Miradas de la semana santa

CalvarioA la Semana Santa la envuelven muchas miradas. Por citar algunas, ahí están la del turista y la del creyente. A lo largo de la Semana Santa –“semana grande” por excelencia- celebramos los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, los acontecimientos centrales de nuestra fe cristiana. El toque principal lo da la Pascua, palabra griega que significa “paso”: paso de la muerte, de la cruz a la vida. Creemos en el Señor resucitado, creemos que Jesús ha vencido a la muerte y creemos que también nosotros resucitaremos con él. Nosotros nos detenemos en la estampa de Jesús clavado en la cruz, pero sin quedarnos ahí. “No busquéis entre los muertos al que está vivo” fue el mensaje que recibieron las santas mujeres en la mañana del domingo de resurrección.
A lo largo de esta semana se desarrolla lo que llamamos el drama de la pasión. En él intervienen muchos personajes, todos ellos muy significativos. A poco que observemos seguro que descubrimos aquel con el cual nos identificamos o aquel al cual nos parecemos especialmente: tal vez a la Verónica o al Cirineo, tal vez a Pedro o a Pilato, tal vez a Judas o a María, la madre de Jesús.
Sorprende el silencio de Jesús. Aquí se puede recordar el título cinematográfico “Los gritos del silencio”. En todo el largo proceso de las últimas horas pronunció muy pocas palabras. Irritó al Sumo Pontífice, al gobernador romano, al rey Herodes. Éstos y otros se pusieron nerviosos: “¿no tienes nada que responder?”. “¿no contestas nada?”. Son conocidas las siete palabras emitidas durante la agonía de la cruz. Siete palabras nada más y que nosotros las hemos convertido en un sermón pronunciado por famosos predicadores, de tres horas de duración: de las 12 del mediodía hasta las tres de la tarde del Viernes Santo. Ciertamente Jesús dio más importancia a los hechos, a las acciones que a las palabras.
En algunos de nuestros pueblos se representa “La pasión de Jesús”. Pero la pasión del Señor y la del hombre no es una obra de teatro, sino que es una realidad. El vía-crucis sigue y es actual, no hay que imaginarse escenificaciones, es parte de la realidad pura y dura. Por eso las preguntas del P. Ellakuría, asesinado en El Salvador: “¿qué hemos hecho para que haya tantos crucificados?, ¿qué hacemos ante sus cruces?, ¿qué vamos a hacer para bajarles de la cruz?”.
Vivimos una etapa de aguda crisis económica, que afecta con crueldad a muchas personas. La mayoría de los expertos acuden a la avaricia, a la codicia, a la ambición para explicar esta situación preocupante. Sencillamente nuestra sociedad está regida por unos valores –mejor contravalores- que nacen de un individualismo egoísta, que busca el máximo beneficio, que proporcione un bienestar basado en el consumo. Muchas mentes despiertas están convencidas de que éste no es el camino. Por tanto, no se trata de recuperar posiciones perdidas, volver a lo de antes de la crisis, sino que se nos brinda una oportunidad excelente para crear una sociedad diferente, con otros valores más humanos. Y aquí viene la estampa del Calvario, de alguien que muere por lo que muere y muere como muere. Santo Tomás de Aquino, un hombre sabio, lector incansable, confesó que “he aprendido más orando ante el crucifijo que de todos los libros”. A lo largo de los próximos días podemos asumir los sentimientos de Cristo centrándonos en la cumbre del Calvario donde se recorta la silueta impresionante de un Cristo que muere porque quiere otro mundo, otra civilización: la civilización del amor, de la justicia, de la verdad,, porque quiere hacer realidad su Reino, porque quiere humanizar la vida. Una muerte subversiva porque se opone a los valores dominantes de la sociedad, porque defiende los valores de las bienaventuranzas y del sermón de la montaña. Una muerte que termina en vida.

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