No me grites, por favor

Querida familia:

Algunos tenemos la manía de hablar siempre en alta voz. Y damos la impresión de estar siempre enfadados. A mí me sucede con frecuencia.
“Pero no se enfade, Padre”.
Pero si yo no estoy enfadado.

Una señora tenía un esposo que, yo me sospecho que padecía de una cierta sordera. Porque realmente cuando hablaba, ése sí daba la impresión de estar bien enfadado. Pero, en él, uno lo comprende. Los sordos de ordinario hablan muy alto. Como no se escuchan a sí mismos, creen que los demás tampoco les escuchamos.

Estos gritones tienen disculpa. Y los comprendemos.
Pero hay otros que gritan por gusto. Todo lo dicen a gritos. Tienen tal complejo de inseguridad, porque yo lo entiendo como complejo y complejo de inseguridad en ellos mismos, que hasta los “buenos días” creo que lo tienen que decir a gritos.
Confieso que, quien cree que, para decir la verdad necesita gritar, padece de un tremendo complejo de inseguridad. Cree que la fuerza de la verdad está en el tono de voz, en el grito, en el volumen de voz, y no en la verdad misma. Cree que su verdad tiene poca fuerza, o es poca verdad, y entonces necesita aderezarla con el grito.

Un viejo amigo mío, me decía un día: “predicación, la de antes. Aquellos misioneros que parecían desgañitarse en el púlpito, aquellos sí eran predicadores. A uno le pegaban cada grito que le hacía estremecerse. Ahora ustedes dan la impresión de jugar a monjas de clausura”.
Cuando le dije que la fuerza de la verdad estaba en la verdad misma, y no en el grito, me respondió con cierta oculta malicia: “Todo lo que usted quiera, Padre, pero el grito le mete a usted la verdad en el alma. Es como un martillazo bien dado que mete el clavo hasta el fondo”.
A mi lado, estaba una señora que lo escuchó todo. Saltó como víbora herida y le contestó:
“Oiga usted, Señor, ¿usted está casado?”
Claro, y llevo ya cuarenta años de casado.
“¿Y usted también le grita también así a su señora?”
Perdone, Señora, pero es la única manera que tienen de entender las mujeres.

No les cuento el resto. Porque ahí entablaron una discusión en la que no sé quien gritaba más, si la mujer o mi amigo. Por lo que pudiera pasar, yo no quise meter cuchara. Pero de lo sí quedé convencido es que ninguno de los dos convenció al otro. Y cada uno gritaba más que el otro.

Si gritásemos menos, y dijéramos más la verdad, ¿no sería preferible?
Si gritásemos menos a los hijos, y dialogásemos más con ellos,
¿no se lograría una mejor comprensión?
Si gritásemos menos y hablásemos con más serenidad,
¿no encontraríamos un mejor camino para que la verdad sea comprendida por los demás?
Si hablásemos no como banda de pueblo sino como orquesta de cámara, ¿verdad que nos escucharíamos más y mejor?
Si quieres que tu esposa te escuche: no le hables gritando.
Si quieres que tu marido te escuche: no le hables gritando.
Si quieres que tus hijos te escuchen: nos les hables gritando.
No reemplaces la verdad con el grito. Al contrario, reemplaza el grito con la verdad.

Porque cuando dices la verdad a gritos, la gente se queda molesta con tus gritos y se olvida de la verdad que quieres comunicarle.

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