Navidad en Belén

Navidad 13Acercarse a Belén
es acercarse al mundo de los sueños más hermosos.
Porque Belén no es una ciudad de nuestro mundo,
sino un rincón del corazón humano.
En Belén hemos nacido todos,
en Belén se apacienta nuestra infancia.
Aquí giró la historia.
Aquí nació la vida.
Hasta Belén, ser hombre
era nacer para vivir rodando
por la cuesta del tiempo.
Desde Belén, ser hombre
es emprender la enorme
aventura de escalar las alturas.
Aquí, ser hombre se convirtió en ser Hijo de Dios.
Aquí, el Dios de los cielos
inició la locura de volverse pequeño.
Por eso las campanas de Belén están locas,
repican y repican para explicarle al mundo
la alegría del cielo,
para que todos sepan que el hombre está salvado
ahora que Dios se ha hecho hombre como nosotros.
Mirad, mirad las casas de Belén, apiñadas,
apretadas las unas a las otras,
lo mismo que un rebaño aterido,
como un corro de monjas asustadas.
Mirad su letanía de agudos campanarios
que señalan al cielo con sus dedos alzados
para decir a todos: Por aquí vino Dios.
Contemplad el mercado, sus hombres y mujeres,
sus pobres baratijas, sus comidas caseras.
El Dios de las alturas nunca fue un exquisito,
no nació en un palacio de encendidos damascos,
ni en una ciudad fría de gélidos burócratas,
sino en esta pobreza de los pobres más pobres,
en calles malolientes donde el hombre se agita,
en este triste pueblo despreciado de todos.
No busquéis en Belén hermosas catedrales,
iglesias esplendentes, basílicas radiantes,
la flecha luminosa de las agujas góticas,
las vidrieras de fuego donde ardió el Medioevo.
Todo en Belén es pobre
como el Dios que lo habita.
y ahora … , pasad conmigo por la pequeña puerta
que conduce a su gruta.
Una puerta que tiene la estatura de un niño
y en la que hay que agacharse para poder entrar.
Porque para llegar hasta el Dios de los cielos
sólo hay dos caminos:
la puerta de la infancia
y la de la humildad.
Para ver a Jesús, es necesario
doblar el espinazo del orgullo,
agachar la cabeza de nuestras importancias,
hacerse niños como Él se hizo.
y ahora … , arrodillaos: Aquí ocurrió el prodigio,
aquí una Virgen-Madre iluminó la tierra,
aquí por vez primera se oyó el llanto de Dios,
aquí la sangre humana se vio multiplicada,
aquí un diminuto corazón de chiquillo
fue, por primera vez, el corazón de Dios.
Aquí, entre estas paredes de humedad y de piedra,
entre dos animales asustados y atónitos,
nació aquel cuerpo y sangre
que el hombre comería por siglos de los siglos.
Alejad vuestros ojos de los falsos adornos
que camuflan la gruta,
no contempléis las lámparas ni las raídas sedas
que quieren ocultar
el oro santo de la sencillez.
Cerrad más bien los ojos y asombraos.
Dejad que sea el corazón quien mire.
Y, después, alegraos igual que los pastores
que en esta misma gruta escucharon su anuncio:
gloria a Dios en el cielo
y en la tierra
paz a los hombres de buena voluntad.
Levantad vuestras manos para dar también gloria
y dejad que la paz penetre en vuestra alma
como la gran nevada de la misericordia.
Dejad que, dos mil años después,
el Niño vuelva a nacer en vosotros,
convertid vuestras almas en un portal viviente.
Y sea vuestra casa como un nuevo Belén.

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