Me dio pena verlo llorar…

anciana llorandoQueridos ancianos:

Sí, no solo los niños lloran, también me ha tocado ver llorar a los ancianos… y los he visto llorar por fuera como también por dentro, las lágrimas de dolor que corrían por los ojos del corazón era más dolorosas.

Uno se siente conmovido por las lágrimas de los niños, pero tampoco somos menos insensibles ante las lágrimas de las mejillas resecas del anciano porque, al fin y al cabo, los ancianos lloran con el mismo sentimiento de abandono y de pena y de miedo que los niños.

No lo conocía, pero su rostro estaba cargado de sufrimiento. No tanto del sufrimiento físico sino del sufrimiento espiritual de su corazón. Comenzó pidiéndome si podía escucharle. ¿Cómo no escuchar a un anciano con lágrimas en los ojos? ¡Claro! Le dije y nos sentamos. Sabía que yo tendría muy poco que hacer. Me bastaría escucharle. Y así fue:

“De niño sufrí mucho. La pobreza era nuestra casa y el frío nuestro mejor vestido. Como tantos otros debí emigrar de mi terruño y llegué a la capital que ni me miró a la cara cuando llegue. Me sentí totalmente perdido. Poco a poco me fui abriendo camino, levantándome temprano y acostándome cuando podía.

Cuando tuve mis tres hijos no quise que ellos repitieran mi vida. Haría lo que fuese necesario para que ellos estudiaran y llegaran a ser personas. Yo no los quería ver arrastrados y sucios. Los tres hicieron carrera. Hoy son profesionales. Siempre soñé con ellos pero ¡qué dura es la vida, Padre! Ahora que ellos tienen con qué vivir y cómo vivir decentemente, casi no saben que su padre existe. No me visitan. Yo creo que se sienten humillados si vienen a mi casita humilde. Por mi cumpleaños ni me llaman. A lo más una llamada de lejos, un cómo estás, en el Día del Padre.

No. Yo no les estoy pidiendo que me sostengan. Si los he podido sacar adelante, también podré salir yo solo pero ¡es el detalle! Padre. ¡Es el detalle! Mi mujercita murió hace unos siete años. Desde entonces estoy solo, teniendo tres hijos. ¡Sólo! No me costaría tanto si no supiese que ellos existen, pero saber que están ahí y no se ocupan de su padre, eso duele y mucho. Mis soledades se quedan conmigo. Mis lágrimas me las tengo que sorber a solas.

No. No les acuso. Deseo que triunfen en la vida. Aunque sea sin la presencia de su padre. No importa. Me han costado demasiado como para que ahora les pida de las migajas de su mesa. Pero duele, Padre. Duele”.

Yo le escuché largo tiempo. ¡No tenía nada que decirle! Las lágrimas ya se le habían secado en la cara. ¿Qué le podía ofrecer? Salimos los dos charlando y le dije: “Bueno, abuelo, ¿y no cree que esto se merece un tragito?” Sonriéndome me dice: “Bebo muy poco, casi diría que no bebo, pero ya que viene de usted…”

Y los dos nos perdimos en un bar, envueltos en la amistad.

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