha manifestado sobre su experiencia acerca de su enfermedad y muerte inminente: “Tenía cuarenta y pico de años y cuatro hijos. El diagnóstico era muy duro: padecía un cáncer y se me daba un plazo de vida de unos seis meses. Afortunadamente debió de haber algún error, porque aún vivió muchos años… Pero, dice él, tuve la certeza subjetiva de que estaba muy enfermo y me quedaba muy poco tiempo en este mundo. Durante el Congreso Internacional de Oncología, celebrado hace unos años, conté mis vivencias, porque siempre he pensado que es muy importante la actitud del enfermo frente a su situación, sobre todo en casos graves… Lo pasé fatal. La impresión que produce la noticia es muy profunda. Al principio experimenté una fase de rebelión radical, de negación ante la evidencia del diagnóstico.
Después intenté reaccionar manteniendo a rajatabla todos mis compromisos y proyectos de futuro. Esta actitud es fundamental. Si uno abandona, si uno no lucha con coraje, el proceso es peor. Mi experiencia me ha enseñado que cuando uno se encuentra cerca de la muerte, el mundo cambia, y cambian las perspectivas; dejas de dar importancia a cosas que no la tienen. Para mí, que soy creyente, aquello me sirvió para acercarme más a Dios y profundizar en mis creencias”.

Pinillos quería y pedía una prórroga. La tuvo. Y ha sabido rectificar y emplearse más a fondo en la tarea que Dios le ha encomendado. He oído a otros, en vísperas de su muerte, pedir a gritos una prórroga. Algunos la han obtenido, otros no. Si nos viéramos en una situación semejante, seguramente diríamos: “¡Cuánto hubiera querido haber hecho, haber evitado, haber sido… Si ahora pudiera empezar de nuevo…”.
Imaginemos que se nos ha concedido una prórroga. Ahora tenemos tiempo, podemos hacerlo. Empeñémonos en hacer lo que al final de nuestra vida querríamos haber hecho. Quien lo deja para el final, llega inexorablemente tarde.
Recuerdo a personas que estaban en los lindes de la jubilación. Ante llamadas a participar en actividades humanitarias o eclesiales su respuesta fue: “Cuando me jubile y tenga más tiempo…”. No llegaron a la jubilación. Son muchas las muertes sorpresivas, incluso entre ancianos y enfermos crónicos. El engaño o el autoengaño hacen que, al fin, la muerte sea sorpresiva. Por eso, como sapiencialmente dice el refrán, “lo que puedas hacer hoy no lo dejes para mañana”, porque el mañana puede no existir.

Esperar al Señor no es cuestión de acicalamiento ni de engalanarse con vestido de fiesta, sino de culminar la tarea. En este sentido, hay que decir que no es cuestión de salvarse sin más, sino de salvarse habiendo sembrado todo lo que tenemos que sembrar en la heredad del Señor, pensando que lo que no haga cada uno de nosotros, quedará eternamente sin hacer; no habrá nadie que nos pueda suplir. Lo que yo he de amar, lo que yo he de servir, el testimonio que yo he de dar, la bondad que yo estoy llamado a derramar, la tarea que Dios me ha encomendado no la puede realizar otro más que yo. En este sentido, por más que uno se convierta al final de su vida, por más que se transfigure en un San Francisco de Asís, el mal que hizo y el bien que dejó de hacer serán irreparables e irrecuperables, el vacío que se deja quedará para siempre.
“Agua pasada no mueve molino”, el tiempo perdido no podrá ser fecundo ya jamás. Tal vez no se pierde toda la vida, pero se puede perder parte, una porción importante de ella. En este sentido, dice la Escritura que hay ancianos que han vivido lo que un niño y jóvenes que han vivido lo de un anciano: en pocos años han vivido larga vida”.
La vigilancia cristiana se refiere a una orientación global de la vida: sentirnos en búsqueda de una personalidad más adulta, más libre, más digna, siempre con ganas de vivir más y mejor, de ahondar en el sentido de lo que hacemos y de sentirnos más útiles a la comunidad, de servir mejor. Vigilancia y responsabilidad son dos términos casi sinónimos. La respuesta a la Palabra del Señor que nos invita a la vigilancia la señala San Pablo: “Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, que si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos” (Gá 6,9-10).

email
It's only fair to share...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Print this pageShare on LinkedInEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *