Me hago viejo, Señor

anciano 6La vejez es para muchos una prueba terrible. Aunque la vida sea con frecuencia difícil, en el momento en que se escapa, muchos tratan de retenerla. Creemos que el mayor sufrimiento está en verse condenado a la inutilidad, causando pena a los otros cuando todavía querríamos servirles.
Es el tiempo de la humildad y de la fe purificada.
La vejez no es camino hacia la muerte sino camino hacia la vida.
La vida por fin plenamente desarrollada y en Cristo por siempre divinizada. Pero es preciso aceptar la dura transformación, el paso a una vida distinta, como el grano de trigo que enterrado ha de morir para convertirse en espiga.
Para la persona de edad ha pasado el tiempo de correr hacia los otros, pero no el de «permanecer en Cristo como él permanece en nosotros» (Jn 15, 4), condición para que el fruto madure.

*****
Permaneced unidos a mí, como yo lo estoy a vosotros.
Ningún sarmiento puede producir fruto por sí mismo, sin estar unido a la vid; lo mismo os ocurrirá a vosotros, si no estáis unidos a mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 4-5).

Jesús dijo:
-Os aseguro que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, parientes o hijos por el reino de Dios, quedará sin recibir mucho más en este mundo, y la vida eterna en el futuro (Lc 18, 29).

Si yo hablo las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Y si tengo el don de hablar en nombre de Dios y conozco todos los misterios y toda la ciencia; y si mi fe es tanta que podría trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si reparto todos mis bienes a los pobres y entrego mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me sirve (1 Cor 13, 1-3).

*****

Me hago viejo, Señor,
y ¡qué duro resulta envejecer!

Ya no puedo correr
ni andar deprisa,
ya no puedo llevar pesadas cargas
ni subir rápidamente la escalera de mi casa.
Mis manos comienzan a temblar
y mis ojos se cansan muy pronto
sobre las páginas del libro.
Flaquea mi memoria,
me oculta fechas y nombres
que hasta hace poco retenía.

Me hago viejo, y los lazos de afecto
anudados durante largos años
se aflojan uno a uno y a veces se rompen.
Se alejan y desaparecen,
más allá del tiempo,
tantas personas conocidas,
tantas personas amadas,
que mi primera mirada al periódico
es para buscar inquieto las esquelas.

De día en día, Señor,
me encuentro más solo,
solo con mis recuerdos
y mis penas de antaño
siempre vivas en mi corazón,
mientras que con frecuencia muchas alegrías
parecen haber desaparecido.

Compréndeme, Señor,
tú que quemaste tu existencia
en treinta y tres años intensos,
tú que no sabes qué es envejecer lentamente
y ver cómo la vida se escapa implacable
del pobre cuerpo herrumbroso,
vieja máquina de ruedas chirriantes
que se niega ya a servir.
y vivir sobre todo para estar, y esperar.

Esperar que pase el tiempo,
un tiempo que algunos días corre tan lentamente
que parece mofarse de uno
y da vueltas y más vueltas
delante de mí,
alrededor de mí,
sin querer dejar sitio a la noche que llega
y permite por fin… dormir.

Señor, ¿cómo es posible que el tiempo de hoy
sea el mismo de antes,
que corría tan rápido algunos días,
algunos meses,
tan rápido que no podía alcanzarse,
y que se me escapaba
antes de que pudiera llenarlo de vida?

Hoy tengo tiempo, Señor,
demasiado tiempo,
un tiempo que se amontona a mi vera,
inutilizado,
y yo estoy ahí, inmóvil,
y sin servir para nada.

Me hago viejo, Señor,
y resulta duro envejecer,
hasta tal punto que algunos de mis amigos, lo sé,
te piden a veces que termine de una vez esta vida
que, piensan, resulta ya inútil.

*****

Te equivocas, hijo mío, dice el Señor,
y también tú
que aunque no lo dices
a veces estás de acuerdo con ellos.
Para todos los hombres, vuestros hermanos, sois necesarios.
Y os necesito hoy
igual que os necesitaba ayer.
Porque un corazón que late, por muy gastado que esté,
da vida todavía
al cuerpo que habita,
y el amor puede brotar en ese corazón,
con frecuencia, más potente y más puro
cuando el cuerpo fatigado le deja sitio por fin.
Ciertas vidas desbordantes,
bien lo sabes,
pueden estar vacías de amor,
mientras que otras,
aparentemente muy banales,
irradian hasta el infinito.

Mira a mi madre María,
llorando,
inmóvil al pie de la cruz. Estaba allí.
De pie, es verdad,
pero impotente también,
trágicamente impotente.

No hacía NADA,
sólo estaba allí.
Totalmente recogida,
totalmente acogedora,
totalmente ofrecida,
y así conmigo
salvó al mundo, devolviéndole
todo el amor perdido por los hombres
a lo largo de los caminos del tiempo.

Recoge, con ella, hoy
al pie de las cruces del mundo,
los inmensos sufrimientos de la humanidad,
leño muerto para quemar en la hoguera del amor.
Pero acoge también los esfuerzos y las alegrías,
porque las flores cortadas son, hermosas,
pero no sirven para nada
si no son al punto ofrecidas,
y muchos hombres tratan de vivir
olvidando dar.

Créeme,
tu vida hoy
puede ser más rica que ayer,
si aceptas velar,
centinela inmóvil al caer el día.
Y si sufres por no tener ya en tus manos
nada que dar,
ofrece tu impotencia
y juntos, créeme,
seguiremos salvando al mundo.

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