Meditando entre las flores

Flores 3Me gustan las flores
Son sencillas y sin exhibicionismos.
En cambio, todos nos quedamos a contemplarlas.
Son bellas, pero sin bellezas artificiales.
No necesitan de cirugía estética.
Tampoco de maquillajes.
Son sencillamente eso: ellas mismas.
Son silenciosas y no hacen ruido.
Y todos las escuchamos.
Cada jardín es una sinfonía de colores.
Cada flor es un instrumento musical.
No hay desafinos entre la rosa y la pequeña margarita.
No hay desafinos entre el clavel y la begonia.
Todas distintas y todas en una misma armonía musical.
Mirándolas me pregunto:
También nosotros somos diferentes, distintos.
Pero, ¡cuántos desafinos entre nosotros!
Nos falta el silencio de las flores.
Y nos sobran las palabras hirientes de los unos con los otros.
Nos falta la sencillez de las flores.
Y todos tratamos de presumir en competencia con los demás.
No lloran, ni se quejan cuando las podamos.
Saben que nuevos brotes volverán a embellecerlas.
¿Por qué lloraremos tanto cuando alguien nos hiere?
¿Por qué protestaremos tanto cuando alguien poda nuestra falsa libertad?
¿Por qué nos quejaremos tanto cuando nos duele la cabeza?
Todas son obra de los pinceles de Dios.
En cada una puso todo el arte de su corazón.
En cada una puso un poco de su belleza.
¡Y pensar que también nosotros somos imágenes y semejanzas de Dios!
Que en cada uno ha hecho una obra de arte.
Que en cada uno ha plasmado un rasgo de sí mismo.
¿Será por eso que nos puso en medio del jardín del Edén?
¿No seremos todos el museo donde Dios se expone a sí mismo?
¿No seremos cada uno un cuadro de ese museo de Dios?
Cuando Dios quiere mirarse a sí mismo, baja a pasearse por el jardín.
Cuando Dios quiere mirarse a sí mismo, se contempla en el espejo de cada hombre y de cada mujer.

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