Meditaciones para la semana santa

Cristo de Dali1 «Mi alma está triste hasta el punto de morir.» (Mc 14, 34)
Con frecuencia la tristeza nos aplasta, nos hunde espiritualmente. La tristeza nos lo hace ver todo negro. El alma de Jesús sintió la tristeza como nadie. Una tristeza tan honda, capaz de causarle la muerte. Su muerte tampoco tenía más luces que la nuestra. La sabe necesaria, pero, ¿no ver nada? ¿sentirlo todo como un absurdo? ¿Qué luz puede haber en la muerte de una madre sentenciada por el cáncer y con hijos chiquitos que aún la necesitan? También Jesús pasa por esos absurdos humanos que son parte de la lógica divina.

2 «Padre, todo es posible para ti; pasa de mí este cáliz. Pero no sea lo que yo quiero sino lo que tú quieras.» (Mc 14, 36)
¿Llamar a Dios «Padre» cuando todo el espíritu se ha nublado de angustia y tristeza mortal? Dios sigue siendo Padre, aún cuando el alma se muera de asco y de vacío y sin sentido. La verdadera fe consiste en llamarle a Dios «Padre» cuando todo se hace noche en el alma.

3 «¿Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22, 48)
La traición se viste con un beso. La mentira se camufla con la verdad. El engaño se presenta con traje de amistad. El mal nunca presenta su propio rostro, pero el mal tiene suficiente malicia como para utilizar el bien para sus propios camuflajes. El corazón humano tiene muchas maneras de disimular sus sentimientos. La mentira tiene muchas maneras de aparentar ser verdad. La traición tiene muchas maneras de justificarse.

4 «Se lo llevaron y le hicieron entrar en casa del Sumo Sacerdote.» (Lc 22, 54)
La vida de Dios en manos de los hombres. El hombre puede sentirse seguro en las manos de Dios. Pero Dios está muy inseguro en las manos de los hombres. Las manos de Dios bendicen, se abren para recibir al hombre herido. Las manos de los hombres atan, golpean, maltratan. No importa que se trate de Dios. Es peligroso caer en las manos de los hombres. Las manos de Dios invitan.

5 «Tomadle vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él.» (Jn 19, 10)
La Pasión de Jesús es una mezcla entre la verdad y la mentira, la conciencia y la complacencia. Qué sucia es la conciencia del hombre cuando se trata de meter en ella todo: lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, la sinceridad y el engaño. Además siempre resulta más cómodo culpar a los demás. Es preferible disimular las propias responsabilidades y hacer responsables a los otros. Lo que importa es quedar bien ante la propia conciencia aunque sea ensuciándola para que no nos acuse y condene.

6 «Y Él cargando con su cruz, salió al lugar llamado Calvario.» (Jn 19. 17)
Pilato ya se lavó las manos. Ahora respira tranquilo. La responsabilidad ya no es suya, sino de ellos. Ellos han logrado lo que querían. Felices por el triunfo. Jesús carga con su cruz camino del Calvario, que es el camino de quienes han reconocido y aceptado el Reino de Dios y saben que se puede morir por él. No vale la pena sacrificar la vida por el dinero. No vale la pena sacrificar la vida por el poder. Pero sí vale la pena y tiene sentido sacrificar la vida por la verdad del Evangelio.

7 «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.» (Lc 23, 43)
Solo hace esperar quien ama poco. Solo hace esperar a mañana quien no ama suficiente hoy. Solo hablan de libertad para mañana quienes viven aún esclavos hoy. Solo hablan de pan para el pobre mañana, quienes son incapaces de renunciar a lo suyo hoy. La muerte de Jesús es amor de hoy y para hoy. Dios siempre es hoy en el corazón del hombre. Dios es posibilidad en el corazón humano hoy. Dios no sabe esperar para mañana porque Dios es hoy. Solo el hombre vive en el mañana porque se siente incapaz de vivir el hoy. Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

8 «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34)
Es terrible sentirse solo. Sentir que no hay nadie a tu lado. La soledad encoge el espíritu y lo ahoga. Pero más terrible tiene que ser sentir el silencio de Dios en la vida. Duele el silencio de los hombres, pero el silencio de Dios ahoga. En el Calvario se oyen demasiadas voces, pero todas son voces humanas, que a la hora de morir no dicen nada, no significan nada. ¿Y Dios? ¿Dónde está Dios en la muerte de Jesús? ¿No había puesto Él toda su confianza en el Padre? Solo se escucha su silencio. Hay momentos en la vida en los que al corazón solo le queda gritar: ¿Dónde está Dios? ¿Existe realmente Dios, dónde está?

9 «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» (Lc 23, 46)
Más allá de la muerte no está el vacío. Más allá de la muerte hay unas manos que esperan. Morir no es lanzarse al vacío de la nada. Morir es dejarse caer en las manos invisibles del Padre. Su muerte no será el final, sino la puerta de salida a lo que está más allá, al otro lado. Dios había callado en sus largas horas de agonía. Y sigue callado. Sin embargo ahí sigue vivo en el corazón de Jesús. Sabe que el Padre calla. Pero sabe que está ahí. Sabe que el Padre no hace nada. Pero está ahí con las manos extendidas. Sabe que el Padre no da la cara. Pero está. Vino del Padre. Vivió en el Padre, y ahora vuelve al Padre. Es la historia de cada día. Nuestras raíces se ahondan en el corazón del Padre. Nacimos de un pensamiento del corazón de Dios. Y nuestro horizonte vuelve a ser el Padre. Porque cada día estamos camino a la casa del Padre.

10 «En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo.» (Jn 19, 41)
Había un huerto. Un jardín. Huerto y jardín nos hablan de creación y nos hablan de semillas, de flores y de vida. Es la lectura que nos hace Juan sobre el Calvario. El Calvario es el nuevo huerto de la nueva creación. Del hombre nuevo que nace de la muerte de Jesús. El Calvario es el huerto donde se siembran las nuevas semillas que serán las flores y los frutos nuevos de la Pascua. En el Calvario, en la muerte de Jesús, hasta el sepulcro es nuevo, no estrenado por nadie. Es a partir de la muerte de Jesús que también los sepulcros serán todos nuevos, porque en cada uno de ellos dejará de escribir su nombre la muerte para escribir su nombre la vida.

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